León XIV llama en el Raval a “ser testigos creíbles de la esperanza cristiana” junto a quienes más sufren

En el corazón del Raval barcelonés, uno de los barrios donde se concentran mayores desigualdades y vulnerabilidades, el papa León XIV mantuvo este miércoles un encuentro con las entidades de acción social de la archidiócesis de Barcelona. En la iglesia de San Agustín, el Pontífice reivindicó una Iglesia “capaz de permanecer junto a quienes sufren” y de hacer visible el amor de Dios en las periferias humanas .
En el acto atronó la voz de Renzo, un niño de seis años que, con preguntas sencillas y directas, “¿Por qué hay gente que vive en la calle? ¿Nadie los ve?”, puso el dedo en llaga de las heridas sociales que atraviesan la vida de miles de personas. Su intervención, primero en vídeo y después mediante una carta leída ante el Papa, se convirtió en el momento más significativo de la mañana.
El cardenal Juan José Omella abrió el encuentro recordando que “la caridad de Cristo nos urge” a trabajar por la paz y la defensa de la dignidad humana. A lo largo de la jornada, representantes de numerosas entidades de atención y acompañamiento a personas sin hogar, infancia vulnerada, en proceso de desintoxicación, mujeres víctimas de trata compartieron su experiencia cotidiana en las fronteras del sufrimiento social.
Cristina García, secretaria general de Cáritas Barcelona, subrayó que más de 63.000 personas fueron acompañadas por la red diocesana en 2025, pero insistió en que “más allá de los números”, lo esencial es la confianza en la capacidad de cada persona para rehacer su vida.
Desde OBINSO (Obra d’Integració Socia), su director, Xavier Agramunt, sintetizó años de trabajo con personas con adicciones en una frase que resonó en el templo: “No se trata tanto de resolver vidas como de no apartarse de ellas”.
También intervino Encarna Jordán, de la fundación de las Adoratrices Amaranta, quien recordó la urgencia de escuchar el clamor de las mujeres víctimas de explotación y de mostrar el rostro compasivo de Dios allí donde la dignidad ha sido pisoteada.
El Papa: el dolor no tiene la última palabra
León XIV dejó a un lado parte del discurso preparado para responder a las preguntas del pequeño Renzo. Habló de su infancia, de cómo el deporte le ayudó a crecer, y confesó que nunca imaginó ser Papa, aunque “desde pequeño sí sentí el deseo de entregar mi vida a Dios”.
Al abordar las cuestiones más difíciles, el Pontífice recordó que Dios no abandona a nadie y que la vida de Cristo muestra que “el dolor no tiene la última palabra”. Sobre el perdón, matizó que no significa justificar el mal ni olvidar lo ocurrido, sino impedir que el odio se adueñe del corazón: “Perdonar significa no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón” .
Sus palabras, dirigidas al niño, parecían también un mensaje para quienes acompañan cada día a personas sin hogar, migrantes, ancianos solos o víctimas de explotación: permanecer, escuchar, sostener la esperanza cuando la vida se vuelve insoportable.
Antes de despedirse, el Papa animó a las organizaciones diocesanas a seguir siendo “testigos creíbles de la esperanza cristiana”, no solo mediante ayudas materiales, sino ofreciendo amistad, escucha y sentido. En un barrio marcado por la fragilidad y la resistencia, su visita quiso subrayar que nadie está condenado a la indiferencia.
Las preguntas de Renzo siguieron resonando bajo las bóvedas de San Agustín cuando el encuentro terminó. Preguntas sencillas, nacidas de la inocencia, pero que interpelan a toda la sociedad y, de manera particular, a una Iglesia llamada a situar en el centro la dignidad de cada persona, especialmente de quienes viven en los márgenes.
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