Cuando un grupo entero pronuncia un nombre: Clarita

No hubo discursos.
Bastó un mensaje.
Y, de pronto,
la pantalla dejó de ser pantalla
para convertirse en una capilla obrera.
Javi anunció la noticia.
Después llegaron,
como quien enciende velas
sin ponerse de acuerdo,
las palabras pequeñas.
José Antonio dejó un 😢
y un beso.
Amelia escribió:
«Descanse en Paz».
Sonia habló
de una pena intensa.
Javi Santiago
la llamó
«gran hoacista».
Lourdes,
Pedro,
Nekane,
Javi Izaguirre…
fueron sembrando
🙏
💓
DEP
Goian bego.
No eran emoticonos.
Eran lágrimas
que habían aprendido
a escribir.
Rafa la encomendó
a la oración.
Inma volvió
a decir paz.
Miren Zorione
la nombró referente,
militante,
mujer incansable.
María Epifania
dio gracias
por su vida.
Carmelo recordó
a la buena persona.
Roberto
la imaginó ya
junto a quienes murieron
en el campo del trabajo,
de la justicia
y del amor.
Begoña,
Álex,
Juanjo…
respondieron simplemente:
«Amén».
Y aquel Amén
era mucho más
que el final de una oración.
Era un compromiso.
Amaia confesó
que una parte del corazón
se iba con ella.
Txerra habló
de una gran militante
y de una persona todavía mayor.
Jon puso palabras
a lo que muchas y muchos
solo sabían llorar:
tu coraje,
tu confianza en Jesús,
tu sonrisa,
tu mirada limpia,
las fuentes
de donde bebías cada día.
Casilda
la imaginó
ya en el regazo
del Dios Padre-Madre.
Bego Cerrato
recordó a la mujer
que siempre estaba alerta
cuando otra mujer
era herida por la violencia,
porque sabía
que el Evangelio
también se escribe
defendiendo la vida.
Eloísa
la llamó
mujer del pueblo,
soñadora de utopías,
constructora incansable
de justicia.
Y Carmen
resumió el sentir de todas:
«Hasta mañana en el altar».
Entonces comprendimos
que Clarita
no cabía en una esquela.
Cabía,
y sigue cabiendo,
en una comunidad.
En la memoria
de jóvenes
que aprendieron con ella
a mirar la realidad.
En las personas adultas
que encontraron
una compañera de camino.
En la Iglesia de Bizkaia,
que reconoce
a esas mujeres
que nunca buscaron protagonismo,
pero sostuvieron la esperanza.
Dentro de unos días
miraremos al cielo
buscando las lágrimas de San Lorenzo.
Y quizá el eclipse
nos oculte las estrellas.
Pero nadie podrá eclipsar
las vidas
que han aprendido
a convertirse en luz.
Porque las militantes como Clarita
no desaparecen.
Cambian de orilla.
Y desde allí,
siguen remando con nosotros.
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