Custodiar la magnífica humanidad

En mis manos está la primera encíclica de León XIV, que acojo con poca sorpresa. Se cumplen las expectativas que se habían ido creando acerca de los temas sustanciales que serían objeto de atención en ella.
La sorpresa llega por otra vía: la del itinerario seguido por el Papa en su exposición y la relectura dinámica y actualizada del depósito de la Doctrina Social de la Iglesia para reivindicar, de una parte la vigencia siempre intemporal de los principios de la DSI que nacen del mismo Evangelio y, de otra, la lúcida relectura de conceptos que hemos de poder comprender en un contexto totalmente diverso a aquel en que vieron la luz y que, sin embargo, en lo sustancial guarda similitudes y coincidencias con el que vio nacer a Rerum novarum.
La primera justificación de la encíclica es, precisamente, el 135 aniversario de la publicación de la “Carta Magna” de la Doctrina Social. La memoria siempre actualiza aquello que se conmemora, ayudando a hacer esa lectura creyente de la realidad iluminada por la fe y el Evangelio.
El recorrido que el Papa realiza por la historia de este depósito nos confirma en la intemporalidad de sus principios, en la vigencia continua de los principios y criterios que, nacidos del Evangelio y confrontados con la realidad de cada época, siguen siendo criterios básicos, fundamentales, y actuales siempre, para releer las concretas condiciones históricas y sociales en que se desenvuelve el devenir de la humanidad en cada momento de la historia.
De esto va la encíclica y de esto va la DSI:
de custodiar esa vida humana
y esa vocación que nos humaniza plenamente,
conforme a la humanidad plena de Jesucristo en esta era de la IA
“En otras palabras, el Evangelio sigue siendo actual porque proporciona los criterios para reconocer lo que humaniza o deshumaniza, lo que libera u oprime, en situaciones siempre nuevas” (MH 36).
Por eso la DSI se constituye como un corpus dinámico, “un corpus vivo de verdades, que custodia e interpreta la vocación de la humanidad a una vida plena y justa” (MH 3).
Eso permite que la iluminación que supuso Rerum novarum en su momento, siga siendo hoy una luz renovada sobre las realidades que son objeto de atención en la encíclica porque son realidades configuradoras de la vida humana en este momento de la historia.
La sorpresa, grata, viene del eje sobre el que está construida la exposición, con base en las dos imágenes bíblicas que recorren todo el texto: Babel y la reconstrucción de Jerusalén impulsada por Nehemías. Dos modelos diferentes, contrapuestos, de construir el mundo y la historia.
Una opción que, necesariamente, hemos de hacer cada una de las personas, en lo cotidiano de la existencia porque —en ello se insiste desde el principio— nuestra vocación va de responder a la llamada divina que nos invita a entrar en la tarea de custodiar la vida humana, la vocación de la humanidad a una vida plena y justa.
De esto va la encíclica y de esto va la DSI: de custodiar esa vida humana y esa vocación que nos humaniza plenamente, conforme a la humanidad plena de Jesucristo en esta era de la IA.
Por eso, para poder custodiar esa humanidad, hemos de reconocer aquello que la configura en su dignidad más plena, y hemos de identificar aquellos riesgos, tentaciones, y ataques a esa dignidad humana herida.
Se nos convoca no solo a un discernimiento,
sino a la corresponsabilidad de la comunión
que nos involucra en la tarea de custodiar
la humanidad y procurar el bien común
En esta clave la encíclica desgrana esas “cosas nuevas” de nuestro tiempo, claramente configuradas por la transformación esencial que suponen la digitalización, la inteligencia artificial (IA) y la robótica que están transformando nuestro mundo, porque el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de decisión e inciden profundamente en el imaginario colectivo (MH 4) por lo que necesitamos un discernimiento comunitario, compartido, que nos permita responder a una pregunta que ya se formulaba el papa Francisco; debemos preguntarnos con realismo quién detenta hoy este poder y hacia qué fines lo orienta (MH 5).
Se nos convoca no solo a un discernimiento, sino a la corresponsabilidad de la comunión que nos involucra en la tarea de custodiar la humanidad y procurar el bien común. El bien común es otro de los elementos claves que recorre la encíclica, y construirlo requiere (MH 11-14) reconfigurar nuestra relación con Dios, aceptar nuestra fragilidad y nuestra finitud —nuestros límites—, una corresponsabilidad valiente, y un lenguaje evangélico que traduzca en la práctica los criterios de discernimiento de la DSI, porque se nos recuerda también que “no hay auténtica evangelización que no toque también las estructuras de la convivencia humana” (MH 30).
“En la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente de seguir siendo profundamente humanos, custodiar con amor esa magnífica humanidad que se nos ha donado y que se nos ha mostrado en su plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor” (MH 15).
Para afrontar los retos actuales de esta época y custodiar la humanidad, el Papa se detiene —en el capítulo segundo— en los fundamentos y principios de la Doctrina social que ayudan a leer las “cosas nuevas” de nuestro tiempo, a la luz de la dignidad fundamental de la persona humana: el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social, de modo que podamos redescubrir la tarea de llevar a la vida cotidiana, a las relaciones familiares, al trabajo y a la participación social, estos principios dejándose animar por la intención de encarnar el amor de Dios en el tejido concreto de la historia.
“Debemos recurrir a los principios de la Doctrina social —dignidad de la persona, bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad, justicia— como criterios para juzgar si las tecnologías sirven realmente a la humanidad o acaban sometiéndola, y considerarlos como orientaciones para nuestras elecciones” (MH 183).
El bien común es definido por el Papa como
“la forma social de la dignidad reconocida a cada uno”
y que trabajar por él supone tener un proyecto compartido
Desde el fundamento de la infinita dignidad que poseemos en tanto somos imagen del Dios Trinidad, constitutivamente relacionales, viviendo una alteridad que genera consecuencias sociales, el Papa cuestiona la ideología individualista de la meritocracia (MH 51), recuerda que los derechos humanos siguen siendo expresión de la conciencia humana y traducción histórica de esa dignidad (MH 54) y advierte frente al riesgo de que, en el futuro, terminen “siendo cuestionados o negados por quienes detentan el poder, tal vez tras haber obtenido un consenso solo aparente por parte de poblaciones asustadas o manipuladas” (MH 56).
El bien común es definido por el Papa como “la forma social de la dignidad reconocida a cada uno” (MH 59) y que trabajar por él supone tener un proyecto compartido (MH 62).
El destino universal de los bienes implica el cuidado de la Casa común y la responsabilidad hacia los pobres y las generaciones futuras, que exigen que el uso de los bienes de la creación y de las nuevas posibilidades que ofrece la tecnología se regule de tal manera que se respete el medio ambiente, se eviten los despilfarros y las nuevas formas de expoliación (MH 67).
El principio de subsidiariedad nos convoca a convertirnos en protagonistas de la propia vida y a participar en la construcción de la sociedad (MH 68) igual que el principio de solidaridad nos lleva a experimentar que la fraternidad no es solo una aspiración interior de quien cree, sino una forma social y política que hay que encarnar en opciones y caminos compartidos (MH 73). Y la justicia social se reconoce, pues, por la capacidad de un orden social, económico y político de permitir a todos —y en particular a los más frágiles— vivir de manera verdaderamente humana, sin que nadie se quede atrás (MH 77).
Conjugar estos principios es lo que encamina a la humanidad a un verdadero desarrollo humano integral, que pone en el centro a las personas y no la acumulación de bienes (MH 83).
Sentadas estas bases, la encíclica aborda los retos y desafíos que hoy supone para la vida esta época, derivados del paradigma tecnocrático, del poder digital y de la inteligencia artificial. Sería demasiado prolijo detenernos en todos los puntos que aborda la encíclica. Habrá que hacerlo, en su momento, pero quiero ahora detenerme en dos que me parecen de prioritaria importancia:
La dignidad del trabajo en la transición digital (MH 148-181)
León XIV recuerda que el Magisterio ha reconocido en el trabajo “la clave esencial” para comprender toda la cuestión social, porque a través de él la persona desarrolla muchas dimensiones de su propia existencia.
Esto sigue siendo así: el trabajo no es un simple instrumento, sino que expresa y aumenta la dignidad de nuestra vida (MH 149). El trabajo sigue siendo una dimensión fundamental de la experiencia humana: no solo un medio de subsistencia, sino un lugar de expresión, de relaciones y de contribución a la comunidad (MH 154).
Por ello, las deshumanizaciones que puede generar la IA, añadidas a las que históricamente acampan en la experiencia del trabajo humano, han de estar en el horizonte del cuidado de la vida y de la dignidad. En esta época, viene a decir el Papa, cuidar el trabajo es cuidar la vida, desde la centralidad de la persona, a cuyo servicio ha de estar la economía; una economía que valore la dignidad.
León XIV propone construir la civilización del amor a través de cinco vías:
desarmar las palabras, construir la paz en la justicia,
asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo,
relanzar el diálogo y el multilateralismo
Especial atención presta el Papa a considerar que el trabajo no es solo una fuente de ingresos, sino un ámbito decisivo en el que se forma la identidad, se tejen amistades y relaciones, se aprenden responsabilidades concretas y se discierne la propia vocación (MH 167), e invita a estar preocupados por la precariedad laboral que afecta a los jóvenes y las mujeres, y que condiciona de modo importante la vida familiar y las relaciones sociales. Así, reclama el Papa una creatividad política a favor del trabajo que sitúe en el centro a la familia y a las nuevas generaciones (MH 168).
La cultura del poder y la civilización del amor (MH 182-228)
La paz no es un tema más entre otros, sino una condición del bien común universal y una prueba de fuego de la madurez moral de los pueblos (MH 182). Desde el comienzo de su pontificado el tema de la paz “desarmada y desarmante” ha sido un elemento axial de la práctica totalidad del magisterio del papa León hasta la fecha. Advierte que la revolución digital está modificando la gramática de los conflictos (MH 183). Se expande una cultura del poder hecha de polarizaciones y violencias (MH 185) frente a la que hemos de seguir proponiendo la civilización del amor, que no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente.
“Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro —ya sea persona o pueblo— como un aliado necesario para la construcción del bien común” (MH 186).
En esta clave, denuncia el Papa el cambio de paradigma belicista, la preocupante pérdida de memoria histórica, la reescritura selectiva o distorsionada del pasado, en un clima en el que las noticias falsas y las manipulaciones narrativas empañan las lecciones aprendidas (MH 191), advirtiendo de que la guerra no solo se libra, sino que también se prepara culturalmente a través de narrativas simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo (MH 192).
Denuncia la lógica económica que sirve a determinados intereses que propician las guerras y conflictos, y la industria de las armas, y cómo la IA pretende despersonalizar la guerra de tal modo que la haga moralmente aceptable. El Papa insiste: No existe ningún algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable (MH 198).
Cuando una cultura normaliza y justifica el conflicto, se abre una deriva peligrosa: lo que hoy parece impensable puede llegar a ser aceptable mañana en función de cálculos de utilidad o de seguridad (MH 208).
Frente a ello, León XIV propone construir la civilización del amor a través de cinco vías; cinco vías de responsabilidad cotidiana y pública: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo, relanzar el diálogo y el multilateralismo (MH 213-228).
Si hay una referencia permanente para construir nuestra humanidad, para custodiarla, para hacerla crecer hacia su plenitud es Jesucristo, muerto y resucitado.
En Cristo comprendemos que el hombre está llamado a ser colaborador en la obra de la creación, en lugar de espectador resignado de procesos tecnológicos que limitan su libertad y su responsabilidad (MH 233) y mientras que las nuevas redes económicas y tecnológicas pueden generar exclusión, aislamiento y dependencias, la Iglesia, alimentada por la Eucaristía, está llamada a hacer visible otra medida, cuidando los vínculos, devolviendo la voz a los invisibles y orientando los procesos hacia la dignidad de las personas (MH 235).
Hay que leer la encíclica, hay que comentarla, en un diálogo compartido, orientado hacia la praxis personal y comunitaria, eclesial y social. Tenemos que seguir preguntándonos cómo cuidar, en esta época, el trabajo, la vida, y esta magnifica humanidad que Dios nos ofrece como don y tarea.
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De comienzo en comienzo. Ahora teólogo y vicario parroquial. Director de la Escuela de Formación Social de la Archidiócesis de Madrid



