León XIV y las migraciones, de personas y religiosas

León XIV y las migraciones, de personas y religiosas

En estos días, previos a la visita de León XIV a España, abundan los diagnósticos y las consideraciones sobre la situación del país y de la Iglesia católica que se va a encontrar el papa Roberto Prevost. Los hay para todos los gustos y tendencias. Imposible sintetizarlos. Y menos, intentando hacer gala de neutralidad y asepsia. Me ahorro el trabajo. Prefiero abordar dos tipos de migraciones (de personas y “religiosas”) que agitan a la Iglesia española y sobre las que, supongo, hablará el obispo de Roma.

La primera y más importante de tales migraciones es la de personas. En el origen de este viaje se encuentra la voluntad del papa Francisco de visitar las islas Canarias para volver a poner en el mapa de la información mundial el drama de las personas que, huyendo del hambre o de las persecuciones de todo tipo, arriesgan su vida por llegar a la nueva tierra prometida que es el primer mundo.

Con este viaje, León XIV da cumplida cuenta de tal deseo bergogliano. Y lo hace sabedor de los recelos y enfrentamientos que provoca la clara y contundente apuesta en favor de los migrantes tanto por parte de la Iglesia católica como de otros colectivos políticos y sociales. Él, como Francisco, tiene clara la prioridad de quien –por padecer hambre o estar perseguido– busca una vida un poco mejor, sea cual sea su nacionalidad y procedencia. Y la tiene clara frente a otros grupos que intentan despertar los demonios de una supuesta invasión islámica, de un enterramiento laicista –igualmente supuesto– de la tradición católica, así como de una privación –también más supuesta que real– de oportunidades para los jóvenes y ciudadanos del país. El agrio y reiterado enfrentamiento de Vox contra la Iglesia católica por este asunto es una incontestable evidencia.

Pero, yendo un poco más lejos, agradecería que –además de apoyar a la Iglesia y a estos colectivos sociales y políticos por su acogida de los extranjeros– animara a los católicos a que también se pensaran la conveniencia de marcar distancias del rechazo —cuando no, odio— al extranjero como viene haciendo la Iglesia alemana. Esta Iglesia ha decidido, no hace mucho, expulsar de los órganos de gobierno eclesial a todos los cristianos que sean conocidos militantes de organizaciones xenófobas, sean del tipo que sean. Y, de igual manera, a asumir los costes previsibles –en forma de revancha– en el caso no improbable, de que dichos grupos pudieran “tocar poder” algún día, tal y como es previsible que suceda el próximo otoño en la Alemania Oriental.

Concretamente, en Sajonia-Anhalt, tanto la Iglesia católica como las evangélicas están siendo objeto de continuos ataques por parte de la AfD, el partido equivalente a Vox. Según Gerhard Feige, obispo de Magdeburgo, los políticos de este partido “intentan apropiarse e instrumentalizar los valores cristianos, al mismo tiempo que difaman a las iglesias acusándolas de haberse alejado de Dios”, además de amenazarlas con recortar la financiación estatal: “si nos portamos bien –dice mons. Gerhard Feige– recibiremos dinero. Y si adoptamos posturas diferentes a las de la AfD, no recibiremos nada o menos”. Quienes así amenazan –sentencia el obispo de Magdeburgo– ignoran que la Iglesia puede cumplir su misión en cualquier situación. Basta con recordar su reciente trayectoria en los tiempos de la República Democrática Alemana.

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Supongo, igualmente, que es muy posible que el papa León XIV se adentre en una segunda forma de migración; la religiosa. Esta expresión, la de “migración” o “migraciones religiosas” la tomo prestada del estadounidense William T. Cavanaugh.

Para este pensador, en Europa occidental –y, por tanto, en España– no se está asistiendo a un proceso de secularización, sino de diferentes migraciones de lo católico y cristiano a otros absolutos tales como el estado, el país, la patria, el dinero, el consumo, el cuerpo, el bienestar, la calidad de vida, el equipo de fútbol, etc. Son “migraciones” que tipificadas como “religiosas”, por asentarse en estos u otros absolutos, coexisten –apuntan otros estudiosos– con una creciente indiferencia (“cuando nada falta cuando falta Dios”), así como con un número creciente de sorprendentes “hibridaciones” de personas no religiosas con creencias de tipo espiritual y religioso. No falta tampoco el regreso de otros colectivos que encuentran alivio en lo tradicional. Son grupos que, a diferencia de los anteriores, suelen contar con una particular atención, en algunos medios de comunicación social y en determinados círculos eclesiales.

Sería deseable que, una vez finalizada esta visita papal, la Iglesia española intentara reconducir los muchos rescoldos católicos –todavía existentes– en minorías que, creativas, lo puedan ser por su relación con otros colectivos de diferenciado interés religioso y pertenencia eclesial, incluido el de la indiferencia. Y que, por supuesto, reforzara su apuesta en la acogida y acompañamiento de la primera de las migraciones, la de las personas que llaman a nuestras mesas de la abundancia, estando dispuesta a pagar el precio que le pudieran pedir algunos “católicos culturales y xenófobos” por ser evangélicamente coherente.

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