Antonio Quitián: cuando la Palabra se hizo carne obrera

Antonio Quitián: cuando la Palabra se hizo carne obrera

Señor Jesús,
Verbo eterno del Padre,
Palabra que desde antes del tiempo
latía ya en el corazón del universo.

Tú,
que escondiste en el ADN de la vida
una gramática silenciosa,
una escritura diminuta
capaz de levantar un cuerpo,
nos enseñaste
que toda palabra verdadera
está llamada a hacerse carne.

Hay una luz
que nuestros ojos no alcanzan a ver,
como existen colores
que ningún ojo humano distingue.
Y, sin embargo,
están ahí,
sosteniendo el mundo.

Así era también tu Reino:
real antes de ser visible,
presente antes de ser reconocido,
creciendo en lo escondido,
como una proteína
que nace silenciosamente
cuando unas letras
aprenden a convertirse en vida.

Hoy te damos gracias
por Antonio Quitián.

Porque hubo un día
en que tu Palabra
encontró en él
un cuerpo donde habitar.

No quiso quedarse
en el Evangelio leído;
prefirió el Evangelio trabajado.
No buscó púlpitos elevados;
eligió andamios,
ladrillos,
encofrados,
barro,
calles sin asfaltar,
barrios olvidados,
celdas de prisión,
casas de treinta y siete metros cuadrados,
donde la esperanza
aprendía a respirar entre goteras.

Como el ADN
traduce palabras
en proteínas que sostienen la vida,
Antonio tradujo
las Bienaventuranzas
en solidaridad,
la Eucaristía
en pan compartido,
la Cruz
en resistencia,
y el Pesebre
en cercanía con quienes
no tenían lugar.

Porque comprendió,
como Antonio Chevrier,
que el Pesebre,
la Cruz
y la Eucaristía
no son tres devociones,
sino un único camino
para que Cristo
vuelva a nacer
entre los pobres.

En el pesebre
aprendió a hacerse pequeño.

En la cruz
aprendió a no abandonar
a los crucificados de la historia.

En la mesa eucarística
Aprendió
que el Pan consagrado
no termina en el altar,
sino que continúa
en el taller,
en la obra,
en la cárcel,
en la huelga,
en la asamblea,
en el abrazo
al trabajador humillado.

Gracias
porque la espiritualidad del Prado
fue en él
como esa segunda cadena del ADN
que corrige las mutaciones
del poder,
del prestigio,
del clericalismo,
recordándole siempre
que la verdad del sacerdote
se verifica
en la vida de los pobres.

Gracias
porque la HOAC
no fue para él
una organización,
sino una manera
de respirar el Evangelio.

Allí descubrió
que Jesucristo
no sólo visita el mundo obrero:
trabaja en él,
suda en él,
llora en él,
espera en él.

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Gracias
porque nunca separó
la Iglesia del barrio,
ni el altar de la fábrica,
ni la oración de la justicia,
ni la contemplación del compromiso.

Él llevó
el mundo obrero
al corazón de la Iglesia,
y llevó
el corazón de la Iglesia
al mundo obrero.

Como dos cadenas
que se sostienen mutuamente,
fe y vida,
Evangelio e historia,
gracia y lucha,
se enlazaron en su existencia
para custodiar
la dignidad humana.

Y cuando la injusticia
pretendió romper la secuencia
de la fraternidad,
él eligió,
como la otra hebra del ADN,
mantener viva
la memoria del Reino.

Ahora,
Señor,
que Antonio contempla
la Luz
que ya no necesita analogías,
haz que nosotros
sigamos aprendiendo
a traducir la Palabra
en carne,
la fe
en historia,
la Eucaristía
en barrio,
el Evangelio
en organización,
la esperanza
en compromiso.

Que nunca nos conformemos
con palabras bien pronunciadas,
si todavía quedan
cuerpos heridos
esperando resurrección.

Y que cuando llegue
nuestro último atardecer,
también pueda decirse de nosotros
que fuimos,
aunque sólo fuera un poco,
una humilde célula
del gran Cuerpo de Cristo,
donde el Verbo
siguió haciéndose carne
para la vida del mundo.
Amén.

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