Cuando la paz se niega a bailar

Os tocamos la flauta y no bailáis;
os cantamos endechas y no lloráis
El mundo se descompone. No con el dramatismo de las profecías apocalípticas, sino con la vulgaridad de una fruta que se pudre en la nevera: lentamente, con un olor que primero se ignora, luego se soporta y finalmente se normaliza. Las desigualdades han dejado de ser una vergüenza para convertirse en un dato estadístico más, como la temperatura media o el PIB. El 1% sigue bailando sobre el cadáver del 99%, y la tierra, esa vieja dama que nos aguantó todo, agoniza entre plásticos, incendios y promesas incumplidas.
La razón ha sido desahuciada de su trono. En su lugar gobierna la fuerza, esa que siempre lleva razón porque tiene el puño más grande. La dignidad humana se ha convertido en un producto de lujo, algo que solo pueden permitirse los que tienen el poder de comprarla. Y la verdad… ay, la verdad. La verdad ha sido sustituida por un trumpismo vulgar, por “mi verdad”. Como pudo haber escrito algún filósofo ya ignorado, vivimos en la sociedad del cansancio, pero también en la del autoengaño.
La ciencia, que una vez fue la antorcha de la humanidad, se ha prostituido al servicio de la economía. Ya no se investiga para saber, se investiga para vender. La gnología –ese saber que busca el bien hacer y el vivir bien– ha sido reemplazada por la tecnología de usar y tirar: apps que nos hacen más eficientes pero más vacíos, algoritmos que nos conocen mejor que nosotros mismos pero nos entienden peor que un extraño. Y mientras tanto, la xenofobia y la aporofobia –ese odio al pobre que denunció Adela Cortina– crecen como malas hierbas en el jardín descuidado de la democracia.
Lo peor no es que el mundo se hunda. Lo peor es que la gente sigue mirando con mayor interés el Campeonato Mundial de Fútbol. La indiferencia, parafraseando al Papa en su visita a España, es el cáncer más silencioso. Y no le falta razón. Porque la indiferencia no es pasividad: es complicidad activa con el desastre.
España, altavoz de una esperanza incómoda
Y en medio de este Titanic global, aparece el papa León XIV. No va a Nueva York ni a Roma. Viene a España. ¿Por qué? Porque España, pienso, es un resumen perfecto del mundo: es frontera, es memoria, es herida abierta y es posibilidad. Es el lugar donde el Mediterráneo se encuentra con el Atlántico, donde Europa se asoma a África, donde la historia pesa como una losa y el futuro se resiste a llegar.
El viaje del Papa a España fue también, en realidad, un mensaje al mundo desde un altavoz privilegiado. Once días que sacudieron el establishment político, mediático y eclesial. Once días en los que la paz no fue un concepto abstracto sino una provocación constante. La paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro, declaró en el Congreso de los Diputados, en un discurso que hizo enmudecer a un hemiciclo más acostumbrado al grito que al diálogo.
Pero León XIV no vino a dar respuestas fáciles. Vino a hacer preguntas incómodas. Como la dirigida a los jóvenes en la plaza de Lima y que recogen, en forma de síntesis, las redes sociales como diciendo: Ustedes me preguntan cómo se construye la paz y yo les pregunto: ¿cuándo fue la última vez que invitaron a cenar a su enemigo? Pregunta hecha con ironía y humor inteligente, con capacidad para citar de consuno a san Agustín y a García Márquez y que provocó risas y aplausos a la vez.
Gaza, Líbano, Palestina: espejos rotos del mundo
No se anduvo con rodeos. Habló de Gaza con una claridad que escocía: Desde Gaza, los gritos de madres y padres que sostienen los cuerpos sin vida de sus hijos se elevan cada vez más intensamente hacia el cielo.
Habló del Líbano, ese país que fue el jardín de Oriente y hoy es un cementerio de esperanzas: No dejemos solo al Líbano. La paz no puede seguir esperando Y habló de Palestina reafirmando posiciones anteriormente manifestadas: No hay futuro basado en la violencia, el exilio forzoso y la venganza…No se puede construir paz sobre escombros, ni esperanza sobre tumbas.
En sus palabras resuena un eco de aquellas de Mateo: Os tocamos la flauta y no bailáis; os cantamos endechas y no lloráis. El Papa parecía decir: hemos tocado todas las canciones, hemos probado todas las estrategias, y el mundo sigue bailando al ritmo de la guerra.
La ironía como arma de construcción masiva
León XIV esboza, de vez en cuando, un humor oculto que utiliza como recurso pedagógico. No se trata de ese humor que banaliza el dolor, sino el que lo hace visible.
Con ocasión de su “Encuentro con la Iglesia de Madrid” en el Estadio Santiago Bernabéu, un periodista le preguntó en inglés si no era ingenuo hablar de paz en un mundo gobernado por el dinero y la fuerza. Su respuesta en resumen fue una obra maestra de ironía: “¿Ingenuo? Tal vez. Pero el mundo ha probado la inteligencia de los listos y nos ha llevado al borde del abismo. Quizás es hora de probar la locura de los ingenuos… Y continuó bromeando: He visto más paz en un campo de fútbol que en algunos parlamentos.
El Titanic y la alegoría de Mateo
La historia del Titanic es una metáfora perfecta. Aquella noche de 1912, mientras el barco se hundía, los músicos tocaron “Más cerca de ti, Señor”. No fue un acto de heroísmo, fue un acto de humanidad. Fue la afirmación de que, incluso en el naufragio, la belleza y la esperanza merecen ser salvadas.
Pero hay otra metáfora, menos conocida y quizás más pertinente: la de Mateo 11,17, donde Jesús lamenta: “Os tocamos la flauta y no bailáis; os cantamos endechas y no lloráis”. El Papa León XIV, en su viaje a España, ha hecho las dos cosas: ha tocado la flauta de la esperanza y ha cantado las endechas del dolor. Y la pregunta que deja flotando en el aire español es: ¿bailará el mundo? ¿O seguirá mirando el móvil mientras el barco se hunde?
La esperanza es un acto de rebeldía
El mundo puede parecer en decadencia, pero la decadencia no es el final, sino una señal. Una advertencia de que algo puede cambiar. Papa León XIV, en su visita a España, ha recordado que la paz no es una utopía, sino una posibilidad que exige voluntad y compromiso.
En su encuentro con voluntarios de Cáritas quedó una idea de fondo: la esperanza no consiste en esperar que todo mejore, sino en seguir actuando incluso cuando todo parece ir en contra. Es una forma de resistencia frente a la resignación.
La imagen del Titanic ayuda a entenderlo: mientras el barco parece hundirse, lo decisivo no es solo el desastre, sino la actitud de quienes permanecen a bordo. Algunos se rinden, otros siguen sosteniendo un gesto, una acción, una dirección.
La paz no es un destino fijo, sino un camino que se construye cada día. Y en ese camino no hay neutralidad: o se deja avanzar la inercia del hundimiento, o se elige actuar.
La conclusión es sencilla y decisiva: la esperanza no es esperar a que el mundo cambie, es empezar a cambiarlo. Y ese gesto, hoy, es la forma más clara de rebelión y de futuro.
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