“Magnifica humanitas”. Roma descubre la IA y evita mirarse al espejo

La primera encíclica de León XIV, Magnifica humanitas, tiene un mérito indiscutible: habla de uno de los grandes asuntos de nuestro tiempo. Mientras buena parte de la opinión pública oscila entre el entusiasmo tecnológico y el miedo apocalíptico, el Papa propone una tercera vía: pensar.
El documento se abre con una imagen poderosa. En el número 1 afirma que «la magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos». La metáfora marca toda la encíclica: la tecnología puede ser instrumento de comunión o de dominación.
La comparación con la histórica Rerum Novarum no es casual. Así como León XIII reflexionó sobre la revolución industrial, León XIV intenta comprender la revolución digital. La pregunta de fondo es la misma: ¿cómo evitar que el progreso técnico termine aplastando a las personas?
Lo mejor del texto: la defensa de la dignidad humana
La aportación más sólida de la encíclica es su insistencia en que la persona debe estar por encima de la técnica. En el número 45 se lee: «La inteligencia artificial nunca puede sustituir el valor único e irreductible de cada persona humana».
León XIV rechaza explícitamente la idea de que la tecnología sea un mal en sí misma. En los números 4 y 9 recuerda que no es una «fuerza antagónica respecto a la persona» ni «un mal en sí misma». Pero añade algo decisivo: «La tecnología no es neutral» (78), porque refleja los intereses de quienes la diseñan, financian y controlan.
Esta crítica al poder tecnológico resulta especialmente interesante. Denuncia la concentración de datos, algoritmos y capacidad de decisión en manos de unos pocos actores globales. Y habla incluso de esclavitud tecnológica y de «nuevas formas de colonialismo digital» (82).
También es notable la defensa del trabajo humano: «La automatización no debe conducir a una cultura del descarte del trabajador» (108). Frente a una visión puramente productivista, León XIV recuerda que una persona vale más que su rendimiento económico: «El trabajo humano no puede ser reducido a un residuo sustituible por la eficiencia de las máquinas» (103). Aquí la encíclica conecta con una preocupación clásica de la Doctrina Social de la Iglesia: el trabajo como expresión de la persona, no como simple engranaje productivo.
Otro aspecto destacable es la crítica al transhumanismo. El Papa rechaza la idea de una humanidad «superada» tecnológicamente y recuerda que «la humanidad, magnífica y herida, no debe ser ni reemplazada ni superada» (126).
Finalmente, el documento sorprende por su contundencia contra la militarización de la inteligencia artificial. Uno de los tramos más contundentes aparece en el número 146: «No es aceptable delegar decisiones de vida o muerte en sistemas autónomos de inteligencia artificial». «La guerra —se afirma en el número 149— nunca puede ser gobernada por lógicas puramente técnicas». La llamada al «desarme de la IA» (110) y el cuestionamiento de la teoría clásica de la guerra justa (192) constituyen probablemente algunas de las afirmaciones más audaces de todo el texto.
Los silencios: cuando la encíclica habla menos
Pero toda encíclica es también aquello de lo que no habla. Y aquí aparecen algunas limitaciones importantes.
El documento dedica más de doscientas páginas a la inteligencia artificial, pero apenas entra en cuestiones que afectan directamente a la vida cotidiana de millones de creyentes católicos.
El texto afirma la igualdad fundamental de toda persona (51), pero no aborda el papel de la mujer en la estructura ministerial de la Iglesia ni su acceso a ministerios ordenados o a espacios reales de decisión. En una Iglesia donde las mujeres constituyen la inmensa mayoría de las personas comprometidas en la vida pastoral, el silencio resulta llamativo.
Algo parecido ocurre con el celibato obligatorio. Una encíclica que reflexiona sobre el futuro de la humanidad no dedica prácticamente espacio a una disciplina eclesiástica cuya revisión es solicitada desde hace décadas por numerosos sectores católicos.
Tampoco existe una reflexión profunda sobre la inclusión de las personas LGTBI+, más allá de las referencias generales a la dignidad humana.
Y aunque la encíclica menciona la necesidad de verdad y transparencia, muchos lectores echarán de menos un tratamiento más amplio de la crisis de abusos sexuales que ha afectado gravemente a la credibilidad de la Iglesia.
Cuando Roma se encuentra con el BOE
En España, la lectura del documento tiene inevitablemente una dimensión política. No porque la encíclica sea partidista, sino porque la doctrina católica mantiene posiciones claramente divergentes respecto a varias leyes civiles vigentes.
La oposición al aborto y a la eutanasia, por ejemplo, continúa siendo parte esencial de la antropología moral católica. Sin embargo, ambas realidades están reconocidas legalmente en España. León XIV, siguiendo la doctrina de los papas anteriores, afirma tajantemente en el número 55: «El primer derecho humano es el derecho a la vida, desde la concepción al término natural… Cuando este derecho fundamental viene negado —como ocurre en el aborto provocado, en el asesinato de inocentes y la eutanasia— nos encontramos frente a decisiones que la Iglesia juzga gravemente ilícitas».
También existe una distancia evidente entre la concepción magisterial del matrimonio —entendido doctrinalmente como unión entre hombre y mujer— y el pluralismo familiar reconocido por la legislación española.
Una democracia madura puede admitir discrepancias éticas. Pero, en estos casos, se trata de desacuerdos relevantes entre la moral oficial de la Iglesia y las decisiones adoptadas por el legislador democrático.
Para el lector y lectora españoles existen, además, otras ausencias particularmente significativas. La encíclica insiste en la justicia, la transparencia y el bien común. Sin embargo, no existe ninguna referencia a cuestiones patrimoniales, como las inmatriculaciones; insiste también en la responsabilidad institucional sin abordar el debate sobre los Acuerdos preconstitucionales Iglesia-Estado de 1979, que en España han generado controversias durante décadas.
No eran estas, ciertamente, objeto directo de la encíclica. Pero cuando un documento habla de poder, propiedad, justicia y responsabilidad social, el lector español puede preguntarse legítimamente si esas categorías sólo se aplican a las grandes multinacionales tecnológicas o también a las propias instituciones religiosas.
Una gran encíclica con preguntas pendientes
Magnifica humanitas es, probablemente, el documento social más importante publicado por la Iglesia en los últimos años. Su crítica al poder tecnológico, su defensa de la dignidad humana y su llamada a una ética de la inteligencia artificial merecen reconocimiento.
Sin embargo, la encíclica deja una sensación paradójica. Analiza con lucidez los peligros de los algoritmos, pero evita importantes debates internos que muchos creyentes consideran igualmente urgentes.
Quizá sea ésa su mayor enseñanza involuntaria: la Iglesia ha comprendido que debe dialogar con las máquinas. Queda por ver hasta qué punto está dispuesta a dialogar también con todas las voces de la magnífica humanidad que sigue llamando a sus puertas.
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