Los caminos del maestro

Los caminos del maestro
Foto I Viktor SOLOMONIK (unsplash)

El pequeño grupo de seguidores del Camino que residíamos en Antioquía (He 11, 19-26) tomamos pronto la costumbre de reunirnos en torno a Bernabé el primer día de la semana para la fracción del Pan. Estaba próxima la Pascua y alguien contó que había escuchado de labios de uno de los discípulos de Jesús que, cuando se acercaban a Jerusalén, le habían visto emocionarse y decir dirigiéndose a la ciudad: «Si al menos hubieras reconocido hoy, también tú, lo que conduce a la paz… Pero ahora está oculto a tus ojos» (Lc 19, 42).

Todos estábamos interesados por saber qué pensaría Jesús sobre esos «caminos que conducen a la paz» y Publio, un romano que había abrazado el Camino hacía poco, se puso a ponderar la estabilidad y el orden en que se vivía en el imperio gracias a Augusto. No todos pensábamos lo mismo: más de uno de los que estábamos allí había sufrido agravios y humillaciones por no poseer la ciudadanía romana y, como los ánimos empezaban a caldearse, Yohanan recordó que, para los judíos, la paz no es la ausencia de guerra, sino la suma de los bienes que trae la justicia: poseer una tierra fecunda, vivir en seguridad, tener descendencia, vivir en armonía consigo mismo y con Dios. «Cuando nosotros decimos shalom –añadió Simón el chipriota–, estamos diciendo bendición, felicidad, abundancia, salvación, vida… Así es como cuentan que saludó el Señor Resucitado a los suyos aquel Primer día de la semana y esa paz que les anunciaba, él no la había perdido nunca. Venía de Dios, era su enviado y poseía en plenitud esa paz que anunciaba».

Bernabé no parecía estar del todo de acuerdo con esa opinión y nos recordó que, según lo que estábamos leyendo en el manuscrito que nos había enviado Marcos, Jesús no siempre se mostraba sereno y ecuánime, sino que, en muchos momentos, se le veía alterado, inquieto, turbado, impaciente y hasta indignado. «¿No recordáis aquel pasaje en el que le estaban acechando para ver si curaba en sábado a un hombre con la mano paralizada? Él debió reaccionar ante la hostilidad de los que le rodeaban con una vivacidad asombrosa y la manera de mirar que señala Marcos refleja una cólera muda, una irritación acompañada de aflicción profunda: estaba herido y como se reconocía impotente para cambiar aquellos corazones endurecidos, los miró indignado, dolorido por su obstinación… (Mc 3, 5). ¿No creéis que en aquel momento y en muchos otros debió perder la paz?».

Los que convivieron con él contaban que con frecuencia le veían conmocionado, dolido, o consternado, que reaccionaba con viveza y expresaba su alegría, su decepción, sus deseos, su admiración o su impaciencia. En una ocasión, su manera de expresar su emoción fue suspirando: sus enemigos estaban cuestionando su identidad reclamando un signo, una verificación experimental, una prueba irrefutable de que «el cielo» estaba de su parte. «Él, dando un profundo suspiro, dijo: “¿Por qué pide esta generación una señal? Os aseguro que a esta generación no se le dará señal alguna”. Y, dejándolos, embarcó de nuevo y se dirigió a la otra orilla» (Mc 8, 11-13).

Nunca había hecho un signo que no estuviera en relación con la corporalidad de la gente concreta: sus gestos tocaban y transformaban a personas de carne y hueso, dejando su interpretación a quienes estaban dispuestos a dejarse trabajar por lo que habían visto, oído y experimentado. Por eso era tan inmediata y sonora su reacción que subía de lo más profundo de sí mismo antes de convertirse en palabras tajantes.

Lo que nosotros debíamos hacer:
salir de nuestros encerramientos,
acudir al Padre y volver a tejer
entre nosotros los vínculos
que se habían roto

El verbo utilizado (anastenazo) indica un movimiento de abajo hacia arriba, un suspiro/gemido que brotaba de las profundidades de su espíritu, como si estuviera buscando en lo más hondo de sí mismo fuerza para soportar tanto desaliento y tanta decepción. La incomprensión de los suyos le provocaba también a veces impaciencia y reaccionaba con reproches: «¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Es que tenéis embotada vuestra mente? Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no oís. ¿Es que ya no os acordáis?» (Mc 8, 17-21).

También puedes leer —  José Antonio Pagola: Jesús salvará a su Iglesia

—¡Eso es imposible! —interrumpió Saltiel, indignado. —Si confesamos a Jesús como Señor e Hijo de Dios, no podemos aceptar que en él hubiera sombra de imperfección, impaciencia o pérdida de la augusta serenidad propia de lo divino. Saltiel había sido fariseo antes de recibir el bautismo, lo mismo que algunos otros de nuestra comunidad y estaban marcados por la rigidez de sus prácticas anteriores, considerándose de alguna manera guardianes de la ortodoxia del grupo.

Surgió una discusión acalorada sobre si Jesús había o no perdido la paz alguna vez, pero, afortunadamente, intervino Lidia, a quienes todos respetábamos, no solo porque era la más anciana, sino porque procedía de la primera comunidad que se reunía en torno a Santiago en Jerusalén: —En vez de enredarnos en discusiones inútiles, creo que es mejor buscar qué caminos de reencuentro con la paz descubrimos en Jesús a través de lo que nos han contado quienes le conocieron.

He recordado algunos momentos en los que debió sentirse amenazado por la inquietud y con el alma agitada y siempre hacía lo mismo: se refugiaba primero en la soledad para que el encuentro con su Padre le devolviera la paz, y acudía luego al grupo de sus amigos para rehacerse en la calidez de su compañía.

Aquel día después del signo de los panes, cuando la multitud quería hacerle rey, escapó de aquella situación agobiante y subió al monte a orar, pero al ver luego desde lejos que sus amigos remaban trabajosamente en el lago, fue a su encuentro y les dijo: «No tengáis miedo, soy yo. Y el viento se calmó» (Mc 6, 45-51). Que el viento se calmara era una manera de nombrar el sosiego y la armonía que todos habían reencontrado al volver a estar juntos.

También escuché de labios de Simón Pedro que, antes de que prendieran al Señor en el Huerto de los Olivos, el Maestro, abatido por el miedo y la angustia, estuvo orando a un tiro de piedra de donde ellos se habían quedado, pero volvió una y otra vez a ellos, aunque dormían, como si los necesitara hasta para seguir respirando. Y Pedro reconoció: —No supimos comprender del todo lo que estaba pasando, pero intuimos de manera oscura que, lo mismo que su abandono en el Padre le había dado fuerza para enfrentar su hora, aquel extraño amor que sentía por nosotros había sido más fuerte que su decepción por no haber encontrado refugio a nuestro lado.

La intervención de Lidia nos iluminó a todos: lo que el Maestro hacía era lo que también nosotros debíamos hacer: salir de nuestros encerramientos, acudir al Padre y volver a tejer entre nosotros los vínculos que se habían roto.

Solo ese era el camino que podía conducirnos a la paz porque además de sal y luz, ¿no tendríamos que ser también como un ramo de olivo en medio del mundo?

Apoya y cuida Noticias Obreras
Tu aportación hace posible un periodismo comprometido con la dignidad del trabajo, la justicia social y la esperanza. Puedes colaborar también a través de Bizum al 13744. Cualquier aportación, por pequeña que sea, suma y nos ayuda a seguir construyendo, día a día, esta mirada compartida al servicio del bien común