León XIV en Arguineguín: “Cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad”

León XIV en Arguineguín: “Cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad”
FOTO | Ángel Medina, EFE
El Papa convierte el muelle canario en un lugar de memoria, escucha y diálogo con las personas migrantes y quienes acompañan la acogida: “La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”

El papa León XIV caminó lentamente hacia el borde del muelle de Arguineguín. El mismo lugar donde miles de personas han tocado tierra después de sobrevivir al Atlántico y donde tantas otras nunca pudieron llegar. Allí le esperaban dos jóvenes con un ramo de flores. Dos jóvenes migrantes que conocen el significado profundo de esa orilla.

El Papa recibió las flores, permaneció unos instantes en silencio, rezó y las lanzó al mar. No hubo palabras. Tampoco hicieron falta. A su alrededor, muchas personas permanecían de pie. Algunas lloraban. León XIV rezaba mirando el océano, ese mismo mar que durante años ha sido camino de esperanza y también tumba sin nombre para miles de personas.

“Hacemos memoria de quienes no llegaron, una memoria que no acusa sino que interpela, que no se encierra en el dolor, sino que nos llama a la responsabilidad”, se había recordado unos instantes antes.

El gesto cerraba un encuentro construido desde la escucha y el diálogo, en uno de los lugares más simbólicos de la frontera sur europea. Un muelle donde el dolor y la esperanza conviven, y donde el Papa quiso lanzar una pregunta que atraviesa su visita a España: “¿Qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?”.

Pero Arguineguín había empezado mucho antes de la llegada de León XIV.

A las 6:30 horas de la mañana todavía era de noche ante la sede de Cáritas Diocesana de Canarias. Desde allí partía un ramillete de guaguas, como la 27 –a la que subí– rumbo al muelle. En ella viajaban personas migrantes, activistas, sacerdotes y personas comprometidas desde hace años en la acogida.

Era también un viaje lleno de memoria. En las conversaciones aparecía Francisco, el Papa que quiso llegar hasta esta periferia y no pudo cumplir ese deseo. Patuca, una de las voces más reconocidas en la defensa de las personas migrantes, lo había escuchado de sus propios labios en una visita privada cuando ya estaba enfermo.

En el trayecto, Esmeragdo, uno de esos rostros imprescindibles que hacen posible que todo suceda, daba las indicaciones prácticas. Explicaba el sentido de la jornada, la participación de quienes habían llegado a Canarias, de quienes acompañan y del propio Papa.

“Esto es una fiesta y una oportunidad histórica”, resumió.

Las conversaciones avanzaban en voz baja, casi en susurros, respetando el descanso de algunos. Después llegó el amanecer. Las primeras luces. Los controles policiales. Las vallas con los colores del Vaticano que vestían Arguineguín para una jornada que quedará en su memoria.

Bajo un sol abrasador, la espera en el muelle se convirtió también en encuentro. Hubo saludos, fotografías, conversaciones y tiempo para preparar el trabajo periodístico. Antes de que llegara León XIV, muchos periodistas nacionales y de la prensa vaticana empezaron a conocer nombres y rostros: Ousmane, Carolina, Fall, Fefi y tantas personas vinculadas al proyecto Acogida con Dignidad y a tantos otros.

El encuentro que proponía el Papa ya había comenzado.

“Voces que no hablan desde las ideas, sino desde la vida”

Caya, secretaria general de Cáritas diocesana, fue la encargada de conducir un acto pensado desde la experiencia de quienes conocen la realidad migratoria desde dentro.

El obispo Mazuelos dio la bienvenida a León XIV recordando el compromiso de tantas personas de las islas y la necesidad de “construir una sociedad donde ninguna persona sea tratada como un problema sino como un hermano o una hermana”.

“Bienvenido, Santo Padre, a este rincón del mundo donde el dolor y la esperanza conviven y donde su mensaje puede sembrar futuro”, expresó.

Después llegó el momento de escuchar.

“Santo Padre, en este lugar, donde tantas historias han comenzado o se han detenido, queremos ahora escuchar algunas voces. Voces que no hablan desde las ideas, sino desde la vida”, introdujo Caya.

La primera fue la voz de quienes salen al mar.

Tito Villarmea, capitán de Salvamento Marítimo en la Guardamar Urania, habló en nombre de quienes cada noche se enfrentan al Atlántico para proteger vidas.

“Llevo 18 años en Salvamento Marítimo, un organismo público dedicado a salvar vidas en la mar. Estoy acostumbrado a la tensión, naufragios, noches oscuras, voces que esperan la llegada de nuestras embarcaciones naranjas”, explicó.

Durante estos años ha participado en el rescate de más de 20.000 personas. “Es una cifra que duele, que no se olvida”, reconoció. Pero no habló de cifras. Habló de rostros.

Recordó el rescate de una madre que viajaba con quien todos pensaban que era su hijo. Al llegar a salvo, aquella mujer se acercó, le quitó el gorro y la cazadora y le puso unos pendientes dorados.

“Era una niña. Lloró ella y lloré yo, porque soy padre de dos adolescentes y podrían ser mis hijas”, relató.

“Ojalá nunca más tuviéramos que rescatar. Ojalá nuestro mundo haga que este drama disminuya y construyamos un mundo más justo. Mientras ese día llega, desde Salvamento Marítimo seguiremos dándolo todo”, concluyó.

Después habló la comunidad que acoge.

Una voluntaria recordó los días en los que las llegadas al muelle de Arguineguín interpelaban a las parroquias y comunidades cristianas.

“Vuelven a nosotros los rostros, los nombres y las historias de hombres y mujeres a quienes acompañamos”, explicó.

Reconoció el desbordamiento inicial, la falta de recursos, la dificultad para comunicarse y la sensación de impotencia. Pero también el descubrimiento de una manera distinta de estar.

“Aprendimos que no se trataba de resolverlo todo, sino de estar presentes, escuchar, ofrecer gestos de cercanía”.

Unas zapatillas. Un abrigo. Un café. Una sonrisa

“La esperanza dejó de ser una idea abstracta y tomó rostro, tanto de quien llega como de quien acompaña”, añadió.  “Cada persona que llega no es un problema que resolver, sino una historia que abrazar y acompañar”, resumió.

El momento más duro llegó con una presencia ausente. Una mujer víctima de trata no pudo estar allí por razones de seguridad. Su historia tuvo que ser leída por otra persona.

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“Me llamo Blessing. Soy de Nigeria”, comenzaba. “No me fui de mi país porque quisiera. Me fui porque no había otra salida”.

Contó cómo abandonó su tierra con 22 años dejando atrás a sus dos hijas pequeñas con la esperanza de ofrecerles un futuro mejor. Después llegaron las mafias, la explotación y la violencia.

“Hay días que la esperanza se hace muy pequeña. Pero he aprendido a creer en mí misma de nuevo”, decía su testimonio.

La última historia fue la de María Fernanda López, que llegó desde Latinoamérica a Gran Canaria en 1997.

“Llegué con una maleta cargada de sueños, pero también con el peso de haber dejado atrás mi familia, mis amigos y mi país”. Sus primeros tiempos fueron muy difíciles. “Me tocó pasar frío y miedo en la calle”.

Encontró su primera oportunidad laboral en un bazar. “Fue un trabajo humilde, pero significó para mí mucho más que un sueldo”.

Años después, tras una larga trayectoria laboral, creó su propia empresa de reformas y construcción junto a su pareja. Hoy genera empleo para seis personas.

“Ojalá las gestiones y trámites para quienes llegan sean cada vez más humanos y ágiles”, pidió ante el Papa.

“No son números ni expedientes”

León XIV tomó la palabra después de escuchar. Y comenzó situando el Evangelio en aquel muelle.

“Hoy, junto al mar, la Palabra se vuelve concreta: aquí llegan tantas vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad”.

El Papa aseguró que el Evangelio “nos arranca del lugar cómodo del espectador” y obliga a reconocer a Cristo en quienes llegan “marcados por el miedo, el hambre y la violencia, después del desierto, de la noche y del mar”.

Mirando el anillo del Pescador que lleva en su mano, recordó la llamada de Jesús a Pedro y aseguró que en lugares como Canarias esa misión adquiere “una fuerza literal y dolorosa”.

“El Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles”, afirmó.

León XIV denunció los “monstruos” que hoy amenazan el mar: “mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos”.

“La Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas”, señaló.

Después respondió directamente a quienes habían hablado.

A Tito y a las personas voluntarias les agradeció haber mostrado “dónde comienza la conversión de la mirada: cuando el migrante deja de ser ‘uno más’, deja de ser una categoría y una cifra”.

A Blessing le dirigió algunas de las palabras más emotivas: “Si te trataron como una cosa, la Iglesia quiere decirte hoy: eres hija y hermana, eres bendición”.

A las personas migrantes quiso enviarles un mensaje directo: “Antes de decirles cualquier otra palabra, quiero inclinarme ante su dignidad. No son números ni expedientes”.

El Papa elevó después su mensaje a quienes tienen responsabilidades políticas y sociales.

“No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido”.

“Europa no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas”, añadió en vísperas de la entrada en vigor del mal pacto europeo de asilo y refugio.

Para León XIV, la dignidad humana reclama “vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración”.

“La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”, proclamó.

Tras el discurso llegó el silencio del mar.

Las flores.

La memoria.

Y una cruz realizada con la madera de uno de los cayucos que llegaron a aquel mismo muelle. Una cruz donde, como se explicó durante la bendición, “se entrelazan el sufrimiento, la esperanza y la dignidad de tantos hombres y mujeres que emprenden caminos de búsqueda y de vida”.

Arguineguín dejó de ser durante unas horas solo una frontera. Fue un lugar de memoria para quienes murieron, de gratitud para quienes salvan y acogen, y de reconocimiento para quienes llegaron buscando vivir.

Porque, como recordó León XIV mirando al Atlántico, “cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad”.

Una pregunta que resuena con fuerza en el legado del papa Francisco, quien recordó al mundo que “nadie se salva solo” y que estamos llamados a reconocernos “todos hermanos y hermanas”. La respuesta estaba allí mismo, en el muelle de Arguineguín: en quienes rescatan de la noche del mar, en quienes abren una puerta, en quienes ofrecen unas zapatillas, un café o una mirada; en quienes cruzaron el océano buscando vida y hoy construyen futuro.

Esa magnífica humanidad que no hace ruido, pero adeanta “un lío” que hay que asumir, porque sostiene el mundo. El que embellece las periferias cuando se convierten en lugares de encuentro. El que demuestra que la fraternidad no es una idea, sino una tarea cotidiana.

Ante al miedo, la indiferencia y los muros, León XIV dejó una llamada que atravesó el Atlántico y golpeó la conciencia de Europa: la dignidad humana no tiene fronteras.

En Arguineguín, rugió el León.

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