Victoria Camps: La democracia se debilita cuando la ciudadanía deja de preguntarse qué debe hacer

Victoria Camps: La democracia se debilita cuando la ciudadanía deja de preguntarse qué debe hacer
FOTO | Vía CEE
La filósofa sitúa la desmoralización ciudadana en el origen de la fragilidad democrática y defiende que el bien común exige ciudadanos y ciudadanas capaces de asumir deberes además de reclamar derechos

Las democracias no empiezan a debilitarse únicamente cuando fallan las instituciones. Empiezan a hacerlo cuando la ciudadanía deja de preguntarse “qué debo hacer” y sustituye el bien común por la defensa exclusiva de los propios intereses. Esta fue la tesis que sostuvo Victoria Camps durante la conferencia La democracia liberal en un mundo desmoralizado, una reflexión filosófica que terminó convirtiéndose en una llamada a reconstruir la democracia desde la responsabilidad compartida.

La catedrática emérita de Filosofía Moral de la Universidad Autónoma de Barcelona participó en la Escuela de Verano organizada por la Conferencia Episcopal Española con una intervención que huyó tanto del pesimismo como de las recetas fáciles. Frente a quienes sitúan la crisis democrática exclusivamente en la polarización política, el descrédito institucional o el auge de los autoritarismos, Camps propuso mirar más abajo: al debilitamiento del compromiso moral que hace posible la convivencia democrática.

“La democracia liberal es frágil porque lo es la ética que la sustenta”, afirmó al comienzo de una exposición que recorrió desde Immanuel Kant hasta Hannah Arendt, pasando por José Luis López Aranguren, José Ortega y Gasset, Ludwig Wittgenstein o Dietrich Bonhoeffer. Pero más allá de las referencias filosóficas, el hilo conductor fue siempre el mismo: una democracia necesita ciudadanos y ciudadanas capaces de asumir responsabilidades compartidas, no solo de reclamar derechos.

La democracia necesita algo más que libertad

Camps criticó una concepción de la libertad reducida exclusivamente a la autonomía individual.

Inspirándose en el pensamiento de Isaiah Berlin y John Stuart Mill, la filósofa sostuvo que el liberalismo ha desarrollado sobre todo una “libertad negativa”: la posibilidad de que cada persona haga con su vida lo que desee mientras respete la ley. Esa libertad resulta imprescindible para la democracia, pero deja de ser suficiente cuando pierde de vista una pregunta decisiva: “¿Para qué quiero ser libre?”.

La respuesta remite, explicó, al compromiso con el bien común, la solidaridad y la responsabilidad hacia quienes encuentran mayores dificultades para ejercer realmente sus derechos.

Ese mismo desequilibrio se reproduce en la economía. La filósofa criticó un capitalismo que ha privilegiado el crecimiento y la innovación mientras ha relegado la distribución de la riqueza. “La economía crece, pero la ciudadanía no percibe ese crecimiento”, resumió al explicar cómo la mejora de los indicadores macroeconómicos convive con situaciones persistentes de precariedad, exclusión y desigualdad.

Como ejemplo especialmente significativo señaló el acceso a la vivienda. Lo calificó de “escandaloso”, al tratarse de un derecho reconocido tanto por la Declaración Universal de los Derechos Humanos como por la Constitución española que continúa sin hacerse efectivo para una parte importante de la población.

Junto a la vivienda, citó otros desafíos que ponen a prueba la capacidad de respuesta de las democracias contemporáneas: el envejecimiento de la población, las nuevas desigualdades, las migraciones o el impacto de las redes sociales y de la inteligencia artificial sobre la autonomía de las personas y la formación de la opinión pública.

Una democracia necesita una ciudadanía moralmente activa

Victoria Camps recuperó una de las intuiciones más relevantes de Aranguren: “No podemos ser amorales, pero sí podemos estar desmoralizados”.

A partir de esta idea explicó que la desmoralización no consiste en la pérdida de valores, sino en la pérdida de la voluntad de actuar conforme a ellos. Una sociedad puede reconocer la libertad, la igualdad o la dignidad humana como principios fundamentales y, al mismo tiempo, dejar de preguntarse qué exigen esos principios en las decisiones concretas de cada día.

De ahí que la pregunta decisiva no sea qué derechos tenemos, sino “qué debo hacer”. Esa cuestión, inspirada en Kant y presente a lo largo de toda la tradición ética, constituye para Camps el verdadero fundamento de la ciudadanía democrática.

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“La ética habla de derechos, pero sobre todo habla de deberes”, afirmó. Porque todo derecho necesita personas e instituciones dispuestas a hacerlo efectivo. Sin esa responsabilidad compartida, los derechos terminan convirtiéndose en declaraciones incapaces de transformar la realidad.

La filósofa trasladó esta reflexión al terreno educativo. Criticó que la formación ética se haya reducido a una asignatura o se haya convertido en objeto de confrontación ideológica. Educar, sostuvo, significa transmitir hábitos de convivencia, cooperación y respeto mediante el ejemplo cotidiano, una tarea que compete a la escuela, a las familias y al conjunto de la sociedad.

También mostró su preocupación por la distancia entre las leyes y su aplicación efectiva. Citó la insuficiente ejecución de la Ley de Dependencia y la persistencia de la corrupción como ejemplos de una democracia que dispone de buenos principios, pero encuentra dificultades para traducirlos en prácticas capaces de fortalecer la confianza ciudadana.

La ética se demuestra practicándola

Camps defendió que la regeneración democrática comienza en las prácticas cotidianas. Recuperando una conocida intuición de Wittgenstein, recordó que la ética no se explica únicamente con teorías: “la ética se muestra”.

Por ello destacó experiencias que hacen visible el bien común: la labor de Cáritas y de movimientos sociales allí donde no alcanza la acción pública, iniciativas que favorecen la integración laboral de personas migrantes o instituciones capaces de generar “círculos virtuosos” donde la cooperación y la inclusión terminan siendo contagiosas.

En este recorrido también recordó las reflexiones de Bonhoeffer y Hannah Arendt para recordar que una democracia necesita ciudadanos y ciudadanas capaces de ejercer un juicio moral propio frente a la obediencia acrítica, la indiferencia o el conformismo.

La referencia final a la encíclica Magnifica humanitas de León XIV, al subrayar la figura bíblica de Nehemías reconstruyendo Jerusalén con la colaboración de todo el pueblo, Victoria Camps volvió al punto de partida de toda su conferencia: ninguna democracia puede sostenerse únicamente sobre leyes o instituciones si pierde la voluntad de construir un proyecto común.

La regeneración democrática, comienza cuando las personas recuperan la disposición a deliberar, cooperar y preguntarse nuevamente “qué debo hacer”. Porque, en último término, “la ética es también una cuestión de voluntad”, concluyó.

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