«Vende todo lo que tienes y compra el campo»

«Vende todo lo que tienes y compra el campo»

Lectura del Evangelio según san Mateo (13, 44-52)

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

–Sucede con el reino de los cielos lo mismo que con un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo deja oculto y, lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo.

También sucede con el reino de los cielos lo mismo que con un comerciante que busca perlas finas, y que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

También sucede con el reino de los cielos lo mismo que con una red que echan al mar y recoge toda clase de peces; una vez llena, los pescadores la sacan a la playa, se sientan, seleccionan los buenos en canastas, y tiran los malos. Así será cuando llegue el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar a la gente mala de la buena, y echarán a la mala al horno de fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes. ¿Entienden bien todo esto?

Ellos le contestaron:

–Sí.

Él les dijo:

–Todo maestro de la ley que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas.

Comentario

Si algo puede decir cualquier historiador de Jesús, cualquier investigador, sin ánimo de equivocarse, sea creyente o no, es que Jesús era un contador de parábolas y lo hacía de una forma espontánea y especial. Sus parábolas son originales «porque él mismo vivió sus parábolas, porque estas –y el presente del Dios narrado en ellas– se hicieron y se hacen realidad constantemente en su vida y muerte»[1]. Esta es la razón por la que el teólogo Schweizer continúa diciendo que Jesús es la parábola de Dios. Y así titula su interesante libro.

Estas que hemos leído son las últimas tres parábolas del capítulo 13 del Evangelio de Mateo, con ellas, de forma clara y sencilla, quiere Jesús explicar el reino de Dios.

El reino de Dios era algo que formaba parte de la expectativa histórica de Israel, era entendido de distintas maneras, pero Jesús se coloca en la perspectiva profética… las parábolas iban describiendo esa forma que tenía Jesús de ver y vivir el reinado de Dios.

La liturgia de La Palabra de este día nos permite leer solo las parábolas del tesoro y de la perla fina y omitir la de la red, que va en línea y continuidad con la del sembrador de los domingos anteriores.

La clave, el punto focal de las parábolas está en: «vende todo lo que tiene y compra» y la alegría que produce.

¿Es posible que el encuentro con Jesús, con su propuesta, con su reino, que es el reino del Padre, nos pueda llevar a invertir en él toda nuestra vida y eso nos llene de alegría?

Parece que para muchas personas eso ha sido así, hay hombres y mujeres que han invertido toda su vida y todo lo que han tenido al servicio de la causa de Jesús. ¿Qué personas conocemos que han invertido su vida en la causa de Jesús?, ¿qué emociones me transmiten?

La propuesta de Jesús entra en lo más hondo del ser humano cuando se descubre. Es una propuesta de sentido para la vida, para toda la vida, todos los elementos que compone el ser humano, sus circunstancias son capaces de encontrar sentido desde la perspectiva de Jesús desde la perspectiva del reino.

Y ¿qué es eso? Pues… Vivir las relaciones con los demás desde la fraternidad, desde el amor, el perdón… Hablar de nueva humanidad, de hombre y mujer nueva, sueños de paz, de justicia, igualdad, creer en la utopía y hacerla ya presente, vivirla como primicia, testimonio: «Vengan y vean el sueño de Dios aquí…». Los pobres como primeros y reveladores de rostro de Dios.

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Vivir desde la compasión, desde la pasión con y por la gente, vivir la libertad, la alegría, la esperanza desde la condición de que los demás también la tengan.

Creer y amar a un Dios que es todo esto y más, un Dios con sueños de igualdad y solidaridad. Un Dios que podemos llamar Padre/madre, y que nos invita a experimentarle cercano, misterioso, presente. Un Dios tan grande que se hace de los nuestros y nos hace grandes, que invita a la lucha y a la esperanza, que rompe el túnel oscuro de la muerte y llena de sentido la vida y toda la historia, la mía, la tuya, la nuestra, la de humanidad entera ahora y por siempre…

Un Dios que es una invitación constante a la transformación personal, al crecimiento espiritual, a vivir la limpieza del corazón, a sacar de nosotros lo mejor que tenemos…  la fuerza de su Espíritu nos llena de paz, no nos libera de nuestros problemas, nos da la fuerza para afrontarlos con sus dones.

Nos invita a pensar como Él, a trabajar con Él, a dejarnos invadir por su persona. Todo esto y más… y más… ha posibilitado que haya tantas personas dispuestas a invertir la vida, toda la vida al servicio de esta causa… sin mirar para detrás… dispuestos y dispuestas hacer una Iglesia en salida misionera, «discípulos que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan», como nos dice el papa Francisco en esa preciosa exhortación La alegría del Evangelio.

Merece la pena la inversión, nadie puede llenar tanto de sentido a la vida, la lucha por los demás y por un mundo nuevo, nadie puede ofrecer tanto al ser humano, y tantas cosas que puedan servir para esta vida como para la otra… nadie, solo Jesús, el Señor, es capaz de decirnos que es posible, todo esto, porque él fue el primero que recorrió nuestros caminos… sin ventajas, como uno más… y al final del recorrido estaba el Padre/madre de la ternura y la misericordia, el Dios de la Vida.

Y por esto lo vendió todo y lo dejó todo…

[1]  Eduard Schweizer (2001). Jesús, parábola de Dios. Sígueme. Salamanca. Pág. 55.

 

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