Europa necesita recuperar el pulso social

La guerra, la inestabilidad internacional y la creciente competencia económica y tecnológica obligan a la Unión Europea a reforzar su capacidad para actuar y defender sus intereses.
Europa necesita más autonomía, más capacidad industrial y tecnológica y una economía capaz de competir en un escenario internacional cada vez más exigente.
Pero hay una cuestión que no debería quedar relegada en este proceso: qué lugar ocupa la dimensión social en la Europa que queremos construir. Porque una Europa más fuerte no será necesariamente una Europa más cohesionada. Y ambas cosas deberían ir juntas.
La Unión Europea afronta una transformación económica de enorme alcance. La reindustrialización, la inteligencia artificial, la transición energética y la necesidad de reducir dependencias estratégicas van a cambiar nuestra economía y nuestro mercado de trabajo. El reto no consiste únicamente en gestionar esos cambios, sino en conseguir que sus beneficios lleguen al conjunto de la sociedad.
Ahí es donde Europa necesita recuperar el pulso social.
La competitividad no puede convertirse en una carrera para reducir costes laborales o rebajar derechos. La simplificación normativa puede ser necesaria cuando elimina cargas innecesarias, pero no cuando pone en riesgo el acervo social europeo. Europa tiene que competir a través de la innovación, la inversión, la formación y la productividad, no debilitando las condiciones de quienes trabajan.
Por eso, el empleo de calidad debe ocupar un lugar central en la agenda europea.
La futura Ley de Empleo de Calidad debe traducirse en avances concretos en materia de salarios, estabilidad, salud laboral, derechos y negociación colectiva. Y debe hacerlo en un momento en el que la transformación tecnológica plantea nuevos retos para las relaciones laborales.
La inteligencia artificial puede mejorar la productividad y generar nuevas oportunidades, pero también puede transformar puestos de trabajo, modificar tareas y cambiar la organización de las empresas. No podemos esperar a que esos cambios estén consolidados para empezar a discutir sus consecuencias. Las personas trabajadoras y sus representantes deben participar en esa transformación desde el principio.
Europa necesita avanzar, pero también necesita garantizar
que las personas trabajadoras y los territorios afectados
cuentan con formación, protección y alternativas
Lo mismo ocurre con la transición energética y con la transformación industrial. Europa necesita avanzar, pero también necesita garantizar que las personas trabajadoras y los territorios afectados cuentan con formación, protección y alternativas. Una transición que no tenga en cuenta sus efectos sociales difícilmente contará con el respaldo necesario para sostenerse en el tiempo.
Esta dimensión social no es algo que deba añadirse al final de la política económica. Forma parte de la propia fortaleza de Europa.
Una Unión Europea con capacidad para producir, innovar y defender sus intereses necesita también trabajadoras y trabajadores cualificados, sistemas de protección social sólidos, servicios públicos capaces de acompañar las transformaciones y condiciones de vida que permitan a las personas afrontar el futuro con seguridad.
Y necesita confianza.
El avance de los discursos que cuestionan el proyecto europeo no puede combatirse únicamente con más instituciones o con mejores argumentos. También hay que responder a las causas del malestar social.
Cuando las personas perciben que el crecimiento económico no mejora sus condiciones de vida o que los cambios se producen sin que puedan participar en ellos, la distancia con las instituciones aumenta.
Por eso, recuperar el pulso social significa también recuperar la capacidad de Europa para escuchar.
El diálogo social debe tener un papel central. No como un trámite previo a la aprobación de las políticas, sino como una herramienta para diseñarlas. Si Europa va a transformar su economía, su industria y su mercado de trabajo, las organizaciones sindicales deben formar parte de esa transformación.
El próximo Estado de la Unión debería ofrecer una dirección clara. Europa tiene que reforzar su autonomía y su competitividad, pero debe hacerlo preservando y ampliando los derechos que forman parte de su modelo social.
Tiene que invertir más en sus capacidades económicas y tecnológicas, pero también y aún más, en las personas. Tiene que avanzar en las grandes transformaciones que necesita sin dejar atrás a quienes tendrán que hacerlas realidad.
Europa necesita ser más fuerte hacia fuera. Pero para conseguirlo es clave volver a conectar hacia dentro con las preocupaciones de su ciudadanía.
El Estado de la Unión no debería medirse únicamente por las nuevas iniciativas que se anuncien, sino también por la eficacia de Europa para mejorar la vida de las personas.
Ese es, en última instancia, el reto: construir una Europa capaz de defender sus intereses en el mundo sin perder de vista a quienes la sostienen cada día.
Apoya y cuida Noticias ObrerasTu aportación hace posible un periodismo comprometido con la dignidad del trabajo, la justicia social y la esperanza. Puedes colaborar también a través de Bizum al 13744. Cualquier aportación, por pequeña que sea, suma y nos ayuda a seguir construyendo, día a día, esta mirada compartida al servicio del bien común

Secretaria de Políticas Europeas de UGT y vicepresidenta del Grupo de los Trabajadores del Comité Económico y Social Europeo (CESE)



