Una mirada joven del encuentro “Tejer redes” con León XIV

Esta es la mirada de un joven que vivió desde dentro el encuentro “Tejer Redes” de detiene en la potencia simbólica del acto, cons sus límites, y en la llamada del papa hilvanar las costuras de la economía, la técnica y la vida social. Crítico, esperanzado y consciente de que el futuro, efectivamente, no está escrito, sino por “negociar”.
El acto fue escenográficamente espectacular, con el Papa en un trono blanco y los distintos intervinientes saliendo por turnos, más al estilo de una gala de premios que una mesa redonda o una conversación con distintos panelistas.
Por mucho que se haya apelado a la escucha y el diálogo, por el diseño del formato, no fue, en propiedad, un verdadero diálogo sino una sucesión de monólogos.
En lo que respecta al núcleo temático sobre el mundo del trabajo y la empresa, los intervinientes, representantes de CCOO, UGT, CEOE y CEPYME, coincidieron en señalar los retos del futuro del trabajo, el impacto de la revolución tecnológica y la necesidad de diálogo social y negociación colectiva, como herramientas democráticas indispensables para dar estabilidad y construir la paz social en este cambio de época.
Ante un escenario global fragmentado, el encuentro aspiraba a ser un laboratorio de ideas donde la Iglesia y los agentes sociales compartieron un diagnóstico claro: la necesidad de un nuevo contrato social. Quizá no es tan claro qué debe significar ese nuevo contrato social, sobre todo en lo que a la praxis de las distintas instituciones se refiere.
Uno de los elementos centrales fue la preocupación por las consecuencias de la revolución tecnológica. A pesar de los problemas técnicos de audio, al inicio del bloque que han dificultado el seguimiento de la intervención de Garamendi (¿El Espíritu? ¿La mano de Rovirosa?), el mensaje de fondo ha sido unánime: la transformación tecnológica y la Inteligencia Artificial no pueden gestionarse a expensas de los trabajadores, es necesario humanizar la técnica y poner a la persona en el centro.
Desde la patronal se habló de la empresa como una comunidad humana y se hizo un llamamiento a formar directivos bajo una mirada humanista. El crecimiento económico debe tener como brújula el bien común, humanizando la técnica especialmente en el tejido de pymes y autónomos, según los representantes.
Desde el sindicalismo se aportó la visión más cercana a la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), recordando que el trabajo apela directamente a la dignidad y la construcción social de la persona, y no es un mero “factor productivo”.
Se rechazó la competencia darwinista e identitaria del último contra el penúltimo que últimamente impera en discursos reaccionarios como el de la “prioridad nacional” y apeló a combatir el nihilismo individualista y la resignación.
“El futuro no está escrito, está por negociar”, se ha afirmado, exigiendo una transición digital justa donde los algoritmos sean transparentes y los trabajadores sean protagonistas y no víctimas.
Quizás faltó profundizar en las consecuencias de la transformación digital en sí misma, más allá de cómo de regulada esté. La apuesta por renovar el contrato social en este presente de la revolución digital, y desde principios universalistas que permitan crear sociedades más justas, más dignas y, citando a Machado, más buenas, “en el buen sentido de la palabra bueno” entroncan con la ética cristiana
El análisis de la justicia social también salpicó otras intervenciones. Aunque el discurso del ámbito universitario pecó de un enfoque excesivamente utilitarista y localista, rescató la idea de la educación del siglo XXI como una herramienta fundamental de justicia social y un espacio que debe ser socialmente incluyente.
Por su parte, Antonio Banderas aportó una valiosa capa de profundidad al definir el arte no solo como estética, sino como “voz de alerta para sociedades que se acostumbraron a la injusticia” y una alternativa crítica a la violencia, capaz de recuperar el alma humana frente a la estandarización de las IA.
Incluso desde el deporte, las intervenciones de las atletas matizaron la feroz visión neoliberal del rendimiento absoluto, en el que caen a veces las ideas de resiliencia y autodisciplina, defendiendo que competir es “crecer con el otro y nunca contra el otro”, y que en el deporte el éxito necesita de lo colectivo, “nadie llega solo”.
Horizonte antropológico y social
El broche del acto lo puso el Papa, con un discurso de alta ambición antropológica y social.
El Papa advierte del riesgo actual de convertirnos en “expertos en los medios y eficaces para producir, pero inciertos acerca del por qué y para quién se produce”.
Bajo la metáfora de “tejer redes”, estructura su propuesta de desarrollo humano integral, lanzando tres dardos directos a la ordenación económica actual. La exigencia de que la actividad empresarial deje de ver al empleado como una simple pieza o variable de interés en su ecuación; la demanda de que el progreso tecnológico tome en cuenta prioritariamente a los más débiles (pobres, ancianos y los que no tienen voz); y el recordatorio firme de que la condición de los pobres es un grito histórico que interpela directamente a las estructuras políticas y económicas. Las instituciones solo son justas en la medida en que sirven al desarrollo de la persona.
Aunque la intervención se cerró con una enérgica defensa de las raíces católicas europeas y una llamada a que la Iglesia recupere influencia pública en la cotidianidad —un punto que siempre genera debate en sociedades laicas—, su propuesta final también es una crítica a la disolución antropológica y a los cimientos injustos y anticristianos de nuestras sociedades, y un llamamiento a la acción colectiva en favor de un mundo más justo y por ello más cristiano.
Citando a San Pablo, nos invita a ser “hilos nuevos” para entramar una sociedad renovada donde, precisamente, el trabajo siga siendo un motor de esperanza y la economía esté supeditada a la dignidad inalienable del ser humano.
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