La prioridad de la dignidad humana

La extrema derecha que representa Vox está enarbolando la bandera de la «prioridad nacional», llegando a imponerla en los acuerdos con el Partido Popular (PP) en Extremadura y Aragón para formar gobierno. Incluso registró en el Congreso de los Diputados una Proposición no de Ley (PNL) para que ese principio fuera debatido.
Su portavoz parlamentaria anunció la iniciativa, señalando que «en un contexto de recursos limitados, donde cada español ya nace con una deuda, el desempleo juvenil es el más alto de la Unión Europea (UE), y la pobreza infantil también es la mayor en la UE, además de salarios estancados desde hace treinta años y un mercado de vivienda muy tensionado, nuestros recursos deben priorizarse para atender las necesidades de los españoles». No prosperó, pero el concepto quedó en el centro del debate público.
La Conferencia Episcopal Española, a través de su secretario general y portavoz, rechazó el criterio de prioridad nacional, dado que el Evangelio señala como prioridad la dignidad intocable de la persona.
Para la fe cristiana la única prioridad que existe son las personas, y preferentemente, las empobrecidas. Ellas son las preferidas de Dios. Son, como nos recuerda el papa León XIV, «la misma carne de Cristo» (Dilexi te, 110). La Sagrada Escritura está llena de textos en los que se nos presenta que las personas más pobres y débiles de nuestro mundo son la gran prioridad.
Las Bienaventuranzas son un programa de vida para los que buscan la plenitud y la felicidad. Solo los pobres, los que tienen hambre, los que lloran… y quienes unen su existencia a ellos podrán alcanzar su verdadera humanidad (Lc 6, 20-22). Es más, aquello que hacemos a los hambrientos, los sedientos, los desnudos, los forasteros, los encarcelados… es al mismo Jesucristo al que se lo hacemos y es el camino para la vida plena (Mt 25, 31-46).
Pero la idea de prioridad nacional no es algo nuevo. Ya en la época de Jesús, en su cultura, predominaba esta convicción. Los míos, los de mi religión, los de mi pueblo, los de mi nación…, primero. Él mismo tuvo que descubrirlo en boca de una forastera (Mc 7, 24-30). Las palabras de la mujer sirofenicia fueron interpelantes y revelaron cuál es la prioridad en el plan de Dios para la humanidad: los que tienen necesidad. Es más, ayudó a entender que ese plan de Dios es universal y abarca a todo ser humano sin excepción. Y tiene su lógica: si nos dirigimos a Dios como Padre nuestro, es porque todos los seres humanos somos hermanos y estamos llamados a vivir la fraternidad y a construir la familia humana. ¿Quién es prioritario en una familia? Sin lugar a duda, el más débil.
La fe cristiana nos ayuda a reconocer y compartir con otras personas una moral y una ética universal que no sabe de fronteras, ni de parentescos. ¿Quién es nuestro prójimo? Cualquier persona que necesite ayuda, independientemente de su raza, sexo, nacionalidad, religión, cultura o posición social. La parábola del buen samaritano (Lucas 10, 25-37) nos enseña que el prójimo no es solo el compatriota, el cercano, el de mi familia…, sino quien sufre necesidad, al que debemos mostrar compasión. El buen samaritano socorrió a un hombre de otra cultura, incluso un enemigo, que estaba herido, demostrando que el amor derriba muros, excusas y prejuicios.
La postura de la Iglesia y de su magisterio, ante la prioridad nacional que excluye al extranjero, es clara. El papa Francisco, en Fratelli tutti (FT), nos dice que lo ideal es que las personas no tengan que migrar, porque en sus países encuentren la posibilidad efectiva de vivir y de crecer en dignidad. «Pero mientras no haya avances en esta línea, nos corresponde respetar el derecho de todo ser humano a encontrar un lugar donde puedan no solamente satisfacer sus necesidades básicas y las de su familia, sino también realizarse integralmente como personas. Nuestros esfuerzos ante las personas migrantes que llegan pueden resumirse en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar» (FT 129).
Reclaman muros contra
los más pobres y tienden puentes
al poder económico que exprime
a las familias obreras
Pero es más, «para quienes ya hace tiempo que han llegado y participan del tejido social, es importante aplicar el concepto de “ciudadanía”, que se basa en la igualdad de derechos y deberes bajo cuya protección todos disfrutan de la justicia. Por esta razón, es necesario comprometernos para establecer en nuestras sociedades el concepto de plena ciudadanía…» (FT 131). Es curioso que los partidos que defienden la prioridad nacional se presentan, en muchos casos, cercanos a la religión cristiana, pero una religión cristiana sin cristianismo.
La honradez con lo real, a la que nos llama la fe, nos ha de llevar a preguntarnos por qué esta propuesta arraiga en tantos sectores de la sociedad, en tantas personas de barrios obreros de nuestras ciudades. La prioridad nacional se nos presenta incluso como de sentido común. La extrema derecha señala problemas que, en algunos casos, son reales y los sufren amplias capas del mundo del trabajo, especialmente el más precarizado: bajos salarios, colapso y privatización de la sanidad y de la educación pública, paro juvenil, pobreza infantil, viviendas inalcanzables, barrios ignorados y excluidos con graves bolsas de marginalidad, problemas de convivencia, etc. Una situación que se vive con una creciente desarticulación y desvinculación social, y un gran individualismo.
Son las consecuencias de este sistema de producción y consumo que nos deja sin capacidad de respuesta colectiva, como pequeñas islas en este maremoto. Cada vez son más exigentes los requisitos de inclusión laboral y social y, al mismo tiempo, el modelo de éxito resulta inalcanzable para la mayor parte de la población, lo que genera frustración, vacío y desafección política e institucional. La persona queda sin identidad colectiva y a la intemperie. Vidas envueltas en una precariedad laboral y vital permanente.
El nuevo autoritarismo, ante este escenario, impone un relato lleno de mitos, como la identidad nacional, que aglutina este descontento y que desenfoca las causas de esta situación. Un relato, acompañado de bulos y medias verdades, que ve el origen de nuestros males en los inmigrantes pobres. Nos quieren hacer creer que nos encontramos en un contexto de recursos limitados, cuando jamás la riqueza ha crecido tanto. Sin embargo, unas pocas manos la acaparan. Reclaman muros contra los más pobres y tienden puentes al poder económico que exprime a las familias obreras. Hacen caja enfrentando mundo obrero contra mundo obrero empobrecido.
El Magisterio de la Iglesia quiere seguir contribuyendo a configurar un armazón ético como pilar de nuestra convivencia democrática: hoy necesitamos la mejor política para afrontar los problemas reales y materiales que sufren las víctimas de este sistema económico y social, y tener presente que «el desprecio de los débiles puede esconderse en formas populistas, que los utilizan demagógicamente para sus fines, o en formas liberales al servicio de los intereses económicos de los poderosos. En ambos casos se advierte la dificultad para pensar un mundo abierto que tenga lugar para todos, que incorpore a los más débiles y que respete las diversas culturas» (FT 155).
El sentido común lo pone la lógica del Evangelio, que deja clara su prioridad. •
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Militante de la HOAC
Director del Secretariado Diocesano de Pastoral del Trabajo de Córdoba



