¿Discriminados?

Una mañana temprano escuchaba a un líder político de VOX hablar sobre la “prioridad nacional”, afirmando que los nacionales son “discriminados” en su propio país. La insistencia se deja notar en la repetición de una denuncia que me incomoda y me genera dudas. Algo resuena y despierta una curiosidad crítica.
La palabra discriminación arrastra una problemática de siglos. Se utiliza para describir una forma de rechazo y desplazamiento de aquello que se percibe como “diferente”. Sin embargo, ese desplazamiento está vinculado al desprecio, no a la curiosidad. Si acudimos a su etimología, encontramos que proviene del latín discriminatio, derivado del verbo discriminare, formado por: dis- (separación o distinción) y criminare (juzgar, separar o distinguir, vinculado a crimen, que originalmente significaba “acusación” o “decisión judicial”, no solo delito).
“Juzgar”, “distinguir”, “separar”, “acusar”. Estos elementos aparecen en el discurso de Santiago Abascal, quien sitúa al español como objeto de discriminación por parte de extranjeros y dirigentes políticos, especialmente en cuestiones materiales y condiciones de vida. Pero cabe preguntarse si realmente existe tal problemática: ¿hay datos que respalden que los españoles están siendo infravalorados por migrantes y refugiados?
La cuestión de fondo es otra. Si, para sostener su discurso, Abascal se presenta como defensor de una supuesta mayoría nacional, lo hace, en muchos casos, alimentando percepciones construidas desde la desinformación sobre extranjería y migraciones. No se trata de un fenómeno ingenuo: hay inteligencia política en su estrategia. Reúne a personas de distintas procedencias sociales y convence mediante campañas, mensajes simplificados y el uso intensivo de redes, construyendo un relato basado en el miedo y en la idea de “peligrosidad”. Se mira al “diferente” para juzgarlo, sin detenerse a analizar las fracturas reales de la sociedad.
Así, se habla de discriminación señalando al “otro”, al que viene de fuera, construyendo una figura simbólica, casi un muñeco vudú, con múltiples rostros: migrantes, musulmanes, personas racializadas.
Mientras lo escuchaba, me surgían preguntas inevitables: ¿puede hablar de discriminación en estos términos quien ocupa esa posición de poder? ¿Puede hablar de desclasamiento quien apela a agravios sin atender a las desigualdades estructurales existentes? ¿Tiene sentido hablar de “prioridad nacional urgente” cuando persisten conflictos internos, como la exclusión histórica de la comunidad gitana?
¿Puede hablarse de discriminación ignorando realidades como las de barrios marginados en Extremadura, donde quienes proceden de lugares como Gurugú o Los Colorines son estigmatizados como delincuentes? ¿Dónde queda la discriminación de las personas mayores que viven en soledad? ¿No son, en muchos casos, esas personas migrantes calificadas de “ilegales” quienes sostienen, cuidan y acompañan a nuestros mayores?
¿Y qué ocurre con la discriminación entre adolescentes, donde el silencio social se convierte en condena cuando alguien es juzgado por su físico, su forma de vestir o de pensar? ¿O con la enorme distancia que aún existe en la integración de personas con discapacidad? ¿O con las condiciones laborales de muchos trabajadores migrantes latinoamericanos y africanos sometidos a sueldos bajos, jornadas extensas y situaciones de abuso?
Entonces, la pregunta se vuelve más incómoda: ¿de qué discriminación hablamos realmente? ¿De la que se denuncia o de la que se practica?
Ese “muñeco vudú” con nombres y rostros concretos (congoleños, malienses, bolivianos, ecuatorianos, paraguayos, peruanos, colombianos) no es más que el reflejo de una construcción política que se presenta como superior en identidad y origen. No está de más señalar que este discurso se inserta en un contexto internacional más amplio, donde emergen liderazgos con narrativas similares, vinculadas a intereses geopolíticos y a visiones que apelan al miedo y a supuestas amenazas existenciales. En ese marco se reconocen paralelismos con figuras como Javier Milei, Donald Trump, José Antonio Kast o Benjamin Netanyahu.
Este escenario configura una antesala ideológica que interpela profundamente. Frente a ello, la respuesta no puede construirse desde la lógica de las “prioridades excluyentes”, sino desde la afirmación de la igualdad radical. La verdadera humanidad no nace de jerarquías identitarias, sino de la construcción de comunidades que se reconocen en la dignidad compartida y en la defensa de los más vulnerables, desde el amor, la justicia y la paz.
Como afirmó Miguel de Unamuno: “Vencerán, pero no convencerán”.

Delegación de Migración de la diócesis de Mérida-Badajoz



