“Magnifica humanitas”: una encíclica que toca “las estructuras de la convivencia humana”

“Magnifica humanitas”: una encíclica que toca “las estructuras de la convivencia humana”

La encíclica Magnifica humanitas es un mensaje directo para los creyentes y para el mundo no solo en el ámbito del trabajo o de las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial (IA), sino en todo nuestro ser, nuestras relaciones y nuestra forma de habitar la Tierra.

León XIV comienza la encíclica con dos ideas claves que aparecerán de manera transversal en todo el texto: la necesidad de dialogar con “todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo” para “identificar, junto con ellos, nuevos caminos para el bien común y la promoción de una vida digna para todos” (n. 2), y la importancia de tener en cuenta “la vida concreta de los pueblos” (n. 3).

Me parece necesario destacar esta sensibilidad porque reconoce la contribución necesaria de toda la sociedad a la hora de generar un mundo más justo y humano, y obliga indirectamente a la Iglesia a salir de sí misma, a liberarse de “la tentación de añorar formas de presencia basadas en el poder” (n. 25) y a entrar en relación con otras religiones, culturas y formas de entender el mundo.

Durante todo el documento aparecen múltiples ejemplos de ámbitos eclesiales y no eclesiales con los que la Iglesia debe dialogar, como pueden ser los sindicatos, las ciencias humanas y sociales o el mundo político, reconociendo así “el valor de las realidades sociales y políticas” y respetando “su propia responsabilidad, apoyando todo lo que protege la vida de las personas y fortalece los cimientos del tejido social” (n. 21).

Del mismo modo, León XIV hace hincapié en la importancia de todos los pueblos de la Tierra, de la diversidad frente a la homogeneización, y de las regiones periféricas o excluidas del desarrollo tecnológico.

En este sentido, recuerda que la Iglesia “lleva en su aliento el horizonte del mundo entero, pero asume las preguntas de cada contexto como el lugar real en el que el Evangelio cobra vida” (n. 26) y marca una línea clara de actuación: asegurar la participación real de todas las personas (y en especial las marginadas o excluidas) en la toma de decisiones, en los avances tecnológicos y en la reparación de las consecuencias negativas de la implementación forzosa de la IA.

Además, alerta de que “la difusión de la IA y de los sistemas computacionales produce efectos distintos en cada lugar” generando así “reservas de mano de obra precaria y focos de inestabilidad y migraciones forzadas” (n. 153).

La dignidad humana en el centro

Bajo estos dos prismas, la encíclica analiza los retos a los que se enfrenta la población mundial en pleno siglo XXI, marcados todos ellos por la digitalización y los  avances tecnológicos. Pero no lo hace demonizando o acusando a las nuevas tecnologías o a la IA de estos problemas, sino reconociendo que pueden ser herramientas de progreso y desarrollo (“la tecnología puede curar, conectar, educar, cuidar la Casa común; pero también puede dividir, descartar, generar nuevas injusticias” (n. 9) siempre y cuando las personas que las desarrollan, controlan y dirigen pongan en el centro la dignidad humana “que pertenece a todo ser humano simplemente por el hecho de existir, de haber sido querido, creado y amado por Dios” (n. 52), y la vida concreta de las personas.

Además, antes de profundizar en el papel de la IA en la sociedad actual, León XIV recorre las aportaciones más significativas de los pontífices a la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) desde Rerum novarum hasta Magnifica humanitas.

Este recopilatorio no es circunstancial ni una mera introducción, sino que es una llamada firme a toda la Iglesia a recuperar su sentido misionero, haciendo referencia “a una Iglesia capaz de escuchar el clamor de los pobres, de los migrantes y de las víctimas de las nuevas formas de esclavitud” (n. 42).

En los últimos años vemos como propuestas más conservadoras promueven una vivencia de la fe mucho más íntima e individualista, centrada en momentos puntuales con una elevada carga emocional, pero que luego no generan procesos de maduración y militancia en la sociedad desde nuestro ser creyentes. Frente a estas tendencias, la encíclica y la DSI muestran “un camino de discernimiento comunitario” (n. 27) donde los cristianos deben asumir los nuevos asuntos de nuestro tiempo “como ámbito de la misión pastoral de la Iglesia” (n. 29), recordando que “no hay auténtica evangelización que no toque también las estructuras de la convivencia humana” (n. 30).

León XIV nos recuerda así la importancia de, como creyentes, salir al mundo e implicarnos en aquellas iniciativas que luchen por reconocer la dignidad del trabajo y del trabajador, defendiendo “el derecho a un salario justo proporcional no sólo al rendimiento, sino a las necesidades del trabajador y de su familia”, “la propiedad privada junto con su indispensable función social”, “el destino universal de los bienes”, “el cuidado de la creación” o “las asociaciones de trabajadores” (n. 30-46).

Desarrollo integral

Además, denuncia que “lo que puede ser realizado por las personas, las familias, los organismos intermedios y las comunidades locales no debe ser absorbido por instancias superiores” (n. 31), e insiste en que “las estructuras económicas e institucionales son justas sólo en la medida en que sirven al desarrollo integral de la persona y favorecen la participación responsable de todos” (n. 34), ya que existen “estructuras, mecanismos, sistemas económicos y culturales que producen desigualdad casi automáticamente” (n. 79).

De este modo, nos recuerda que “el Evangelio sigue siendo actual porque proporciona los criterios para reconocer lo que humaniza o deshumaniza, lo que libera u oprime, en situaciones siempre nuevas” (n. 36), y que es especialmente importante recurrir a él para “juzgar las nuevas formas de explotación, exclusión y crisis de la representación política” (n. 39) que se desarrollan “silenciosamente” en medio de nuestra sociedad y de nuestros ambientes (“personas y pueblos a los que se les niega o dificulta el acceso a las tecnologías básicas, comunidades expuestas a vigilancia invasiva y grupos sociales perjudicados por algoritmos opacos” (n. 80).

De hecho, la encíclica especifica que “en los países ricos surgen nuevas categorías de pobres y se multiplican formas inéditas de exclusión, mientras que en las regiones más pobres pequeños grupos viven en un bienestar consumista que convive con situaciones de miseria deshumanizante” (n. 40).

Ante esta situación, estamos llamadas a aterrizar todo esto “en las relaciones familiares, en el trabajo y en la participación social” (n. 47), o lo que es lo mismo, en nuestros ambientes concretos, teniendo en cuenta que “la búsqueda del bien común es lo que da vida a un pueblo” (n. 62), y que “la promoción del bien común nunca puede separarse del respeto al derecho de los pueblos a existir, a custodiar su propia identidad y a contribuir con su propia originalidad a la familia de las naciones” (n. 64).

Humanizar el entornos y las relaciones

Para ello, el Papa nos pone como referentes a “los “mártires de lo cotidiano” que curan, educan, acompañan y consuelan discretamente, como los padres de familia, los enfermeros, los médicos, los voluntarios y las personas que están junto a los ancianos o a los excluidos” (n. 125), personas anónimas que trabajan cada día por humanizar su entorno, sus relaciones y su vida.

Ligado a esto, el papa defiende que “toda mujer y todo hombre están llamados a ser protagonistas de su propia vida y a participar en la construcción de la sociedad” (n. 68), y reconoce que “allí donde familias, asociaciones, comunidades locales, realidades del voluntariado y del denominado “tercer sector” son reconocidas y sostenidas, la vida social se vuelve más cercana a las personas, los servicios se brindan con mayor atención a las necesidades reales y las respuestas son más creativas y respetuosas de la dignidad de cada uno” (n. 70).

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Tras hacer este análisis riguroso de la DSI y del magisterio de sus predecesores, la encíclica dialoga con el mundo tecnológico actual, donde la “difusión de redes globales, plataformas y sistemas de IA cambia el modo de informarse, de comunicar y de acceder a los servicios” (n. 80).

Del mismo modo, remarca la importancia de que la IA y las nuevas tecnologías estén al servicio del desarrollo humano integral, siendo este aquel que “pone en el centro a las personas y no la acumulación de bienes” (n. 83), y marca como inaceptable un progreso “que aumenta el bienestar de algunos degradando los ecosistemas, descargando costos sobre las comunidades más vulnerables o comprometiendo las condiciones de vida de quienes vendrán después de nosotros”. (n. 84).

Como creyentes, debemos estar alerta de qué tipo de desarrollo y de sociedad estamos construyendo, y analizar constantemente si las herramientas que se ponen a nuestra disposición favorecen el desarrollo humano integral de todos los pueblos y comunidades, o si por el contrario aceleran el paradigma tecnocrático y son fuentes de marginación, exclusión, opresión o degradación de la Casa Común.

Así mismo, es necesario superar “los actuales parámetros de medición del grado de desarrollo (…) que hacen que se pasen por alto, de forma casi sistemática, aspectos esenciales para el bienestar general de las personas y del medioambiente” (n. 159).

Además, León XIV marca un límite claro en el uso de la IA “cuando entra en procesos que inciden en la vida de las personas, afecta a sus derechos, oportunidades, reputación y libertad” (n. 102), pues corremos el riesgo de desresponsabilizarnos social y políticamente, y de revestir de neutralidad y objetividad decisiones que, en el fondo, tienen altos componentes deshumanizantes y excluyentes que no son aleatorios, sino que responden a intereses de unos pocos por encima del bienestar de todos.

Consecuencias para las familias, jóvenes y economías locales

León XIV nos recuerda que “todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones” (n. 104), y estas decisiones y prioridades están en las manos de muy pocas personas que concentran el poder internacional y que “pueden orientar informaciones y consumos, condicionar procesos democráticos e incidir en las dinámicas económicas en beneficio propio” (n. 108), así como destruir “los puestos de trabajo disponibles, con un efecto en cadena que afecta profundamente a las familias, a los jóvenes y a las economías locales” (n. 151).

Pero no todo está perdido, y la encíclica marca 4 necesidades claves para que la IA sea una herramienta para el desarrollo humano integral: “marcos jurídicos adecuados, vigilancia independiente, educación de los usuarios [y] una política que no renuncie a su tarea” (n. 106). Aunque es cierto que “los contenidos que circulan en los entornos digitales influyen en la forma en que las personas perciben el mundo e introducen en la conciencia colectiva” (n. 135), la educación y la formación se vuelven herramientas clave para hacer un “uso correcto y crítico de las herramientas digitales, la IA y las plataformas de compra e inversión” (n. 137), educando así para “decidir cuándo y para qué no utilizarla” (n. 140).

Para ello, es necesario “garantizar una educación de calidad para todos” evitando que “el acceso a la escuela dependa demasiado de las posibilidades económicas de las familias” (n. 144), así como replantearnos “la organización de la escuela, los espacios, los métodos de evaluación y la propia figura del docente” (n. 145). Esto asegura que, independientemente del nivel socioeconómico familiar, la infancia y la juventud encuentren en las instituciones educativas un espacio de crecimiento, desarrollo y participación social real plena que se centre en “captar la realidad en su conjunto, plantear preguntas sobre el sentido de las cosas y desarrollar un auténtico pensamiento crítico y creativo” (n. 146).

De hecho, centrándose en la realidad de las personas jóvenes, León XIV hace hincapié en que “cuando el acceso al empleo se ve obstaculizado por altas tasas de desocupación, sistemas de formación inadecuados o barreras estructurales, muchos jóvenes ven bloqueado su camino hacia la realización personal y profesional” (n. 167). De esta manera, pone en relieve la importancia de transformar el sistema educativo, laboral y social actual para favorecer la digna integración de las personas jóvenes, y reconoce la necesidad de “invertir en formación y capacitación profesional accesibles” (n. 169)

Por último, León XIV hace un llamamiento permanente a la paz y al desarme como respuesta a la situación de polarización y conflictos armados que vivimos en nuestro mundo. Para empezar, separando a la IA de “la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva” (n. 110), pero también poniendo la mirada en la “expansión de la cultura del poder, hecha de polarizaciones y violencias” y el “enfrentamiento a distancia entre imperialismos contrapuestos, entre potencias que quieren conservar su primacía y potencias que aspiran a conquistarla” (n. 185).

En este sentido, reconoce que estos conflictos armados afectan principalmente a “las poblaciones civiles, causando víctimas inocentes, oleadas de refugiados, desestabilización social y heridas de larga duración” (n. 189), quienes ven vulnerados sus derechos a “la proporcionalidad en la respuesta las agresiones, la protección del acceso al agua, los alimentos y los bienes esenciales, y el respeto por la vida de los civiles y de los niños” (n. 203). Sin embargo, ante esta lógica de la destrucción, León XIV nos recuerda que, como humanidad, debemos apostar por “el diálogo, la diplomacia y el perdón” (n. 192) como instrumentos para afrontar los conflictos, y pone el foco en “el poder de las palabras”, haciendo una llamada a “hacer un examen de conciencia con las palabras que usamos, sobre los prejuicios de los que están impregnadas y sobre la agresividad, abierta o encubierta, que las motiva” (n. 214).

Tras leer esta encíclica, y como decía al principio, considero que León XIV no habla solamente de la IA y las nuevas tecnologías, sino que nos invita a actuar como Nehemías, reconstruyendo nuestra sociedad “a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo” en lugar de “imponiendo soluciones desde lo alto” (n. 8). Y este “reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe, sin embargo, una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad” (n. 10).

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