Una llamada inaplazable: conversión ecológica, trabajo en red y escucha a las comunidades afectadas

Una llamada inaplazable: conversión ecológica, trabajo en red y escucha a las comunidades afectadas
Foto | Jonah May (Endecocide)

Del 24 al 29 de abril se ha celebrado en Santa Marta (Colombia) la I Conferencia para la Transición más allá de los combustibles fósiles, y de la que se hizo eco Noticias Obreras la semana pasada. Una reunión promovida por Colombia y Países Bajos tras la imposibilidad de aprobar en la COP30 medidas vinculantes para la eliminación definitiva de la producción de gas, petróleo y carbón, principales causantes del calentamiento global.

El Movimiento Laudato si’, Cáritas, CIDSE (Alianza Internacional de Organizaciones Católicas por la Justicia Social) y REPAM (Red Eclesial Panamazónica) han sido los agentes más visibles de una presencia católica que ha tenido un carácter marcadamente ecuménico. De ella queremos dar noticia en este artículo.

Las iglesias del Sur global han tenido un papel activo, con voz propia, continuación del mantenido en la COP30 de noviembre pasado en Belém (Brasil). El punto de partida del análisis y de las propuestas realizadas ha sido el documento “Un llamado por la Justicia Climática y la Casa Común: conversión ecológica, transformación y resistencia a las falsas soluciones”, presentado en la COP30 por cardenales de América Latina, Asia y África. Un escrito que plantea acciones no cosméticas a los gobiernos y a las mismas instituciones religiosas, superando la trampa del capitalismo verde y urgiendo a tomar decisiones coherentes que respondan al clamor de la Tierra y de los empobrecidos.

No es casualidad que en el mes de marzo se realizase en el Vaticano el lanzamiento de la Plataforma por la Desinversión en Minería, en una reunión ecuménica en la que participaron más de 40 organizaciones de fe. Dinamizada, entre otros, por la Red Iglesias y Minería, la plataforma busca caminos conjuntos para contribuir desde las iglesias a enfrentar la crisis social y climática desde el compromiso con las comunidades afectadas por la minería y el extractivismo. Además de su apelo para continuar el acompañamiento a las comunidades o, precisamente por ello, su llamada a la acción es clara y sin ambages: las organizaciones eclesiales deben dejar de invertir en combustibles fósiles. Eduardo Agosta, director del Departamento de Ecología Integral de la Conferencia Episcopal Española, presente en Roma en ese lanzamiento, corrobora esta visión cuando, al valorar la presencia de la iglesia en Santa Marta, afirma que “el fin de los combustibles fósiles es un imperativo moral”.

Las organizaciones participantes han subrayado que la presencia de la comunidad católica en la Cumbre es una exigencia evangélica, pues la transición energética no es solo una cuestión técnica, sino de justicia, dignidad y cuidado de la vida. La voz profética de la iglesia, en palabras del Movimiento Laudato si’, incluye abogar por una transición justa, amplificar la voz de las comunidades vulnerables, fortalecer la acción de las comunidades de fe e inspirar formas concretas de cuidar nuestra casa común, con propuestas en materia de soberanía energética y exigencia de consulta y participación de las comunidades en las decisiones que se tomen.

Las plataformas eclesiales presentes han intervenido en Santa Marta mediante contribuciones formales, a la vez que participando en diálogos multilaterales y acciones reivindicativas. Destacamos el Encuentro Ecuménico de Ecoespiritualidades, la Cumbre de los Pueblos, la Eucaristía en la Catedral para pedir por la Cumbre, la Marcha por un futuro libre de los combustibles fósiles y la videoconferencia Promoviendo la justicia climática y una transición justa más allá de los combustibles fósiles.

Tras el encuentro de ecoespiritualidades, las entidades organizadoras emitieron un comunicado en el que recogieron las llamadas planteadas en los diferentes paneles: realizar un cambio cultural y espiritual; finalizar de forma inmediata nuevas explotaciones de carbón, petróleo y gas; conseguir una eliminación rápida y equitativa de la producción actual de combustibles fósiles; llevar a cabo una transición justa a escala mundial; abandonar los subsidios a los combustibles fósiles; trasformar el sistema financiero; promover el respeto absoluto a la soberanía de los pueblos; rechazar el neoextractivismo y las falsas soluciones; asegurar un sistema de democracia plena y con paridad; promover el derecho a la libre determinación, consulta previa libre e informada; y establecer una búsqueda de una economía del cuidado.

Particularmente provocador fue la videoconferencia, que reunió a líderes religiosos, expertos y activistas para debatir medidas concretas hacia una transición justa. Durante la transmisión, se planteó un desafío: falta mucha formación, conciencia y valentía dentro de las comunidades cristianas para dar una respuesta coherente a la crisis ecosocial. Igualmente, se hizo hincapié en la necesidad de saber comunicar la urgencia de la conversión ecológica con alegría y pasión, aprovechando el momento de una Cumbre que trae el mensaje de que sí es posible avanzar en la dirección correcta.

El mensaje de las iglesias ha resonado con fuerza: la transición hacia una economía libre de combustibles fósiles no es sólo una decisión política, sino un compromiso ético y espiritual con la vida, con la justicia y con la casa común. Las declaraciones de los participantes, tanto ordenados como laicales, deberían interpelar a las comunidades cristianas del Norte burgués, derrochador y satisfecho.

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Monseñor Juan Carlos Barreto, presidente de Cáritas Colombia, fue rotundo al afirmar que sectores importantes de la iglesia católica presentan un completo analfabetismo en materia de Doctrina Social de la iglesia, incluyendo el desconocimiento absoluto de la ecología integral. “Nos falta mucho en este campo de la educación”, afirmó en su contribución en la videoconferencia sobre promoción de la justicia climática desde las implicaciones de la fe. En el mismo encuentro, la socióloga y animadora Laudato si’, Sulmán del Pilar Hincapié, manifestó que la vida está en juego y que, si somos defensores y promotores de la vida, debemos realizar acciones contundentes para hacerla realidad.

Para los participantes en el encuentro, Santa Marta marcó el fortalecimiento de las comunidades de fe como parte activa del debate, amplificando las voces de la iglesia y reafirmando su lugar en la construcción de una transición justa. Una experiencia de fe comprometida y encarnada que debería ser conocida y acogida en nuestras comunidades y movimientos, muy lejos todavía de un planteamiento, el de la ecología integral, que es completamente marginal (por no decir inexistente) en los planes pastorales de la mayoría de nuestras diócesis.

Lo digo con rotundidad, desde la evidencia científica del peligroso escenario al que nos dirigimos y desde la vivencia de fe de las comunidades creyentes del Sur global: no hay opción real y efectiva por las personas y comunidades vulnerabilizadas si, como iglesia, no asumimos de manera urgente la vivencia radical de la ecología integral. Ésta debería permear de manera transversal todas las pastorales, y ser igualmente una herramienta para avanzar hacia una sobriedad feliz vivida a nivel personal, familiar y en las comunidades e instituciones religiosas. Esta visión, desgraciadamente, sigue sin calar en los pastores y en la comunidad cristiana.

Me planteo, al hilo de las reflexiones de la videoconferencia, qué caminos pedagógicos (y no solo) habría que transitar en la iglesia española para que la ecología integral deje de ser mero ecopostureo para el cumplo y miento de las directrices vaticanas y pase a ser una vivencia experiencial de la alegría del Evangelio.

Del mismo modo, contamos con otro reto, igualmente importante: una asunción más consciente de la perspectiva de la ecología integral por parte de aquellos creyentes que tienen responsabilidades en organizaciones políticas y sociales. Las orientaciones de la doctrina social en esta materia, las reflexiones y experiencias de las iglesias del Sur global y los planteamientos de los colectivos y organizaciones ecologistas deberían orientar de una manera más informada la acción sociopolítica de cristianas y cristianos a favor del bien común y de la justicia ecosocial.

Los combustibles fósiles tienen los años contados. Pero una transición energética justa solo será posible si viene de la mano de la planificación de un nuevo modelo económico y social que permita su desaparición como fuente de energía, a través de un decrecimiento ordenado y no caótico (que no aumente aún más la vulnerabilidad y la inequidad social), y con el surgimiento de nuevas formas de relación, consumo, producción y cuidados. Cómo conseguirlo, que no es nada fácil, debería estar dentro de las preocupaciones y prioridades de los que se dedican a la actividad política, económica y sindical.

Las iglesias del Sur global, encarnadas en las comunidades que sufren los efectos más dramáticos de la crisis ecosocial, nos marcan el camino para ser fieles al Evangelio en este cambio de época. Ojalá estemos en la vanguardia y respondamos con creatividad, audacia y valentía a los signos de los tiempos que nos toca vivir.

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