La conferencia de Santa Marta impulsa un acuerdo global para acelerar el fin del petróleo, el gas y el carbón

La Primera Conferencia para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles, celebrada en Santa Marta, ha cerrado con una declaración final en la que por primera vez gobiernos, empresas y sociedad civil, incluidas las entidades de la Iglesia, abogan abiertamente por el fin del petróleo, el gas y el carbón como causa principal del calentamiento global. La también llamada “coalición de voluntarios” busca incorporar a la arquitectura internacional un tratado de no proliferación de los agentes causantes del cambio climático.
El documento, elaborado por Colombia y Países Bajos como países coanfitriones, sintetiza cinco compromisos que buscan acelerar la transición energética y superar las dependencias estructurales que mantienen a las economías ancladas en los combustibles fósiles.
El clima político en el que se ha producido este avance explica su relevancia. Durante más de tres décadas, las cumbres climáticas de la ONU han evitado nombrar explícitamente a los combustibles fósiles debido al veto de los grandes productores.
La omisión, para el enviado especial de Panamá, Juan Carlos Monterrey, representa un intento de “tratar los síntomas sin reconocer la causa del cáncer”.
En Santa Marta, sin embargo, los representantes de 57 países, responsables del 30% del PIB mundial y del consumo global de combustibles, coincidieron en que ya no es posible sostener ese silencio. “Por primera vez en 34 años se está teniendo una conversación que se le debía al mundo”, afirmó Monterrey.
La ministra colombiana de Ambiente, Irene Vélez, celebró que la conferencia haya permitido “levantar los tabúes” que históricamente han impedido hablar de la eliminación progresiva del petróleo, el gas y el carbón.
Su homóloga neerlandesa, Stientje Van Veldhoven, definió el encuentro como “un espacio seguro para el diálogo” y como una “coalición de los que hacen”, subrayando que la intención no era negociar un acuerdo formal, sino compartir experiencias, preocupaciones y estrategias para avanzar en la transición.
La declaración final recoge ese espíritu. Establece la continuidad del proceso con una segunda conferencia en 2027, que será coorganizada por Tuvalu e Irlanda, y crea un grupo de coordinación que conectará esta iniciativa con los trabajos de la COP30.
Revitalizar el Acuerdo de París
También compromete a los países a entregar el informe final a la Presidencia de la COP y al secretario general de la ONU, con el objetivo de que sus conclusiones alimenten el proceso del Acuerdo de París.
Además, activa tres líneas de trabajo centradas en la elaboración de hojas de ruta nacionales alineadas con la ciencia, en la reforma de la arquitectura fiscal y financiera para superar la dependencia económica del sector fósil, y en la creación de mecanismos que permitan alinear a países productores y consumidores hacia un comercio libre de combustibles fósiles.
Como soporte técnico, se ha lanzado un panel científico internacional encargado de acompañar a los países en la construcción de planes compatibles con el límite de 1,5 ºC.
El debate de fondo que ha atravesado la conferencia refleja la complejidad de la transición. Países productores como Colombia, Brasil, Noruega o Canadá compartieron sus inquietudes sobre la pérdida de ingresos fiscales y la necesidad de reconvertir regiones enteras dependientes del petróleo y el gas.
Las naciones consumidoras, entre ellas España, Alemania o Bélgica, insistieron en la urgencia de eliminar subsidios, reducir la vulnerabilidad energética y acelerar la electrificación. También se discutieron mecanismos de alivio de deuda para países con menos recursos, propuestas de tratados de no proliferación de combustibles fósiles y estrategias para reformar el sistema financiero internacional.
La cita de Santa Marta se ha desarrollado en un clima de frustración con el proceso multilateral. La última COP, celebrada en Belém, volvió a demostrar que el consenso obligatorio entre casi doscientos países permite a unos pocos bloquear cualquier referencia a los combustibles fósiles.
El comisario europeo de Clima, Wopke Hoekstra, lo expresó con crudeza al afirmar que en las COP “solo se alcanza el denominador común más bajo”, una situación que calificó como “una de las maldiciones del multilateralismo”.
Pese a ello, los países europeos presentes defendieron en un comunicado conjunto que el multilateralismo sigue siendo indispensable para afrontar una crisis global que no conoce fronteras, y señalaron que Santa Marta debe servir como impulso para las próximas cumbres de la ONU.
La vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica, Sara Aagesen, valoró que el simple lanzamiento de esta conferencia “ya es un éxito en sí mismo” y subrayó que su objetivo es llegar a la próxima COP “con un verdadero impulso”.
La guerra en Oriente Próximo y la volatilidad del mercado energético han reforzado la idea de que la dependencia del petróleo y el gas no solo es un problema climático, sino también una amenaza para la seguridad económica y geopolítica.
“Europa está siendo rehén de algo que no puede controlar”, admitió Hoekstra, mientras que el comunicado europeo insistió en que alejarse de los combustibles fósiles “reduce las vulnerabilidades” y protege a las economías de los efectos dominó de los conflictos y la inestabilidad.
Las Iglesias del Sur abogan por no dejar atrás a ningún trabajador ni comunidad
En paralelo a los debates diplomáticos de la Conferencia para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles, las Iglesias del Sur Global elevaron una voz propia que combinó argumentos técnicos, exigencias éticas y una lectura espiritual de la crisis climática.
Convencidos de que “la crisis climática es una crisis moral”, obispos y líderes laicos presentaron un conjunto de propuestas que buscan situar a las comunidades de base en el centro de las decisiones globales, en contraste con un sistema internacional que, según denunciaron, sigue atrapado en inercias extractivas y falsas soluciones.
Durante una rueda de prensa convocada por la diócesis de Santa Marta, el obispo anfitrión, José Mario Bacci, subrayó que el desafío climático “no solo define nuestro presente, sino también marcará el futuro de nuestras sociedades”.
Reclamó que el debate no quede restringido a los espacios técnicos o diplomáticos y llegue “a las comunidades desde la base”, recordando que son ellas quienes sufren de forma más directa los impactos del calentamiento global y de los modelos económicos dependientes del petróleo, el gas y el carbón.
Desde el Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM), José Domingo Ulloa destacó la fuerza del Manifiesto del Sur Global, elaborado conjuntamente con África y Asia y respaldado por episcopados de Europa y Oceanía.
“Tres continentes, una sola voz”, afirmó, al presentar un documento que reclama el fin de las nuevas exploraciones de combustibles fósiles, una eliminación gradual y equitativa de la producción y un modelo de transición que “no deje atrás a ningún trabajador ni comunidad”.
Entre las propuestas figura la creación de un observatorio independiente y la puesta en marcha de fondos de desmantelamiento prepagados para evitar que los costes recaigan sobre los territorios más vulnerables.
El presidente de Cáritas Colombiana, Juan Carlos Barreto, recordó que entre el 75% y el 80% del calentamiento global proviene de los combustibles fósiles y reivindicó el aprendizaje de la Iglesia en diálogo con científicos, jóvenes y comunidades.
“Una Iglesia que escucha es una Iglesia que aprende y una Iglesia que aprende puede hablar con autoridad”, señaló, antes de defender una transición “justa, gradual y equitativa”, que calificó como un “momento histórico” para la región y para la propia institución eclesial.
Desde la Red Eclesial Panamazónica (REPAM), Jimena Lombana advirtió que no puede hablarse de territorios libres de fósiles sin garantizar previamente “soberanía alimentaria, hídrica, energética y económica”.
“No queremos más mártires”
Rechazó que la salida del petróleo y el gas se sustituya por nuevas formas de minería intensiva y exigió mecanismos vinculantes de consulta previa para los pueblos indígenas y las comunidades locales. Sobre la violencia contra defensores ambientales, fue tajante: “No queremos más mártires, sino a la gente viva y actuando en territorio”.
La dimensión espiritual de la crisis también estuvo presente. Isabel Pereira, de la Red de Fe por la Justicia Climática Abya Yala, afirmó que el calentamiento global es, además de un problema ambiental, “una profunda crisis espiritual, ética y de sentido”.
La coalición ecuménica e interreligiosa del Sur Global llamó a apoyar el Tratado de No Proliferación de Combustibles Fósiles y recordó que “la promoción y manutención de la paz es innegociable y urgente”, especialmente en un contexto global marcado por conflictos y tensiones geopolíticas vinculadas a la energía.
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