En Estados Unidos, la Iglesia y los movimientos populares tejen redes de fraternidad frente a las deportaciones

En Estados Unidos, la Iglesia y los movimientos populares tejen redes de fraternidad frente a las deportaciones
Acompañar a una persona migrante cuando comparece ante el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) de Estados Unidos, organizar turnos para alertar de las redadas, repartir alimentos entre quienes viven escondidos o convertir una parroquia en el corazón de una comunidad. Frente a las políticas de deportación impulsadas por la Administración Trump, comunidades cristianas y movimientos populares de California están tejiendo redes de fraternidad para que nadie afronte solo el miedo, la detención o la expulsión

Es la realidad que describen el sacerdote y coordinador del Encuentro Mundial de Movimientos Populares (EMMP), Mattia Ferrari, en varios textos publicados en su cuenta de Instagram y en el artículo La solidaridad planta cara a las deportaciones del ICE, y Luca Casarini, fundador de Mediterranea Saving Humans, en un extenso relato difundido en su cuenta de Facebook durante la misión que ambos realizan estos días en Estados Unidos junto a César Piscoya, asesor del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM).

La delegación recorre distintas ciudades estadounidenses con el objetivo de fortalecer la relación entre la Iglesia y los movimientos populares, una misión que, según explica Ferrari, responde al impulso recibido del papa Francisco y del papa León XIV para “ayudar a los movimientos populares a encontrarse, a coordinarse, a caminar juntos” y para “ayudar a la Iglesia a acompañarlos”.

Comunidades “de lucha, de fe y de amor”

La primera parada del recorrido conduce a la delegación hasta el valle californiano de Coachella. Ferrari encuentra allí “comunidades de lucha, de fe y de amor”, integradas por trabajadores agrícolas, pueblos indígenas, personas migrantes y familias que han hecho de la organización comunitaria una respuesta cotidiana frente a la exclusión.

Casarini se detiene especialmente en Mecca, una pequeña localidad nacida en torno a las explotaciones agrícolas del desierto californiano. Allí descubre una historia que, escribe, no aparece en los relatos oficiales, sino en la memoria de generaciones de campesinos mexicanos que “construyeron la Mecca de California con sus propias manos”, trabajando en los palmerales, los cítricos y los viñedos.

La vida cotidiana transcurre entre largas jornadas de trabajo, viviendas prefabricadas compartidas por varias familias y alquileres inasumibles por pequeños terrenos donde levantar una casa móvil. Sin embargo, el activista italiano no pone el foco únicamente en la precariedad, sino en la capacidad de estas comunidades para organizarse.

Uno de los testimonios que recoge resume ese sentimiento de pertenencia: “Dicen que somos extranjeros. Pero cuando mi abuelo llegó aquí no había nada… Los extranjeros aquí son ellos, no nosotros”.

Un santuario convertido en corazón de la comunidad

El recorrido conduce después hasta la comunidad purépecha de Mecca, donde la delegación participa en una asamblea organizada junto al Santuario de la Virgen de Guadalupe, construido por los propios vecinos.

Casarini describe un lugar donde la vida espiritual y la organización comunitaria resultan inseparables. Allí se celebra la fe, se distribuyen responsabilidades, se organizan ayudas para las familias más vulnerables y se prepara la respuesta frente a las redadas migratorias.

“La comunidad está organizada en torno a la Iglesia. La Iglesia no tendría ningún sentido sin el trabajo comunitario”, escribe.

El sacerdote que acompaña la comunidad, el padre Carlo, resume esa experiencia con una afirmación que atraviesa toda la crónica: “La lucha por resistir es Evangelio”.

Cuando la solidaridad se convierte en protección

Los relatos muestran cómo el endurecimiento de la política migratoria ha modificado la vida cotidiana de estas comunidades.

Pilar, catequista del Santuario, recuerda una de las últimas actuaciones del ICE: “Entraron armados en la tienda y se llevaron incluso a los niños”.

Desde entonces, explica Casarini, los propios vecinos organizan turnos de vigilancia para detectar la llegada de los agentes y alertar a quienes regresan del trabajo en el campo. Conocen el desierto, saben dónde esconderse y activan rápidamente una red de apoyo cuando aparecen los vehículos del ICE.

“La lucha por un salario digno es ya una sola cosa con la lucha por protegerse de las deportaciones”, concluye.

La solidaridad adquiere también otras formas. En North Shore, otra comunidad visitada por la delegación, Solanges, trabajadora agrícola, explica que comenzaron distribuyendo alimentos durante la pandemia y que ahora esa red sostiene también a las familias que permanecen ocultas por miedo a ser detenidas.

“Empezamos repartiendo doscientas comidas al mes; hoy son siete mil”.

Group of men and women of various ages standing together outdoors at a community gathering.

“No dejar sola a ninguna persona”

La escena que más impresiona a Ferrari se desarrolla en el Palacio Federal de San Diego.

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En su artículo explica cómo la diócesis y los movimientos populares decidieron responder al programa de deportaciones “volviendo a lo más sencillo y, al mismo tiempo, a lo más radical”: acompañar físicamente a las personas convocadas por el ICE para que ninguna tuviera que afrontar sola un proceso que podía terminar en detención o deportación.

“El lunes nos unimos a estos equipos y acompañamos a las personas que habían sido convocadas”, escribe.

“Los rostros y las historias que allí se encuentran impresionan profundamente. Las personas llegan atemorizadas, a veces entre lágrimas”.

Ferrari relata que pudo comprobar personalmente cómo esa presencia cambia incluso el desarrollo de las audiencias. “La presencia de los equipos que las acompañan y les ofrecen ese mensaje radical de fraternidad cambia con frecuencia el curso de los acontecimientos”. En la jornada que vivieron, añade, las personas acompañadas “fueron puestas en libertad tras los controles y las audiencias, que quedaron aplazadas durante varios meses”.

La experiencia ya había quedado reflejada en uno de los primeros relatos publicados por el coordinador del EMMP: “Lo que vimos fue impresionante”. Quienes podían encontrarse solos ante unos controles “injustos y dolorosos” llegaban acompañados por activistas, voluntarios y sacerdotes.

“Es un gesto de solidaridad sencillo y radical”, escribe, “que nos devuelve a nuestra identidad más profunda, aquella que ninguna política puede destruir: la fraternidad”.

La respuesta al individualismo

Ferrari interpreta esta experiencia a la luz de una intuición de Alexis de Tocqueville sobre el individualismo y sostiene que, frente a esa tendencia a replegarse sobre uno mismo, está surgiendo otra forma de vivir la sociedad.

“Hoy vemos cómo el individualismo se ha desatado en todo el mundo. Pero precisamente aquí, en Estados Unidos, está surgiendo algo radicalmente distinto: la solidaridad como forma de vida”.

Para el coordinador del EMMP, la gran lección que ofrece hoy este país no nace de las instituciones, sino de personas que deciden permanecer junto a quienes sufren la injusticia. “Eso es precisamente lo que se ve en el Palacio Federal: una nueva sociedad que renace de la decisión valiente de luchar por amor y de situarse, de manera radical, junto a quienes padecen la injusticia”.

Dos fronteras, una misma dignidad

Durante el viaje aparece constantemente otra conversación.

Las comunidades agrícolas preguntan a Casarini por el Mediterráneo, por las operaciones de rescate y por la situación de quienes intentan llegar a Europa. Él descubre que las historias escuchadas en California dialogan con las que conoce desde hace años a bordo de los barcos de salvamento.

“Son historias nacidas desde abajo que dialogan con otras historias nacidas igualmente desde abajo”, escribe.

Al abandonar el valle de Coachella rumbo a San Diego, contempla pequeños altares improvisados en el desierto levantados por quienes lograron cruzar la frontera y encuentra un vínculo entre aquellas rutas y las del Mediterráneo.

“Los caminos del Señor son infinitos”, escribe. “Nosotros estamos recorriendo los caminos de quienes viven sin permiso”, concluye.

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