El relato que culpa a las personas trabajadoras cuando enferman

El debate sobre la incapacidad temporal ha vuelto a ocupar el primer plano de la actualidad. No sería preocupante si sirviera para analizar con rigor las causas del aumento de las bajas laborales y buscar soluciones eficaces. El problema es que, una vez más, el debate se construye sobre simplificaciones, medias verdades y, en algunos casos, afirmaciones sencillamente falsas que acaban proyectando una sombra de sospecha sobre millones de personas trabajadoras.
En los últimos días hemos asistido a una nueva ofensiva contra el mal llamado “absentismo laboral“. Primero fueron las reiteradas declaraciones de la patronal, insistiendo en presentar las bajas médicas como uno de los principales problemas de competitividad de las empresas. Después llegaron las palabras del presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, planteando la posibilidad de reducir la remuneración de quienes se encuentran en situación de incapacidad temporal. Las posteriores matizaciones de su propio partido no alteran lo esencial: vuelve a instalarse un relato que sitúa el foco sobre quienes enferman y no sobre las razones por las que cada vez más personas ven deteriorada su salud mientras trabajan.
No es la primera vez que ocurre. Hace apenas unos meses, distintos análisis ya mostraban que existen dos diagnósticos muy diferentes sobre el incremento de las incapacidades temporales. Uno contempla las bajas casi exclusivamente como un problema de costes económicos y de eficiencia del sistema. El otro se pregunta por las condiciones de trabajo, el envejecimiento de la población activa, el aumento de los trastornos musculoesqueléticos y de salud mental, las dificultades para conciliar, la insuficiente prevención de riesgos laborales o el deterioro de la atención sanitaria pública, que prolonga innecesariamente muchos procesos de recuperación.
Elegir uno u otro diagnóstico no es una cuestión menor. Determina también las soluciones. Si el problema son las personas trabajadoras, la respuesta será endurecer los controles, recortar prestaciones o alimentar la sospecha. Si el problema está en las causas que enferman a quienes trabajan, la prioridad será reforzar la prevención, mejorar la organización del trabajo, invertir en salud laboral y fortalecer un sistema sanitario que permita recuperaciones más adecuadas.
Conviene recordar algunas evidencias que con frecuencia desaparecen del debate público. Las personas no están de baja porque lo decidan libremente, sino porque un profesional sanitario acredita que una enfermedad o un accidente les impide desarrollar su trabajo. Tampoco es cierto, con carácter general, que quien está de baja perciba exactamente los mismos ingresos que trabajando. Y el aumento de las incapacidades temporales no puede analizarse ignorando que España cuenta hoy con varios millones más de personas ocupadas que hace unos años y una población trabajadora cada vez más envejecida.
Reducir toda esta realidad a un supuesto fraude generalizado resulta tan injusto como irresponsable. Naturalmente, cualquier abuso debe perseguirse y corregirse. Pero una sociedad democrática no puede construir sus políticas públicas a partir de la sospecha permanente hacia millones de personas trabajadoras. La excepción no puede convertirse en la regla ni servir para cuestionar derechos que forman parte del pacto social construido durante décadas.
Hay además una pregunta que apenas aparece en esta discusión: ¿por qué hablamos tanto del coste de las bajas y tan poco del coste de las enfermedades que las provocan? Cada siniestro laboral, cada trastorno de salud mental relacionado con el trabajo, cada enfermedad profesional no reconocida, cada proceso de recuperación prolongado por las listas de espera sanitarias tiene un enorme coste humano, familiar, social y también económico. Sin embargo, esas causas apenas ocupan espacio en el debate público.
Quizá el verdadero absentismo sea otro. El absentismo de la prevención cuando miles de empresas siguen sin integrar adecuadamente la salud laboral en su organización. El absentismo de unas políticas públicas que llegan tarde a la actualización de la prevención frente a los nuevos riesgos psicosociales. El absentismo de quienes hablan constantemente de productividad, pero guardan silencio sobre la siniestralidad laboral, el estrés crónico, la sobrecarga de trabajo o el desgaste que sufren tantos trabajadores y trabajadoras. El absentismo de quienes contabilizan el coste de una baja médica, pero nunca el coste de no evitarla.
También conviene cuidar el lenguaje. Bajo la etiqueta de “absentismo” se mezclan con frecuencia situaciones muy distintas: ausencias injustificadas, permisos legalmente reconocidos, cuidados familiares, accidentes laborales o incapacidades temporales derivadas de una enfermedad. Esa confusión no es inocente. Las palabras condicionan la forma de comprender la realidad y terminan orientando las respuestas políticas y sociales.
Una sociedad se reconoce por la manera en que trata a las personas en situación de mayor vulnerabilidad. Convertir la enfermedad en sospecha significa invertir ese principio. Supone mirar antes el coste que la persona, el balance económico antes que la dignidad de quien atraviesa un momento de fragilidad.
El trabajo es una dimensión esencial de la vida humana, pero nunca puede convertirse en la medida del valor de una persona. Cuando alguien enferma, la respuesta no debería consistir en preguntarse cuánto cuesta protegerle, sino qué estamos haciendo mal para que tantas personas enfermen trabajando y qué responsabilidades compartidas debemos asumir para cuidar mejor la salud, la prevención y las condiciones laborales.
Ese es el debate que necesita nuestro país. Todo lo demás corre el riesgo de convertir a las personas trabajadoras enfermas en culpables de su propia enfermedad.
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Director de Noticias Obreras.
Autor del libro No os dejéis robar la dignidad. El papa Francisco y el trabajo. (Ediciones HOAC, 2019). Coeditor del libro Ahora más que nunca. El compromiso cristiano en el mundo del trabajo. Prólogo del papa Francisco (Ediciones HOAC, 2022)



