«¡Qué llega el esposo, salgan a recibirlo!»

«¡Qué llega el esposo, salgan a recibirlo!»

Lectura del Evangelio según san Mateo (25, 1-13)

Sucede con el reino de los cielos lo que con aquellas diez jóvenes que salieron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite, mientras que, las prudentes llevaron provisión de aceite, junto con las lámparas. Como el esposo tardaba, les entró sueño y se durmieron. A medianoche se oyó un grito: «Ya llega el esposo, salgan a su encuentro».

Todas las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: «Préstennos de su aceite, que nuestras lámparas se apagan». Las prudentes respondieron: «Como no tendremos suficiente para nosotras y para ustedes, es mejor que vayan a los vendedores y lo compren». Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo. Las que estaban preparadas entraron con él a la boda y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras jóvenes diciendo: «Señor, señor, ábrenos». Pero él respondió: «Les aseguro que no las conozco». Por eso estén preparadas y preparados, porque no saben el día ni la hora.

Comentario

La escena ocurre en el Monte de los Olivos, donde, en la tradición del Antiguo Testamento, se desarrollaría el final de la historia, el apocalipsis final; así nos lo recuerda el profeta Zacarías al final de su libro. Mateo elabora el discurso escatológico que comienza en el capítulo veinticuatro donde junta las catequesis de Jesús de orientación escatológica.

Todo este discurso, a pesar de su complejidad, se puede decir que es un espaldarazo a la esperanza; nos viene a decir de alguna forma: no se preocupen, el Señor viene, la historia no acaba mal, no sabemos ni el día ni la hora, pero, eso sí, tenemos que estar preparados.

Esta parábola es de las pocas de Mateo donde aparecen mujeres y el relato se da en un ambiente de boda, símbolo de la alegría y de la felicidad, de la abundancia. Protagonistas dos tipos de jóvenes unas sensatas y otras imprudentes, por otro lado, el esposo que va a venir pero que se retrasa… esa parusía que al principio era inminente ya se prepara para una espera más larga. Los elementos de preparación para la espera es tener o no tener aceite para la luz.

Nos recuerda aquel relato en el que Jesús invitaba a ser luz y sal de la tierra; el aceite es necesario para mantener encendida la luz para ser referentes en nuestra vida cotidiana.

Hay una pregunta que nos aventuramos a contestar una pregunta interesante a la que nos da pie el texto: ¿Qué representa el aceite? quizás para ellos no era en ese momento importante y lo más importante era saber cuándo venía el Señor.

Pero puede que para nosotros sí lo sea más. Y podamos decir en línea con lo que hablamos antes de la luz y la sal, que estar preparados, es estar aprovisionados, es haber invertido bien lo más importante que tenemos que es nuestro tiempo, el tiempo que Dios nos ha regalado, la VIDA, y en ella una tarea fundamental es dar luz, es más, es ser luz.

Utilizar la palabra «invertir» nos invita a situarnos en el hoy, ya que somos muy sensibles a este término, ¿cuánto tenemos? ¿En qué lo invertimos para que nos salga rentable?

Tenemos la vida, el más grande de los tesoros, ¿en qué la invertimos? De alguna forma es darle un valor al tiempo en función de aquello que Dios quiere de mí, de aquello que mis hermanos y hermanas, la realidad que me rodea desde la que me habla Dios cada día, me reclama, me invita a ser una luz, a ser un motivo de alegría y esperanza.

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Estar preparado significa es reconocer que se ha roto el muro de lo sagrado y lo profano y que Dios nos habla desde la vida, desde la realidad concreta, desde las personas que nos rodean. Estar preparado es reconocer que Dios no está callado y que la vida de cada día es un grito de Dios a no pasear por la vida mirando mi ombligo. Dios es relación y es activo y nos invita a encontrarle el en la vida, en su espesor cotidiano de la vida, en lo próximo. Madelene Dêlbrel nos transmitió ese estar preparados, porque Dios nos sorprende en cualquier momento.

Estar preparados es generar en cada una, en cada uno de nosotros la pasión por vivir como un regalo todos los días. Es pedir al Espíritu que nos alimente, que nos de su aceite, para ser luz y sal de la tierra y llenar nuestro mundo, nuestra pequeña realidad, a nuestra gente de alegría, de justicia y esperanza, de signos del reino y saberlo hacer, con otros y otras, en comunidad. Tenemos que hacerlo en comunión, en comunidad, prepararnos porque viene… Dios siempre es viniente, es sabiduría que está siempre a tu puerta y «se deja ver sin dificultad por quienes la aman».

Es estar pendientes porque en cualquier lugar. Dios nos hace señales para ser capaces de no quedarnos anticuados, sino estar al día. Estar preparados no es, como dice la gente, vivir la vida «echando días pa’tras», esperando el final, estar preparados es una actitud proactiva donde lo que vivimos se convierte en referente, contagia y alimenta de esperanza la vida de los que no tienen luz o no ven luz o no creen en la luz.

Quizás el profeta Miqueas (6, 8) nos ayude a descubrir lo que es estar preparados, lo que es llevar aceite en la vasija, decía:

Escucha…. lo que agrada a Dios, lo que el Señor quiere de ti,
lucha por la justicia,
ama con ternura,
y camina, humildemente, delante de tu Dios.

Que esta lectura y todas las que hemos escuchado hoy, no nos llenen de temor o tristeza ante el final de nuestra historia, sino de agradecimiento a Dios por la vida y vivirla con pasión. Invertirla en un buen aceite, y el Espíritu, la Sabiduría de Dios, nos alimente para ser luz. El resto vendrá por añadidura.

 

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