Antonio Quitián: Encuentro entre la Iglesia y el mundo obrero

Antonio Quitián: Encuentro entre la Iglesia y el mundo obrero
FOTO | Antonio Quitián

El 31 de mayo de 1952 era ordenado sacerdote. He estado cerca de este compañero durante la mayor parte de esos largos años y quiero hacer una reflexión sobre su estilo de ser cura, que se podía describir así: un encuentro difícil pero apasionante entre la Iglesia y el mundo del trabajo más empobrecido. Voy a huir de las alabanzas, que irían contra su manera de ser.

El primer tramo largo de su vida de cura joven lo pasó en Tózar y Limones. Allí se dedicó a atender los dos pueblecitos a los que siempre recordó con inmenso cariño y ya, desde el principio, apareció la constante de su vida: acercar la Iglesia a los verdaderos problemas y esperanzas de los hombres y mujeres especialmente de los más pobres.

En 1966 es nombrado párroco de la Virgencica –barrio hoy desaparecido, construido por viviendas prefabricadas y habitado por gentes provenientes de las cuevas y después de los barracones–. Por aquel entonces se integra en la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) y desde entonces formó parte de ella.

Este movimiento eclesial, para la evangelización de los obreros, da consistencia y organización a su interés por ser radicalmente fiel a Cristo en su Iglesia y a los pobres, de tal manera que le lleva, junto a otros compañeros sacerdotes, a trabajar como peón albañil hasta su jubilación pasando los años finales en una cooperativa de la construcción.

En el 70 participa activamente en la huelga de la construcción –en la que vive de cerca la muerte de tres albañiles por la represión de la policía– y en el 75 en el encierro de la Curia.

Participar activamente significó para Antonio no convertirse en un líder político o sindical –nada más lejos de la realidad– sino conservar su talante de cura dejando clara la intención, en esos momentos nada fáciles, de que la Iglesia vivía en su propia carne –no de una manera simbólica– las angustias, caminos, carencias, atropellos y conquistas de aquellos albañiles, entonces la franja más pobre de la sociedad.

Al mismo tiempo, Quitián era párroco de la Sagrada Familia en el Polígono de Cartuja. En el 86 pasamos a Jesús Obrero de Almanjáyar, en el 91-92 se jubila de peón, pero continúa de párroco y en el 99 nos vinimos a la parroquia de Pinos Puente en donde siguió en la brecha cambiando únicamente su “vespa” por el autobús. Parte importante de su tiempo lo dedicó a visitar la cárcel.

De nuestro cura y consiliario de la HOAC podemos afirmar que, en medio de sus limitaciones –también de la sordera y despistes administrados siempre con buen humor–, aparece la fidelidad a la Iglesia y al mundo obrero no como dos fidelidades distintas y mucho menos contrapuestas sino como algo unificado y vigorizado por aquel obrero que fue Jesús de Nazaret, el Cristo de la fe al que él quiso consagrarse con alma y vida.

La vida sacerdotal de Quitián lleva consigo de una serie de circunstancias providenciales que destaco:

Familia. Mi amigo y compañero tuvo un cariño enorme (a veces no manifestado exteriormente) a sus padres, su hermana Antoñita, sobrinos y, por supuesto, a todos los que hemos convivido con él.

Compañeros. Él recuerda con complacencia lo mucho que aprendió de sus formadores y compañeros y eso que estábamos en pleno nacional-catolicismo. Destacó con frecuencia a Miguel Peinado, su profesor de Pastoral. El recuerdo de esos años no fue pasajero. Los recordaba con mucha frecuencia.

Los últimos años de su vida los ha pasado en la Residencia Sacerdotal siempre, siempre con la gracia de ser agradecido.

Monasterio de la Visitación (Terrona). Desde 1966 estuvo diciendo diariamente la Misa en este Monasterio de las Salesas. Cuando era peón y de jubilado, a primera hora de la mañana la celebraba. La Misa suponía también un encuentro con las religiosas, que, sin duda, formaban parte de su vida.

HOAC. Quitián conoció al primer militante de la HOAC, Guillermo Rovirosa y sobre todo conoció e hizo (hicimos) decenas de cursillos, hasta de dos meses, con Tomás Malagón (el segundo de sus grandes maestros), los cuales renovaron desde una nueva mentalidad sus conocimientos teológicos.

Reuniones, equipos, asambleas, celebraciones, encuentros de espiritualidad, Pastoral Obrera, asociación de sacerdotes del Prado… han posibilitado que Antonio haya intentado ser cada día una concreción viva de ese largo encuentro Iglesia-mundo obrera que va desde el 1952 hasta su muerte.

De todo lo dicho no se puede concluir que Antonio Quitíán fuera un personaje, sencillamente le ha sido concedido ser un hijo de la Iglesia en el corazón de los pobres y humildes.

En Antonio Quitián el Dios Encarnado derramó la Sabiduría de la Sencillez de la que ya está disfrutando en toda su plenitud.

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