Los caminos del maestro

El pequeño grupo de seguidores del Camino que residíamos en Antioquía (He 11, 19-26) tomamos pronto la costumbre de reunirnos en torno a Bernabé el primer día de la semana para la fracción del Pan. Estaba próxima la Pascua y alguien contó que había escuchado de labios de uno de los discípulos de Jesús que, cuando se acercaban a Jerusalén, le habían visto emocionarse y decir dirigiéndose a la ciudad: «Si al menos hubieras reconocido hoy, también tú, lo que conduce a la paz… Pero ahora está oculto a tus ojos» (Lc 19, 42).
Todos estábamos interesados por saber qué pensaría Jesús sobre esos «caminos que conducen a la paz» y Publio, un romano que había abrazado el Camino hacía poco, se puso a ponderar la estabilidad y el orden en que se vivía en el imperio gracias a Augusto. No todos pensábamos lo mismo: más de uno de los que estábamos allí había sufrido agravios y humillaciones por no poseer la ciudadanía romana y, como los ánimos empezaban a caldearse, Yohanan recordó que, para los judíos, la paz no es la ausencia de guerra, sino la suma de los bienes que trae la justicia: poseer una tierra fecunda, vivir en seguridad, tener descendencia, vivir en armonía consigo mismo y con Dios. «Cuando nosotros decimos shalom –añadió Simón el chipriota–, estamos diciendo bendición, felicidad, abundancia, salvación, vida… Así es como cuentan que saludó el Señor Resucitado a los suyos aquel Primer día de la semana y esa paz que les anunciaba, él no la había perdido nunca. Venía de Dios, era su enviado y poseía en plenitud esa paz que anunciaba».
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