La mujer del “pegayesos”

Hubo una época en nuestro país en la que las mujeres eran eso… “mujeres de”. Era la misma época en la que los hombres llevaban impreso, junto a su nombre de pila, el del oficio con el que se ganaban la vida. ¿Quién no ha conocido a Manolo el panadero, Antonio el carpintero, Miguel el butanero o Paco el “pegayesos”?
Las mujeres que hemos conocido en los barrios, entre la gente humilde de clase obrera… todas esas mujeres… eran de alguien. Y ese alguien tenía un oficio. Siempre.
Por eso, en mi misma calle, aunque en el tramo siguiente, ha vivido desde que tengo uso de razón Carmen, la mujer del “pegayesos”.
Carmen era una de esas mujeres cocidas a fuego lento. Estaba llena de hijos y de “apreturas” para llegar a fin de mes… Llena también de dolores y de sabiduría a la hora de componer pucheros y cazuelas.
Carmen la del “pegayesos” era una mujer discreta y sencilla. Sin cultura académica, con problemas de nervios, de salud… y hasta de porvenir. Pero, como todas las mujeres de alguien con oficio, irradiaba una gran cultura de la vida. Una cultura que la convertía en la roca firme en la que toda su casa, desde que era casa, se apoyaba. Sí, Carmen era el clavito del abanico. Ese que mantiene a su gente georreferenciada en las coordenadas exactas de una familia unida.
Carmen la del “pegayesos” fue pagando poco a poco la dureza de la época que le tocó vivir. Su cuerpo veterano fue perdiendo lentamente la batalla de la vida… Una vida a la que se agarraba con toda la fuerza de quien tiene unas ganas profundas de disfrutarla. Carmen hacía eso… disfrutar de la vida… a través de su hija Inés y de sus hijos Jose —sin acento en la “e”— y “el Juani”.
Y con ella y con ellos venían también sus tres familias. Diferentes y unidas… Dispares en sus maneras y en sus filosofías de vida, pero iguales en el trato hacia el clavito: Carmen. Y, por supuesto, familias idénticas en el cariño que se profesaban: los yernos, las nueras, las nietas y los nietos de Carmen… y del “pegayesos”.
Carmen se ha ido como vivió: discreta y sencilla. Su despedida ha caído por su propio peso y su acto final ha sido simple, humilde… muy sincero, tal como ella era. Ya no podía más y su lucha por aferrarse a la vida había dejado de tener sentido.
Si observas detenidamente a Carmen la del “pegayesos”… si la miras bien, ella te va a regalar una lección de vida honda y profunda. Carmen no va a salir nunca en un libro de texto. Pero, sin ella y sin muchas mujeres de alguien con oficio, nosotros, nosotras, quienes ya no llevamos marcada nuestra profesión en el DNI vital ni estamos definidos por la ocupación de un marido, no seríamos como somos ahora.
Por eso, la lección que nos da Carmen la del “pegayesos” es la de una vida plena, sincera, humilde y entregada a los suyos. La lección de quien no tiene nada porque todo lo que ella es se lo da a los demás. La lección de tantas amas de casa trabajadoras que se han gastado sacando a su gente “pa’lante”. Y, a cuenta de eso… Carmen y tantas otras han alumbrado el país que disfrutamos, la sociedad en la que vivimos.
Hoy toca despedir a Carmen la del “pegayesos”. Pero qué bueno sería recordarla siempre, trabajando por mejorar lo que ella y tantas como ella hicieron posible en nuestras vidas.
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Presidente de la Asociación de Víctimas de Accidentes y Enfermedades Laborales de Andalucía (AVAELA)



