León XIV, el Papa que desarma las periferias

León XIV, el Papa que desarma las periferias
ARGUINEGUÍN (GRAN CANARIA), 11/06/2026.- El papa León XIV recibe flores de dos voluntarios para protagonizar una ofrenda floral en el mar en recuerdo de los migrantes muertos en la travesía durante el encuentro con más de un millar de inmigrantes de África, América Latina y con representantes de las principales instituciones y organizaciones sociales que trabajan en los servicios de rescate, acogida e integración en el muelle de Arguineguín, en la isla de Gran Canaria, este jueves, en el sexto día de su viaje a España. EFE/ Angel Medina G. POOL

León XIV ha pisado España para quitarnos el centro de debajo de los pies. Ha entrado en los lugares nobles, ha hablado ante las instituciones, ha celebrado en plazas inmensas, ha pasado por templos donde la belleza parece rozar la eternidad. Pero su viaje no se entiende desde la alfombra, ni desde el aplauso, ni desde la fotografía cuidadosamente encuadrada. Se entiende desde los bordes. Desde esos lugares que solemos rodear con discreción porque nos obligan a preguntarnos qué clase de fe, de política, de sociedad y de conciencia hemos construido.

León XIV ha sido el Papa que desarma las periferias porque les ha quitado la etiqueta. El pobre ha dejado de ser “caso social”. El preso ha dejado de ser “condenado”. El migrante ha dejado de ser “flujo”. El trabajador ha dejado de ser “recurso humano”. El anciano ha dejado de ser “dependiente”. El voluntario ha dejado de ser “mano de obra generosa”. El joven ha dejado de ser “problema”. La periferia, en sus palabras, recupera rostro. Y cuando aparece el rostro, ya no se puede pasar de largo sin culpa.

La periferia más incómoda no está lejos. No empieza en el último barrio ni en la frontera sur. Empieza en nuestra mirada. Ahí es donde se levanta el primer muro. Hay miradas que ven y no reconocen. Miradas que clasifican para no comprometerse. Miradas que convierten a una persona en cifra, expediente, amenaza, gasto, fracaso o molestia. León XIV ha venido a desmontar esa maquinaria íntima con la que nos defendemos del dolor ajeno.

Por eso no se puede leer su visita como una sucesión de actos. Ha sido un itinerario moral. Un mapa de heridas colocado delante de España. La casa de acogida, la cárcel, el centro de caridad, el altar del Corpus, el Parlamento, el mundo de la empresa, los muelles de llegada, los centros de migrantes, la plaza de la integración. Todo estaba unido por una misma pregunta: a quién estamos dejando fuera mientras hablamos de progreso, seguridad, tradición, identidad, crecimiento o incluso de Dios.

En CEDIA 24 horas, León XIV tocó una de las llagas más hondas de nuestras ciudades: la de quienes viven al límite, a veces a pocos metros de nuestra comodidad. Allí no habló desde arriba. No convirtió la ayuda en escaparate. Se situó en una puerta pequeña, de esas que no salen en las rutas turísticas, y recordó que hay casas donde nadie debería quedarse solo. No era una imagen amable. Era una acusación contra la ciudad que sabe correr mucho y acompañar poco.

La periferia de la pobreza tiene muchas caras. No siempre duerme en la calle. A veces paga un alquiler imposible. A veces trabaja y aun así no llega. A veces cría hijos con miedo. A veces tiene papeles pendientes, una deuda que ahoga, una salud mental quebrada, una nevera vacía, una vergüenza antigua. A veces se sienta en el banco de al lado en misa y nadie lo sabe. A veces llama a Cáritas porque ya ha llamado antes a todas partes.

León XIV puso ahí una palabra que no admite barniz: urgencia. La caridad no puede llegar cuando todo esté ordenado, cuando haya más tiempo, cuando sobre presupuesto, cuando el problema sea más cómodo. La caridad que llega tarde llega herida. Y hay una forma de indiferencia que se disfraza de prudencia, de procedimiento, de cansancio o de realismo. El Papa no dejó espacio para ese engaño. La necesidad no espera a que nos sintamos preparados para responder.

Pero su discurso no se quedó en la limosna. Ahí estuvo su filo. No pidió únicamente manos generosas. Exigió una inteligencia cristiana de la realidad. Porque la pobreza no se resuelve sólo dando algo; se acompaña, se comprende, se combate, se previene, se desactiva en sus causas. Hay que dar pan, pero también preguntarse quién reparte tan mal la mesa. Hay que atender una urgencia, pero también revisar qué estructuras fabrican urgencias todos los días.

El Corpus Christi, en esa lógica, no fue una pausa litúrgica, sino la clave de bóveda del viaje. Cristo hecho Pan rompe cualquier cristianismo decorativo. Si Dios se parte, el creyente no puede vivir cerrado sobre sí mismo. Si Dios se da, la Iglesia no puede guardarse. Si Dios baja a la calle, la calle no puede quedar fuera de la fe. La custodia, cuando se entiende, no embellece simplemente la ciudad: la interroga.

España sabe mucho de procesiones. Sabe cuidar el rito, la música, la imagen, el gesto, el paso solemne de la fe por la calle. Pero León XIV colocó debajo del Corpus una pregunta que no se puede esquivar: qué ocurre cuando termina la procesión y Cristo sigue esperando en los que nadie mira. Porque hay un Corpus que pasa bajo palio y otro que duerme en un portal. Hay un Cristo expuesto en la custodia y un Cristo oculto en el cuerpo cansado del pobre. Adorar al primero y despreciar al segundo no es devoción: es fractura.

La periferia penitenciaria fue otra de las grandes estaciones de este viaje. La cárcel es una periferia feroz porque casi todos creemos saber qué pensar de ella sin haber cruzado nunca sus puertas. Allí la persona queda resumida por su expediente. Un delito, una condena, una celda, un número, una visita, una espera. La sociedad necesita justicia, naturalmente. Pero cuando la justicia pierde toda esperanza, deja de parecerse a la reparación y empieza a parecerse a una derrota colectiva.

León XIV entró en Brians 1 y devolvió a los internos algo que ninguna sentencia debería borrar: su condición de personas. No negó el mal. No dulcificó la culpa. No jugó con el sufrimiento de las víctimas. Hizo algo mucho más difícil: recordó que nadie queda definitivamente explicado por su peor acto. Una sociedad que sólo sabe encerrar, pero no sabe esperar nada de quien cayó, acaba construyendo cárceles también dentro de sí misma.

El Papa habló de dignidad allí donde la dignidad suele ponerse a prueba. Y eso tiene una fuerza enorme. Porque es fácil hablar de dignidad en un auditorio limpio, ante personas respetadas, con discursos bien encuadernados. Es más difícil decirla en prisión, donde pesa la culpa, donde la libertad tiene barrotes, donde el futuro a veces parece una pared. Allí la dignidad deja de ser una palabra abstracta y se convierte en resistencia evangélica.

“Dios te ama como eres, pero te sueña mejor”. Esa frase tiene una precisión moral extraordinaria. No absuelve sin conversión. No humilla sin salida. Ama y exige. Acoge y levanta. Mira el presente y abre futuro. Ese es el cristianismo cuando no se vuelve ideología penal ni sentimentalismo irresponsable: una misericordia que no borra la verdad, pero tampoco permite que la verdad se convierta en tumba.

También en Sant Agustí, con las realidades diocesanas de caridad y asistencia, apareció otra periferia: la de quienes cuidan las heridas largas. No las heridas de un día, sino las que necesitan proceso. Allí están quienes acompañan a personas que no se arreglan con una foto, ni con una colecta puntual, ni con una ayuda de emergencia. Personas que necesitan comunidad, integración, paciencia, escucha, vínculos, escuela, empleo, salud, perdón, reconstrucción.

El Papa recordó que la vida no se juega solo. Ese detalle, dicho con la sencillez de quien habla de un partido, contiene una crítica demoledora a nuestra cultura. Nos han vendido que cada uno debe salvarse como pueda, competir como pueda, producir como pueda, resistir como pueda, rehacerse como pueda. Pero los seres humanos no somos proyectos aislados. Nadie sale de una periferia si no hay alguien dispuesto a correr a su lado.

Y ahí aparece una periferia que casi nunca nombramos: la de los que ayudan. Los voluntarios, los trabajadores sociales, los agentes de pastoral, las religiosas, los capellanes, los educadores, quienes abren centros, preparan cafés, escuchan historias durísimas, hacen informes, buscan una habitación, acompañan al juzgado, llaman a una empresa, sostienen recaídas, vuelven a empezar. También ellos viven una periferia: la del cansancio silencioso. La del bien que nadie ve. La de la entrega que no cabe en una estadística.

León XIV habló de la “levadura de la gratuidad”. La expresión es exacta. La levadura no ocupa el escaparate, pero cambia la masa. Así funciona el servicio verdadero. No necesita ponerse medallas. Fermenta la sociedad desde dentro. En un mundo que calcula casi todo, la gratuidad resulta sospechosa. Y precisamente por eso es revolucionaria. No porque niegue la eficacia, sino porque recuerda que no todo lo que sostiene una vida puede comprarse, medirse o facturarse.

Ese punto conecta con uno de los mensajes más importantes de toda la visita: el mundo del trabajo. León XIV no habló del trabajo como un apéndice social, sino como una cuestión de dignidad. En el encuentro con la cultura, la economía, el arte y el deporte dejó una advertencia que debería incomodar a cualquier empresa, institución o administración: la actividad empresarial no puede ver al empleado como un factor más en la ecuación de sus intereses.

Ahí hay una periferia enorme, más discreta que otras, pero no menos real: la periferia laboral. La del trabajador que tiene empleo y aun así vive con angustia. La de quien encadena contratos precarios. La de quien limpia oficinas que nunca pisará como invitado. La de quien cuida mayores por un salario insuficiente. La de quien reparte comida que no puede permitirse pedir. La de quien pierde la salud para que otros presenten balances impecables. La de quien sabe que, si protesta, sobra.

El Papa puso el dedo donde duele: producir no basta. Innovar no basta. Crecer no basta. La pregunta verdadera es para qué, con quién y para quién se produce. Una economía puede ser brillante en sus cifras y miserable en su trato. Puede hablar de talento mientras exprime personas. Puede presumir de modernidad mientras normaliza vidas rotas por horarios imposibles, salarios que no alcanzan, miedo al despido o soledad en el puesto de trabajo.

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La dignidad del trabajo no consiste sólo en tener un empleo. Consiste en que ese empleo no robe la vida. Consiste en que la persona no sea reducida a rendimiento. Consiste en que el trabajador no sea una pieza sustituible. Consiste en que la empresa entienda que su cuenta de resultados no puede convertirse en absolución moral. Hay beneficios que salen demasiado caros si se pagan con cuerpos agotados, familias sin tiempo, jóvenes sin horizonte y mayores expulsados antes de terminar de aportar lo que saben.

León XIV habló también de tecnología y de inteligencia artificial desde esa misma raíz. No basta con preguntar qué puede hacerse. Hay que preguntar a quién sirve, a quién deja atrás, quién decide, quién gana y quién queda convertido en residuo. La tecnología no es neutral cuando nace financiada, regulada y utilizada por intereses concretos. Una sociedad fascinada por la eficiencia puede terminar aceptando como progreso lo que en realidad es una nueva forma de descarte.

Otra periferia visitada por el Papa fue la política. Sí, también el Parlamento puede ser periferia. No por falta de poder, sino por exceso de ruido. Cuando la política pierde contacto con la vida real, se convierte en una periferia moral: está en el centro de las instituciones, pero lejos de la gente. Habla de convivencia mientras alimenta trincheras. Habla de dignidad mientras calcula titulares. Habla de futuro mientras vive de la herida del día.

León XIV recordó en el Congreso que las leyes siempre responden a una idea de persona. Esa es la pregunta que la política no puede esconder detrás del procedimiento. Qué ser humano hay detrás de una ley. A quién protege. A quién abandona. A quién considera carga. A quién reconoce como sujeto y a quién trata como problema. La política, cuando se olvida de la fragilidad, se vuelve administración de fuertes. Y un país que sólo es cómodo para los fuertes no es un país justo, aunque funcione.

La periferia migrante ocupó el tramo más duro y quizá más profético del viaje. Arguineguín, Las Raíces, La Laguna. Nombres que no son sólo lugares, sino conciencia abierta. Allí el Atlántico dejó de ser paisaje para convertirse en tribunal. El mar trae turistas, comercio, belleza, descanso. Pero también trae cuerpos, cayucos, hambre, explotación, miedo, desapariciones. El mismo mar que unos miran desde una terraza, otros lo cruzan como última apuesta contra la muerte.

León XIV se plantó ante esa realidad y dijo lo que muchos no quieren oír: no son números ni expedientes. Esa frase debería desmontar gran parte del lenguaje público sobre la migración. Porque el primer paso para desentenderse de alguien es quitarle el nombre. Convertirlo en flujo, presión, oleada, problema, avalancha. Cuando una persona se convierte en categoría, ya estamos más cerca de justificar cualquier frialdad.

El Papa no negó la complejidad. No hizo política de consigna. Habló de vías legales y seguras, de rescate, de asistencia, de cooperación contra los traficantes, de protección a las víctimas, de integración seria, del derecho a migrar cuando la vida está amenazada y también del derecho a no tener que migrar. Ese equilibrio importa. Porque la caridad no es ingenuidad. La caridad mira entero: al que llega, al que acoge, al país de origen, al país de tránsito, a Europa, a las mafias, a las leyes, a la conciencia.

Pero lo más duro fue la pregunta: qué mundo hemos construido para que tantos hermanos tengan que arriesgar la muerte para buscar vida. Esa pregunta no se responde con un eslogan. No se responde reforzando fronteras ni repartiendo culpas. Se responde mirando de frente la desigualdad, las guerras, el hambre, la corrupción, la explotación, el saqueo, la indiferencia y también nuestra comodidad. Porque hay migraciones que empiezan mucho antes de subirse a una barca. Empiezan donde la vida se volvió invivible.

En La Laguna, León XIV habló de una ciudad sin murallas y trasladó la imagen al corazón. Las murallas más difíciles no siempre son de piedra. A veces se levantan en el miedo, en la indiferencia, en la mirada que no reconoce. Esa es una de las intuiciones más hermosas del viaje: integrar es aprender a leer de otra manera. No basta ver. Hay que reconocer. No basta tolerar. Hay que encontrar. No basta abrir una puerta. Hay que ayudar a cruzar el umbral.

La integración verdadera molesta a todos los simplificadores. A los que creen que acoger es suficiente y a los que creen que cerrar basta. Integrar exige más. Exige lengua, trabajo, leyes, respeto, vivienda, convivencia, comunidad. Exige que quien llega ofrezca sus dones y asuma responsabilidades. Exige que quien recibe ensanche la casa sin convertir la identidad en alambrada. La acogida salva del naufragio; la integración salva del abandono posterior.

En conjunto, el viaje de León XIV ha tenido algo de examen colectivo. Nos ha puesto delante las periferias que tantas veces rodeamos con habilidad: la pobreza urbana, la soledad asistida por Cáritas, la cárcel, el voluntariado invisible, el trabajo precarizado, la empresa tentada de convertir personas en piezas, la política distraída de la dignidad, la juventud desorientada, la migración tratada como amenaza, la frontera que se traga nombres, la integración que exige paciencia, el Corpus que nos obliga a mirar la calle después de mirar el altar.

Lo más inquietante es que casi ninguna de esas periferias está tan lejos como decimos. La pobreza puede estar en nuestro portal. La cárcel, en una familia conocida. La precariedad, en nuestra propia casa. La soledad, en el vecino que saludamos deprisa. La migración, en quien limpia, cuida, sirve o trabaja a nuestro lado. La exclusión, en la persona a la que hemos dejado de mirar porque nos resultaba incómoda.

Por eso León XIV desarma las periferias: porque nos impide mantenerlas lejos. Nos quita la distancia moral. Nos arranca la comodidad del espectador. Nos dice que la periferia no es el lugar donde están los otros, sino el lugar donde se decide si nosotros seguimos siendo humanos.

Y ahí está la parte más incómoda para una España que conserva tanta memoria cristiana. No basta con tener raíces. No basta con custodiar templos. No basta con llenar calles en el Corpus. No basta con citar la dignidad humana cuando conviene. No basta con admirar a Cáritas y dejarle en exclusiva la tarea que corresponde a toda la comunidad cristiana. No basta con emocionarse ante un Papa que habla claro y volver luego a pasar de lejos.

La periferia no pide aplausos. Pide conversión. Pide tiempo. Pide dinero. Pide leyes justas. Pide empleo digno. Pide comunidades abiertas. Pide empresas con alma. Pide parroquias que no se limiten a conservar horarios. Pide cofradías que entiendan que la caridad no es un apartado menor de sus estatutos. Pide políticos que recuerden que la persona está antes que la estrategia. Pide cristianos capaces de arrodillarse ante el altar y salir después a tocar heridas.

León XIV no ha venido a España para decirnos que somos mejores de lo que creemos. Ha venido a decirnos que podemos ser más responsables de lo que queremos admitir. Su viaje no ha sido un paseo por nuestras grandezas, sino una entrada en nuestras evasivas. Allí donde nosotros decimos “no es tan sencillo”, él ha puesto un rostro. Allí donde decimos “habrá que estudiarlo”, él ha recordado una urgencia. Allí donde decimos “no se puede hacer todo”, él ha preguntado qué parte del bien sí podemos hacer y seguimos aplazando.

Las periferias seguirán ahí cuando se apaguen los focos. Seguirá el pobre. Seguirá el preso. Seguirá el trabajador que no llega. Seguirá la mujer explotada. Seguirá el migrante esperando papeles. Seguirá el joven sin rumbo. Seguirá el anciano sin visita. Seguirá el voluntario cansado. Seguirá la barca en el mar. Seguirá la puerta de Cáritas. Seguirá la celda. Seguirá el altar.

Y seguirá también nuestra posibilidad de pasar de largo.

Ese es el juicio. No otro. León XIV ha puesto las periferias delante de nosotros y nos ha dejado sin coartadas. Ahora ya no podemos decir que no las vimos. Podemos ignorarlas, sí. Podemos rodearlas. Podemos discutirlas. Podemos disfrazar la indiferencia de prudencia. Podemos seguir llamando realismo a nuestra falta de entrañas.

Pero ya no podemos decir que no sabíamos dónde estaba Cristo. Está ahí.

En la orilla. En la cola. En la celda. En el centro de acogida. En la mesa sin pan. En el contrato injusto. En la mujer que pide ayuda. En el cayuco. En el trabajador agotado. En el joven que no encuentra verdad. En el anciano que espera una llamada. En la periferia que evitamos para no convertirnos.

León XIV ha desarmado las periferias porque ha desarmado nuestra excusa principal: creer que estaban lejos.

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