«No tengan miedo a los que matan el cuerpo»

«No tengan miedo a los que matan el cuerpo»

Lectura del Evangelio según Mateo (10, 26-33)

Así pues, no les tengan miedo; porque no hay nada oculto que no vaya a manifestarse, nada secreto que no vaya a saberse. Lo que yo les digo en la oscuridad, díganlo a plena luz; lo que escuchen al oído, proclámenlo desde las azoteas. No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden quitar la vida; teman más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego que no se apaga.

¿No se vende un par de pájaros por muy poco dinero? Y, sin embargo, ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. No teman, pues ustedes, valen más que todos los pájaros.

Si alguno está de mi parte ante la gente, también yo estaré de su parte en presencia de mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante la gente, yo también lo negaré en presencia de mi Padre que está en los cielos.

Comentario

En el evangelio de Mateo hay una atención importante al discipulado y sobre todo en el capítulo 10 donde aparece un discurso sobre la misión. Al final del capítulo nueve comienza el envío y Jesús da todo un «paquete» de instrucciones a sus discípulos marcada por la misericordia de Jesús con el pueblo y el apremio que veíamos la semana pasada. El texto que hemos escuchado forma parte de ese apartado. Y comienza con un mandamiento: ¡No tengan miedo! y lo repite tres veces.

Tenemos mandamientos de la Ley de Dios, mandamientos de la Santa Madre Iglesia… pero los mandamientos de Jesús son originales, tienen que ver con el amor, el perdón… y este que es también muy original: «¡No tengan miedo!». El miedo es una pulsión inevitable. Jesús nos invita a superarlo desde la confianza en Él.

Es una petición que Jesús hace con frecuencia apelando a la confianza absoluta que Él tiene el Padre y que quiere grabar en nuestras entrañas: ¡No tengan miedo! No estamos solos, nos asiste el amor del Padre; la presencia de Jesús en nuestra vida y en nuestra historia y la fuerza del Espíritu y una comunidad que vive esto, responde también acompañándonos.

¡No tengan miedo! No tener miedo es algo que necesitamos como Iglesia y como creyentes para vivir estos tiempos difíciles y desconcertantes en los que estamos, donde los análisis que hacemos no suelen ser muy optimistas.

Dos miedos se relatan en este texto, el miedo a hablar, a manifestar nuestras convicciones y el miedo a la muerte. Y esta expresión coloca a Jesús, una vez más, en línea con el profetismo.

El no callar es una invitación a ser profetas, en primer lugar, ser capaces de anunciar, valorar lo positivo, a ser capaces de descubrir los valores, las señales del Reino que en nuestro mundo y a nuestro alrededor van apareciendo vengan de donde vengan, hay que romper con nuestras autorreferencialidad.

En segundo lugar, denunciar, aquello que rompe la humanidad, la dignidad de las personas, los lazos fraternos, la igualdad y la equidad, la destrucción de la naturaleza, la explotación, la violencia de cualquier tipo se de en donde se dé.

Y ¿desde dónde? Desde la parcialidad evangélica, desde aquellas personas preferidas de Dios que son las más empobrecidas. Denunciamos y anunciamos desde el mundo de las personas últimas y descartadas, desde la com-pasión (padecer con las personas) como una forma de estar en nuestro mundo. Desde el mundo obrero empobrecido.

Y desde este lugar superar miedos a otras razas, culturas y religiones (cfr. Fratelli tutti, 41); una Iglesia sin miedo al diferente y a la diversidad, sin miedo a salir, a arriesgarse en las periferias del mundo, sin miedo a los accidentes, a equivocarse. ¿Estamos guiados por el miedo o por la fraternidad? (cfr. Magnifica humanitas, 81)

Jesús nos invita a superar otro miedo, el miedo a perder la vida por causa del Reino; superar el miedo a cualquier tipo de muerte: las cotidianas que tienen que ver con morir al poder, al tener, al prestigio. Las muertes que se nos van apareciendo en la cotidianeidad, ese «ya no puedo…», límites del tiempo y la enfermedad. Y no cabe duda de que, también, a la muerte física que tanto nos desconcierta y nos rompe, la de quienes queremos y afrontar la propia.

Al final, en los últimos versículos nos invita a sus seguidores a un acto de valor, ser testigos del evangelio en un mundo donde parece que ser creyentes es anacrónico, no es moderno, es un estigma de carquerío. No nos avergoncemos de quienes somos, en qué creemos y que podemos aportar a este mundo desconcertado. Es tiempo de no ocultar nuestras convicciones.

¡Cuántas cosas podríamos realizar si no tuviéramos miedo! Pero, también tenemos que anunciar que estamos viviendo un tiempo interesante en la Iglesia que requiere la superación de miedos: la sinodalidad. Cuanto miedo a que se nos vayan cosas de las manos: temas como el de la mujer en la Iglesia, revisión de nuestras estructuras participativas, cómo se toman las decisiones, y la igualdad… Responder a preguntas como ¿qué personas y colectivos se sienten poco acogidos en la Iglesia, poco valorados e incluso marginados? ¿a qué le tenemos miedo?

El Documento Final del Sínodo en Europa, el documento de Praga dijo algo que impactó: «Necesitamos una eclesiología kenótica para no tener miedo de la muerte de algunas formas de Iglesia» (DF 44).

No tener miedo es un poder que dejamos crecer en nosotros y nosotras, porque hemos decidido ir de la mano de Dios, guiados por la fuerza del Espíritu para hacer el camino hoy, de Jesús… Al final, no tenemos que tener miedo porque la promesa es que para Dios valemos mucho y Él nos acompaña.

Recuerda que tenemos un mandamiento olvidado: «¡No tengan miedo!».

 

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