“Salimos para poder vivir”

Cinco jóvenes migrantes acogidos por Incluye en Teror comparten sus historias de guerra, supervivencia y esperanza; y cómo la acogida y el trabajo abren caminos para reconstruir una vida digna
En la Casa de Espiritualidad Dominicas de Teror, en Las Palmas de Gran Canaria, las palabras necesitan tiempo para llegar. Primero nacen en francés, pasan por la escucha y la traducción —un puente imprescindible tendido con delicadeza por Léocadie, religiosa dominica camerunesa—, y después aparecen como lo que realmente son: fragmentos de una vida marcada por la guerra, el miedo, el desarraigo, la esperanza y el deseo profundo de volver a empezar.
No es una conversación sencilla. Hay silencios. Hay momentos donde las palabras pesan. Porque no se habla de estadísticas ni de flujos migratorios, sino de personas que un día tuvieron que dejar atrás su casa sin saber si volverían a abrazar a quienes querían.
En este espacio donde la asociación Incluye trabaja para que la inserción sociolaboral sea un camino hacia la dignidad, la satisfacción personal y la plena ciudadanía, cinco jóvenes aceptan compartir, con quien firma esta crónica, parte de su historia en la víspera de la llegada del papa León XIV al puerto de Arguineguín, uno de los lugares que simbolizan la frontera atlántica y donde el pontífice quiere encontrarse con la realidad migrante.
Son Ousseni, Moussa y Sayouba, de Burkina Faso; Djadiba, de Mali; y Yelstin, de Perú.
Cinco nombres. Cinco vidas. Cinco historias diferentes. La primera pregunta no habla del viaje ni del sufrimiento. Habla de ellos: ¿cómo os describiría alguien que os conoce en vuestro país?
Porque nadie es solo aquello que le ocurrió.
Ousseni sonríe. Quienes le conocen, dice, hablarían de una persona amable, sociable, alegre, alguien que “se esfuerza en la vida” y que quiere salir adelante.
Djadiba se define con sencillez: “Me gusta todo el mundo”. Le gusta el fútbol, compartir y estar con otras personas.
Sayouba habla de valores: “Soy alguien que ama la verdad. Si estoy contigo, estoy contigo”. Se considera una persona curiosa, con deseo de aprender “cómo funciona la vida”.
Y Moussa habla de respeto: “Me gusta el amor al prójimo. Respeto a las personas mayores; cuando veo una persona mayor que yo, la considero como mis padres”.
También se define desde el trabajo: “Me gusta el trabajo bien hecho”.
Yelstin recuerda al joven que era en Perú: independiente, deportista, con una barbería y muchos amigos. “El Yelstin que era en Perú es diferente al que es ahora. Ahora tengo más responsabilidad, otra visión, otro estilo de vida”.

“Salimos buscando seguridad”
Después llega la pregunta más difícil: qué buscaban cuando decidieron venir a Europa. La respuesta desmonta muchos relatos construidos desde la distancia. En la mayoría de los casos no hubo una decisión planificada. No hubo un proyecto migratorio diseñado durante años. Hubo una huida.
“Cuando preparas un viaje puedes tener una idea, porque sabes que vas a viajar y puedes prepararte”, explica Ousseni. “Pero yo no tenía un programa de viaje. En febrero de 2024 mi pueblo fue atacado por los yihadistas”.
Aquel ataque cambió todo. Salió huyendo y comenzó un camino que nunca había imaginado. “Dios me ayudó y llegué aquí con salud. Tuvimos muchas dificultades en el camino, pero salí adelante”, relata.
Djadiba vivió una situación parecida en Mali: “Es la guerra la que me hizo salir de mi país. Vi cómo los yihadistas estaban matando a muchas personas delante de mí”.
La violencia, la inseguridad y la necesidad de sobrevivir se repiten en las historias.
Sayouba recuerda que tampoco pensaba abandonar su tierra: “El viaje no estaba previsto”. Primero salió de Burkina Faso hacia Mali buscando seguridad, pero allí encontró también la violencia. Continuó hacia Mauritania, después Marruecos y finalmente España.
“Era una guerra impuesta en nuestro país. Había muchas ciudades amenazadas. No podíamos quedarnos allí”, explica. “No salimos para tener dinero. Salimos por nuestra propia seguridad, para poder vivir”, resume
El camino tampoco fue fácil.
Ousseni nunca había visto el mar. Burkina Faso no tiene costa y él no sabía que aquella huida acabaría en una pequeña embarcación en medio del Atlántico. “Pensaba que si tenía que subir al agua sería en un barco grande”, recuerda.
Pero no fue así.
“Cuando subí no veía árboles, no veía tierra, nada. Si caes, se acabó”. El viaje duró trece días. “Al quinto día se terminó el agua y la comida. Estuve seis días sin beber agua ni comer”. La embarcación quedó perdida en el océano. Pasaron días esperando ayuda.
“Nosotros rezábamos a Dios solo para ver tierra. Cualquier tierra. Tierra española, africana o árabe. Solo queríamos ver tierra para bajar”.
El relato se endurece –y nos estremece–. Habla de heridas, de cansancio extremo, de compañeros que no sobrevivieron. “Estaba entre la vida y la muerte. Me dije que ya estaba muerto”. Cuando llegó el rescate encontró una fuerza que pensaba perdida.
“No podía levantarme, pero cuando vi el barco Dios me dio fuerza”. Y al pisar tierra llegó una sensación imposible de olvidar: “Desde que nací nunca había tenido una alegría así. Es como salir del infierno y llegar al paraíso”.
Porque no todos llegaron.
Por eso, cuando piensa en León XIV y en el gesto que realizará en Arguineguín, lo primero que pide no es para él. “Hay que pensar en quienes quedaron en el camino. Rezar por ellos para que sus almas descansen en paz”.
También pide por quienes sobrevivieron: “Que no perdamos el camino, que no entremos en la delincuencia, que encontremos salud, paz y trabajo para continuar la vida”.
Sayouba añade una petición universal: “Rezar por los países que están en guerra, para encontrar la paz. Tenemos que sembrar paz, unión y fraternidad. Vivir juntos, eso es lo que hace la vida”.
Djadiba recuerda además a quienes siguen atrapados en los conflictos y a jóvenes obligados a participar en guerras que no eligieron.
La historia de Yelstin fue distinta. Él llegó desde Perú en avión. Pero también conoce la dificultad de empezar desde cero. Primero estuvo en Holanda, después Barcelona y finalmente Canarias.
“No puedo decir que en Perú estaba mal, porque sería mentir”, reconoce. Su camino fue otro: aprender a vivir solo, buscar trabajo, encontrar oportunidades.
“Nadie en Latinoamérica te dice cómo es. Te dicen que vas a Europa, trabajas y estás tranquilo. Pero es mentira. Nadie te dice que para tener trabajo necesitas estar legal o que para alquilar una casa necesitas papeles”.
En los momentos más difíciles encontró apoyo en la fe y en su familia. “Pedí oración a mi madre y a mi familia. Son cristianos. Pedí que no me faltara un plato de comida. Y gracias a Dios, desde ese día hasta hoy, se ha cumplido”.
Un café caliente como primer gesto de acogida
Tras la dureza del camino aparece una palabra repetida muchas veces: acogida. Ousseni recuerda todavía el primer gesto. “Me dieron un café caliente”. Después de días en el mar, aquel café significaba mucho más que una bebida.
“No esperaba una acogida así”, reconoce. Pensaba que tendría que buscar un lugar donde dormir, sobrevivir solo y empezar desde cero. “Me dije que tendría que buscar mi casa, dormir fuera esperando que Dios me ayudara. Pero no fue así”.
Encontró atención, comida, ropa, cuidados médicos y acompañamiento. “Sentimos que estamos en familia”.
Moussa destaca también esa experiencia: “Cuando explicas un problema, te escuchan. No dicen: como eres negro, apartamos tu problema”. Para él, aprender el idioma es una puerta fundamental para formar parte de la sociedad: “La lengua es importante para integrarse”.
Pero todos coinciden en algo: quieren trabajar.
Ousseni era agricultor en Burkina Faso. Trabajaba la tierra y cuidaba animales. “Aquí no tenemos una idea de un solo trabajo. No elegimos. El trabajo que encontremos lo hacemos”. Puede ser agricultura, construcción, limpieza o cualquier tarea.
Sayouba también conoce bien el campo. Su padre trabajaba plantaciones de café, cacao y plátanos en Costa de Marfil. Además, tiene experiencia relacionada con el ámbito sanitario y la farmacia. Está dispuesto a seguir aprendiendo electricidad, nuevas formaciones, otros oficios.
Moussa sueña con conducir camiones. Djadiba con la mecánica. Y Yelstin mantiene la ilusión de recuperar algún día su barbería.

Un proyecto para pasar de la acogida a la ciudadanía
En la Casa de Espiritualidad Dominicas, la asociación Incluye acompaña precisamente el proceso de pasar de sobrevivir a reconstruir un proyecto de vida.
Carolina explica que el proyecto nació con una mirada diferente: que las personas migrantes sean protagonistas activos de la vida comunitaria.
La finca se convierte en espacio de formación agrícola y aprendizaje, con la mirada puesta en la inserción laboral. Pero también hay actividades interculturales, convivencia y participación.
“No solo se trata de hablar de migración, sino de que las propias personas migrantes puedan compartir cómo viven esa realidad”, explica.
Una de esas iniciativas es el pódcast Migrar sin filtro, un espacio donde ellos mismos cuentan sus historias, desmontan prejuicios y aprenden también herramientas de comunicación
Sergio llegó como voluntario dando clases de español. Hoy define su tarea con una palabra: acompañar. “Acompañarles, guiarles, que aprendan español, que conozcan esta tierra”.
También mostrar Canarias, su historia y sus vínculos con otros pueblos. Pero sobre todo acompañar aquello que no siempre se ve: “Ese sentimiento de tristeza que está con la persona migrante”.
Para Sergio, una verdadera acogida no termina en cubrir necesidades básicas: “No solo es cama y comida. Somos personas”.
Fátima, integrante del proyecto y militante de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), subraya la importancia de generar vínculos cotidianos. Personas voluntarias de la isla comparten con los jóvenes el cuidado de la finca, los desayunos, las comidas y las conversaciones. Espacios sencillos donde, poco a poco, explica, se va creando “un grupo de amigos, familia”.
Porque después del miedo, del desierto y del mar, comienza otra travesía: recuperar la confianza, aprender un idioma, encontrar trabajo, aportar y sentirse parte.
Las historias escuchadas en Teror recuerdan que detrás de cada cifra hay una persona; detrás de cada llegada, una historia; y detrás de cada acogida, una pregunta dirigida a toda la sociedad: qué mundo queremos construir y cuál será nuestra implicación para hacerlo posible.
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