Manual para delinquir con ternura. Aquí se aprende a cuidar la vida

Manual para delinquir con ternura. Aquí se aprende a cuidar la vida
FOTO | Vía Tribuna Salamanca

El 25 y 26 de abril, en un rincón periférico de Salamanca, de esos que no entran en los mapas turísticos ni en los discursos oficiales, ocurrió algo sospechoso: unas 80 personas se reunieron para compartir experiencias de acogida. El lema lo dejaba claro, casi como una amenaza: “Porque nos queremos”. En estos tiempos, implicarse sigue siendo una forma elegante de desobediencia.

Llegaron desde Madrid, Vizcaya, Cantabria, Palencia, Extremadura… como si todavía existiera una red invisible entre quienes no han aprendido a mirar hacia otro lado. El anfitrión, Asdecoba, hizo lo suyo: abrir la puerta sin demasiadas preguntas. Y luego, el gesto más subversivo de todos: darle de comer. Huerta propia, platos ecológicos, vino casero. Nada espectacular, todo peligroso: conversación en lugar de prisa.

Hubo teatro. Tenía que haberlo. Porque cuando no se representa el absurdo, acaba pareciendo normal. Y hoy el absurdo nos envuelve. Cuatro sillas bastaron para sentar conflictos enteros. Una economía de medios que ya quisieran algunos ministerios. Las escenas —a veces poéticas, a veces delirantes— fueron armando un espejo incómodo. De esos que no te gusta mirar, en los que no te ves como quieres, sino como eres.

Y el humor apareció justo donde debía: en el borde del dolor. No para suavizarlo, sino para no endurecerse del todo.

Y entre representaciones y humor fueron apareciendo los temas que rara vez encuentran espacio sin incomodar: agroecología, alimentación sana y ecológica, educación ligada a la tierra, migraciones, regularizaciones. Y cárceles. Sobre todo cárceles.

Se dijo sin maquillaje: el sistema penitenciario castiga más de lo que transforma. “Reinserción” suena bien, pero mayormente es solo una palabra decorativa y equivocada. Porque nadie se reinserta en un lugar que nunca le sostuvo. El delito termina. La condena también. El estigma, no. Ese sigue ahí, como una sombra con contrato indefinido.

Samuel habló con profundidad y gran imaginación del “después”. Ese territorio donde la sociedad vigila mucho… y acompaña poco. Y ahí, sin grandes anuncios, Asdecoba ya está haciendo una parte, la acogida, y otra que está en proyecto: escuela para la vida en libertad, red donde antes había vacío.

El escándalo de hacer lo que hace falta

Luego vino la visita. Y el discurso dejó de ser discurso. Asdecoba no es una idea: es una práctica. Huertas que no decoran, transforman. En ellas trabajan personas acogidas: migrantes, gente sin hogar, personas que han salido de la cárcel de Topas.

La tierra no pregunta de dónde vienes ni qué hiciste. Solo exige cuidado, constancia y paciencia. Y devuelve algo que escasea: sentido. La huerta enseña sin aula: esperar, colaborar, fallar sin drama (porque no todo brota) y celebrar lo que sí resulta. Pero también sostiene: produce alimentos, genera ingresos, crea comunidad. No es terapia disfrazada. Es trabajo real. Y eso, hoy, es casi radical.

También puedes leer —  La Iglesia en Cádiz alerta sobre la siniestralidad laboral y reclama trabajo decente

Alrededor crecen más cosas: aprendizaje del idioma, cáterin, acompañamiento a personas en soledad, panadería en pueblos vaciados, redes de apoyo, hogares de ancianos en pueblos olvidados…Todo con una lógica simple y difícil: responder a lo que hace falta.

Los proyectos visitados comparten algo incómodo: funcionan. No piden permiso. No necesitan parecer innovadores. Lo son. Generan recursos, sostienen vidas, construyen comunidad.

Aquí la economía tiene tierra en las manos y nombres propios. Aquí producir y cuidar no son opuestos. Aquí la dignidad no se explica: se practica.

Y entonces llegaron Los Mayalde. Instrumentos improbables, ritmos de raíz, ironía cálida y afilada. Empezaron sin estridencias, pero lo inevitable ocurrió: aquello dejó de ser un concierto. Se convirtió en algo más cercano a una conspiración.

Palos, cucharas, botellas, latas. Todo servía. Nadie estaba a salvo: el público fue reclutado para formar una orquesta improvisada. Y así, entre risas y desajustes gloriosos, emergió una versión colectiva de La Polla. Caótica, sí. Desafinada, también. Pero —como pasa con lo importante— funcionaba.

El arte invisible de que todo ocurra

Nada de esto sucede solo. Hay una figura que aparece poco en las fotos: la logística. Mary, sosteniendo tiempos, espacios, comidas, materiales… y probablemente algo más difícil: el ánimo colectivo. Invisible cuando todo fluye, imprescindible cuando no. Y Emiliano, organizando sin domesticar.
Creando condiciones para que lo imprevisto tenga lugar. Que no es poco. Y no se enseña.

Mientras el mundo sigue ocupado (pantallas, índices, promesas), en este barrio periférico de Salamanca y de otros lugares menos visibles del Estado está pasando algo. No hace ruido suficiente para ser noticia.

Pero tiene algo más persistente: continuidad.

Quizá no cambie el sistema mañana. Ni pasado. Pero crece.

Despacio. Con contradicciones. Con humor. Con música mal afinada y comida abundante.

Y cuidado. Porque estas cosas, cuando se sostienen, no se quedan quietas.

Se contagian.