Los pueblos no cierran después del verano
Con la llegada de las fiestas en torno a la Virgen –cada pueblo con su advocación, fruto de una tradición que durante siglos vinculó la vida religiosa con el calendario agrícola– llega también el final del verano.
Las plazas y las calles de nuestros pueblos se vacían poco a poco. Los “veraneantes” regresan a sus residencias habituales y nuestros pueblos vuelven a enfrentarse a su realidad cotidiana.
Y aquí vuelve una cotidianidad que cada mes de septiembre se repite en nuestros pueblos y que es necesario abordar: los pueblos no están muertos durante el invierno. Y tampoco viven únicamente en verano.
Hay personas que viven en ellos durante todo el año. Personas que trabajan, pagan sus impuestos, llevan a sus hijos al colegio, compran en los comercios de la zona (muchas veces en el propio pueblo no hay comercio), utilizan los servicios públicos y mantienen abiertas sus casas cuando llega el invierno.
Son ellas quienes mantienen vivos nuestros pueblos cuando desaparecen las terrazas llenas, las fiestas y el bullicio del verano.
Sin embargo, demasiadas veces, las políticas contra la despoblación parecen diseñadas pensando más en quienes podrían venir que en quienes ya están.
Ciudadanos de primera y de segunda
Los pueblos próximos a las ciudades tienen además una segunda realidad. Durante los fines de semana se convierten en lugares de descanso, de ocio y de desconexión.
Y está bien. Nuestros pueblos tienen mucho que ofrecer y debemos estar orgullosos de ello. Pero hay una pregunta que las administraciones deberían hacerse:
¿Queremos pueblos para vivir o simplemente pueblos para disfrutar?
Porque no podemos aceptar que existan servicios suficientes cuando llegan cientos de personas en verano o los fines de semana y servicios insuficientes cuando quedan quienes viven allí durante todo el año.
No podemos construir un modelo rural basado exclusivamente en la segunda residencia. Quien vive todo el año en un pueblo no puede ser un ciudadano de segunda. Tiene exactamente los mismos derechos que quien vive en una ciudad.
“Fijar población”: mucho más que un eslogan
“Fijar población” se ha convertido en el mantra de las políticas institucionales sobre el mundo rural.
Lo escuchamos en discursos, programas, estrategias y convocatorias que se realizan en nuestros pueblos. Pero fijar población no consiste simplemente en decir que queremos fijarla.
¿Dónde están los servicios sanitarios suficientes? ¿Dónde está el transporte público que permita a una persona mayor desplazarse sin depender de un familiar u otro vecino? ¿Dónde está la vivienda disponible? ¿Dónde están los servicios sanitarios, educativos, culturales y deportivos?
¿Dónde están las oportunidades de empleo? ¿Dónde están las comunicaciones que permitan trabajar y estudiar desde nuestros pueblos?
Porque no se puede pedir a una familia que se instale en un pueblo y después ofrecerle servicios propios de otra época. No podemos exigir a la gente que se quede si las administraciones no garantizan las condiciones para poder quedarse.
El teletrabajo no arregla por sí solo la despoblación
Se habla mucho del teletrabajo como una de las grandes oportunidades para el mundo rural. Y lo es. Pero para teletrabajar hace falta algo tan básico como disponer de una conexión de calidad. La fibra óptica no puede ser un privilegio dependiendo del núcleo en el que uno viva. Y tampoco podemos pensar que el teletrabajo va a solucionar por sí solo el problema de la despoblación.
Nuestros pueblos necesitan también trabajadores, agricultores, ganaderos, autónomos, comerciantes, hosteleros, profesionales de los servicios y personas que cuiden diariamente del territorio.
Hay trabajos y personas, que no aparecen en las estadísticas, pero que son vitales en nuestros pueblos.
Hay una parte de la economía rural que apenas se reconoce. Es la de quienes mantienen el territorio: Quienes arreglan caminos, quienes cuidan los montes, quienes mantienen las explotaciones ganaderas, quienes limpian, conservan y protegen nuestros espacios naturales, quienes garantizan que funcionen las redes de agua, saneamiento y electricidad, quienes mantienen abiertos los pequeños negocios.
Todo ese trabajo tiene un valor económico, pero también tiene un enorme valor social y territorial. Sin esas personas, el mundo rural no solo pierde población, también pierde territorio.
Y cuando un pueblo pierde servicios, actividad y vecinos, recuperar lo perdido resulta muchísimo más difícil.
Una circunstancia que si experimentamos en nuestros pueblos es la llegada de personas que no lo hacen para teletrabajar, pero si llegan buscando un futuro mejor para ellos y ellas y sus familias. Estas personas, recién llegadas a nuestros pueblos, encuentran empleos vinculados a la construcción, a las labores agrícolas, al cuidado de nuestros mayores, la hostelería, etc. Estos trabajos que realizan las personas recién llegadas, los necesitamos para garantizar un futuro mejor para nuestros pueblos.
Es verdad, los más mayores de estas personas recién llegadas, no han nacido en España, llegan con una cultura de origen que también necesita un espacio y un tiempo para dialogar con nuestras costumbres y hábitos. Generar estos espacios de encuentro y diálogo evitara la formación de guetos en nuestros pueblos y facilitara su crecimiento social, cultural y económico.
Los ayuntamientos no pueden hacer milagros
Los ayuntamientos son la administración que está más cerca de los vecinos. Son quienes reciben cada día sus problemas y sus necesidades. Pero también son, especialmente en los municipios pequeños, quienes disponen de menos recursos económicos y humanos.
Por eso no basta con pedirles que «fijen población». Hay que dotarlos de recursos. Hay que garantizar financiación suficiente. Hay que coordinar las políticas de las distintas administraciones. Y hay que entender, de una vez por todas, que mantener un pueblo vivo durante doce meses cuesta dinero.
Gracias a quienes se quedan
Por eso, cuando termina el verano, no deberíamos hablar de pueblos vacíos. Deberíamos hablar de pueblos que resisten. Y, sobre todo, deberíamos acordarnos de quienes hacen posible esa resistencia. De quienes se quedan. De quienes viven aquí durante el invierno. De quienes mantienen sus negocios. De quienes abren cada mañana sus puertas. De quienes cuidan de sus mayores. De quienes mantienen las tradiciones. De quienes acogen a los recién llegados. De quienes participan en la vida de la comunidad. De quienes acaban de llegar al pueblo y han decidido quedarse. De quienes siguen creyendo que vivir en un pueblo no es una condena, sino una forma de vida. Ellos son los verdaderos protagonistas de la lucha contra la despoblación.
Y si realmente queremos mantener vivos nuestros pueblos, debemos empezar por reconocer algo muy sencillo: No se trata únicamente de atraer nuevos habitantes, se trata de cuidar a quienes ya están. Porque gracias a ellos nuestros pueblos siguen vivos durante el invierno.
Y gracias a ellos, cuando llegue de nuevo el “finde” y por supuesto el verano, habrá un pueblo al que volver.
Apoya y cuida Noticias ObrerasTu aportación hace posible un periodismo comprometido con la dignidad del trabajo, la justicia social y la esperanza. Puedes colaborar también a través de Bizum al 13744. Cualquier aportación, por pequeña que sea, suma y nos ayuda a seguir construyendo, día a día, esta mirada compartida al servicio del bien común




