La Asamblea General de la ONU arranca con una disputa sobre las reglas del nuevo orden mundial

La Asamblea General de la ONU arranca con una disputa sobre las reglas del nuevo orden mundial
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La apertura del Debate General de la 81ª Asamblea General de Naciones Unidas ha dejado este martes la imagen de un cambio de época y una disputa de fondo sobre las reglas que deben ordenar las relaciones internacionales. António Guterres reclamó someter el poder militar, económico y tecnológico al derecho y a reglas comunes; Lula da Silva denunció la parálisis de Naciones Unidas y las relaciones de subordinación entre Estados; y Donald Trump reivindicó la fuerza política, militar, comercial y tecnológica de Estados Unidos como instrumento para garantizar sus intereses y obtener acuerdos

Los tres primeros discursos describieron, desde perspectivas diferentes, un escenario marcado por las guerras, el debilitamiento de las instituciones multilaterales, la pugna por los recursos y la aceleración tecnológica. Pero las respuestas dibujaron dos modelos cada vez más distantes: reforzar las reglas comunes y los límites al ejercicio del poder o confiar en la soberanía y la capacidad de los Estados para imponer sus propios intereses.

Guterres situó precisamente el poder en el centro de su último discurso de apertura como secretario general. Advirtió de tres desplazamientos: la aparición de nuevos polos entre los Estados, la transferencia de influencia hacia “un puñado de empresas privadas y particulares” y la creciente cesión de decisiones humanas a las máquinas. Para el secretario general, la cuestión decisiva es si ese poder se regirá “por el derecho en vez de la fuerza” y “por la cooperación en vez de la coacción”.

Lula partió de un diagnóstico todavía más duro sobre Naciones Unidas. “La ONU está fracasando en una de sus misiones más importantes”, afirmó, al considerar que su credibilidad nunca había estado tan baja y que su capacidad para proteger a quienes carecen de ejércitos y arsenales nunca había sido tan débil. Responsabilizó especialmente de esa parálisis al Consejo de Seguridad y al derecho de veto de las grandes potencias.

Trump, por el contrario, abrió su intervención proclamando que Estados Unidos “ha vuelto” y que su poder se está expandiendo. Presentó la fortaleza económica, militar, energética y tecnológica del país como la base de su acción internacional y contrapuso su actuación a quienes, en su opinión, se limitan a hablar: “Mientras los demás hablaban de paz, he hecho la paz”.

El discurso alternó esa reivindicación del liderazgo exterior con una extensa defensa de los resultados económicos, migratorios y de seguridad de su Administración y referencias a las elecciones de mitad de mandato, en un mensaje también claramente reconocible para su electorado.

Guerra, derecho y amenaza de la fuerza

La distancia entre los modelos apareció con especial claridad ante los conflictos armados. Guterres insistió en que “la fuerza no puede ser el árbitro último” sobre vidas, derechos y futuros y reclamó defender la Carta de Naciones Unidas “sin doble moral”, proteger a la población civil y garantizar el acceso humanitario.

Sobre Gaza, el secretario general aseguró que el grado de “matanza y destrucción” contra la población palestina no lo había visto durante sus años al frente de la ONU. Recordó las medidas provisionales dictadas por la Corte Internacional de Justicia y alertó de que los desplazamientos y la expansión de los asentamientos israelíes en Cisjordania están destruyendo la vía hacia la paz.

Lula empleó un lenguaje todavía más explícito al hablar del “genocidio de mujeres y niños perpetrado por el gobierno de Netanyahu en Gaza”, al tiempo que condenó los ataques terroristas de Hamás contra civiles israelíes. También defendió la Corte Penal Internacional y a la relatora especial de la ONU Francesca Albanese. Para el presidente brasileño, “la guerra no es la continuación de la política por otros medios, sino que es el colapso total de la política”.

Trump presentó Gaza desde otra perspectiva. Reivindicó el final de la guerra y la devolución de los rehenes como resultados de su propia estrategia y agradeció al Consejo de Seguridad el respaldo a su plan de paz y a la denominada Junta de Paz, que él mismo preside.

Su posición sobre Irán evidenció aún más la diferencia. Trump defendió la operación militar estadounidense contra el programa nuclear iraní y planteó dos posibilidades: alcanzar un acuerdo que permita reconstruir el país o “aniquilar” la República Islámica. También reivindicó el aumento del arsenal estadounidense y la construcción de nuevas plantas de municiones.

Soberanía, desigualdad y control de los recursos

La concepción de la soberanía abrió otro frente. Lula rechazó las zonas de influencia y las “incursiones neocoloniales” en busca de recursos estratégicos. “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”, afirmó sin citar a Estados Unidos, antes de reclamar que los pueblos de América Latina puedan decidir su propio destino.

Trump, en cambio, reivindicó expresamente la capacidad de Estados Unidos para imponer seguridad en el hemisferio occidental. En su discurso aseguró que Washington había intervenido militarmente en Venezuela, reivindicó la detención de Nicolás Maduro y advirtió de que su país utilizará el poder militar si considera que existe una amenaza en la región.

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La disputa sobre el poder alcanzó también a la economía. Guterres insistió en que la desigualdad no es únicamente un problema económico, sino una cuestión de poder para decidir sobre recursos, oportunidades y capacidad de hacerse oír. Recordó que miles de millones de personas siguen sin acceso efectivo a alimentación, agua, educación, salud, trabajo decente y dignidad.

Lula llevó esa reflexión al terreno de las políticas públicas. “La desigualdad y el subdesarrollo son el resultado de decisiones políticas”, afirmó, antes de defender la distribución de la renta, la creación de empleo, los aumentos salariales y una red sólida de protección social. También situó el tiempo de trabajo dentro de esta agenda y defendió acabar en Brasil con el horario de seis días de trabajo y uno de descanso para garantizar dos días libres semanales.

En el terreno climático, Guterres reclamó planes nacionales para abandonar progresivamente los combustibles fósiles que protejan a “las comunidades y los trabajadores afectados” y exigió que quienes más han contaminado y obtenido mayores beneficios contribuyan más a reparar los daños.

Lula defendió la descarbonización de la economía brasileña, aunque anunció al mismo tiempo que el país seguirá explorando nuevas reservas de petróleo. También vinculó la transición energética a la soberanía sobre minerales críticos y tierras raras, cuyo aprovechamiento, sostuvo, deberá generar valor y transferencia tecnológica dentro de Brasil.

La IA reproduce la disputa por las reglas

La inteligencia artificial mostró con especial nitidez el choque sobre quién debe establecer las reglas del nuevo escenario internacional.

Guterres advirtió de que el poder basado en datos, capacidad informática y algoritmos está “sumamente concentrado” y defendió la creación de un marco multilateral de gestión de riesgos con supervisión independiente. Su propuesta pasa por someter la tecnología a transparencia, rendición de cuentas y control humano.

Lula coincidió en la necesidad de regulación, aunque utilizó una formulación más política. Consideró una “omisión histórica imperdonable” no regular a las grandes empresas tecnológicas y denunció que “un puñado de tecnooligarcas” pretende impulsar un “ultraliberalismo digital” sin normas ni transparencia.

Trump rechazó expresamente lo que denominó un “esquema globalista” para la inteligencia artificial. Presentó su desarrollo como una competición estratégica, especialmente frente a China, y aseguró que Estados Unidos fomentará esa tecnología sin “ponerle freno”, aunque bajo supervisión de sus propias instituciones.

La primera jornada del Debate General ha dejado así una discusión que desborda cada uno de los conflictos concretos. La guerra, la transición ecológica, los recursos estratégicos, la desigualdad y la inteligencia artificial remiten a una misma cuestión: quién establece las reglas y qué límites acepta el poder en el nuevo escenario internacional.

Guterres lo formuló preguntándose si ese poder estará gobernado “por el derecho en vez de la fuerza”. Lula reclamó recuperar unas Naciones Unidas capaces de volver a ser un “templo de la paz”. Trump reivindicó, por su parte, la capacidad política, económica, militar y tecnológica de Estados Unidos para defender sus intereses y configurar el escenario mundial.

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