Demandan protocolos y negociación colectiva para acabar con los entornos laborales hostiles

Una de cada tres personas trabajadoras en España ha desarrollado su actividad en entornos laborales violentos y un 16,7% ha sufrido esa violencia de forma directa, según el informe “Violencia laboral en España. Principales resultados del estudio 2026“, elaborado por la Fundación 1º de Mayo, con el apoyo de CCOO que reclama mejorar la evaluación de riesgos y la implantación de protocolos de prevención.
La violencia laboral es “un riesgo al que no se le presta la atención que merece y que se asume como parte integrante del trabajo”, ha denunciado el secretario de Salud Laboral y Sostenibilidad Medioambiental de CCOO, Mariano Sanz Lubeiro, en la presentación de este estudio.
“Es mucho más que el acoso laboral o sexual”, ha explicado el dirigente sindical, que ha ampliado la violencia laboral a “abusos, amenazas, ataques y otras circunstancias del entorno laboral que ponen en peligro explícita e implícitamente la seguridad, el bienestar y la salud de las personas trabajadoras”.
El estudio arroja una definición operativa, a partir de criterios académicos, jurídicos y técnicos, que caracteriza la violencia laboral como “todo comportamiento deliberado, aislado o repetido, que tenga un objeto o efecto intimidatorio que dañe la integridad física o psicológica de quien la recibe, durante el trabajo o como consecuencia del mismo”.
Un deterioro que se consolida
La investigación señala que un 30,7% de la población asalariada en España ha trabajado en entornos laborales donde se produce violencia y acoso laboral, ya sea porque los sufren directamente o porque son testigos de ellos, mientras que una de cada seis personas trabajadoras (16,7%) afirma haber sido víctima directa de violencia laboral.
Este fenómeno, a juicio de Sanz, “se va extendiendo y consolidando como un grave problema especialmente en algunos sectores” provocando daños físicos, psicológicos y morales, pero también sociales al afectar a las relaciones sociales, entre familiares y compañeros y compañeras de trabajo”.
La investigación trata de abordar la violencia en el trabajo más allá del tradicional enfoque individual que ha predominado en nuestro país y de su expresión más evidente, el acoso laboral, en línea con los criterios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Organización Mundial de la Salud (OMS).
La empresa, según el estudio, no es un “escenario pasivo en el que interaccionan personas, sino un espacio de subordinación”, en el que la violencia laboral no ocurre en el vacío, sino en el marco de relaciones laborales estructuradas, en el que la dirección empresarial tiene la responsabilidad sobre la existencia de cualquier tipo de violencia laboral que ocurra bajo la misma, apunta el informe.
Sanz ha pedido el diseño e implementación de protocolos de actuación y planes de prevención dentro de la empresas a partir de la evaluación de riesgos laborales, más aún, en “un mundo donde cada vez hay más problemas psicológicos y entornos sociales y laborales con más presión”.
Un problema estructural
Además, ha insistido que no se trata de un problema “individual y aislado” sino “sino estructural y estratégico”, en el que influyen factores sociales, económicos y culturales, pero sobre todo, está relacionada con “cómo se organizan las relaciones, se distribuyen las tareas y se establecen las relaciones entre propios compañeros, donde se puede incentivar la competitividad y envidia, y los estilos de mando jerárquico”.
Precisamente, ha señalado que las mujeres y jóvenes son quienes manifiestan en mayor medida haber sido objeto de la violencia laboral, lo que puede explicarse con la desigualdad y discriminación que afecta a las primeras o como ejercicio ejemplarizante y aleccionador para los segundos.
El 18,3% de las mujeres trabajadoras ha sufrido directamente situaciones de violencia en el trabajo, frente al 14,8% de los hombres. Además, el 30,4% de las mujeres expuestas a entornos laborales violentos identifica episodios de violencia sexual, una cifra que pone de manifiesto la normalización de la cultura patriarcal en el ámbito laboral.
La violencia laboral sufrida en hombres se concentra a edades tempranas y cae abruptamente a partir de los 24 años; en el caso de las mujeres, la violencia laboral muestra un carácter más estructural, manteniéndose superior en las edades laborales centrales (25 a 54 años).
El secretario de Salud Laboral y Sostenibilidad Medioambiental de CCOO ha reclamado impulsar la evaluación y la prevención, identificando aquellos aspectos de la organización del trabajo que generan estas situaciones, y garantizar que no se utilicen para discriminar ni amenazar a las personas trabajadoras.
Asimismo, ha defendido que todas las empresas incorporen protocolos específicos para actuar ante estas situaciones, de modo que la plantilla sepa cómo proceder, a quién acudir y qué recursos y apoyos utilizar.
También ha apostado por poner en marcha campañas transversales de información, formación y sensibilización que contribuyan a acabar con la cultura del silencio y el miedo que todavía sigue siendo predominante.
Deficiente prevención e irresponsabilidad empresarial
Sin embargo, ya en el turno de preguntas, ha admitido que la parte empresarial no suele mostrarse receptiva a estas demandas, ya que con frecuencia considera que se trata de problemas exclusivamente individuales y, por tanto, ajenos a su responsabilidad.
De hecho, ha comentado, que ya resulta difícil que las empresas identifiquen y evalúen los riesgos psicosociales que están detrás de muchas bajas relacionadas con la salud mental, porque ello obligaría a revisar las condiciones de trabajo y adoptar medidas organizativas y preventivas.
Incluso ha especificado que existen métodos de evaluación de riesgos que no contemplan la dimensión de la violencia y ha subrayado que “la violencia es un elemento fundamental” en las relaciones entre compañeros y compañeras, con las empresas y en situaciones de aislamiento.
Para ilustrarlo ha indicado que “mientras el año pasado se registraron 627.962 bajas por incapacidad temporal por motivos de salud mental, solo 203 fueron consideradas de origen laboral”.
Así, ha exigido a la Administración mayor vigilancia del cumplimiento de la normativa ya vigente, incluida la obligación de elaborar protocolos frente al acoso y la violencia sexual en el ámbito laboral así como una mejora de la eficacia de la inspección de trabajo.
El 39,5% de las víctimas y testigos asegura no haber comunicado los hechos a ninguna instancia de la empresa. Entre los motivos más frecuentes figuran el miedo a represalias, la desconfianza hacia la dirección y la percepción de que denunciar no sirve para resolver la situación.
Las carencias preventivas también son notables. Una de cada cuatro personas expuestas afirma que la violencia laboral no está contemplada como riesgo en la evaluación preventiva de su empresa. Además, el 47% de las personas encuestadas señala que no cuenta con un protocolo específico frente al acoso sexual, pese a tratarse de una obligación legal.
Una de cada tres personas trabajadoras cuenta con entornos laborales hostiles
La primera encuesta mundial sobre violencia y acoso en el trabajo de la OIT, realizada en 2023, reveló que el 22,8% de las personas trabajadoras han sufrido violencia o acoso laboral. En el entorno de nuestro país, la Encuesta Europea sobre Condiciones de Trabajo de 2024, señala que el 17% de personas trabajadoras que han experimentado comportamientos sociales adversos, porcentaje que en España desciende, según estos datos al 11%.
Sin embargo, el estudio pionero elaborado por la Fundación 1º de Mayo, basado en una encuesta representativa realizada a 1.000 personas asalariadas con una población de referencia de 19,1 millones de trabajadores y trabajadoras, aumenta hasta el 16,7% el porcentaje de la población trabajadora que ha sufrido comportamientos violentos relacionados con el trabajo de forma directa y otro 14% los ha presenciado sin experimentarlos personalmente.
Factores de riesgo
El técnico de la Fundación 1º de Mayo y coautor del informe, Juan José González, ha señalado que el estudio muestra que la violencia laboral es más habitual cuando hay un deterioro generalizado de diversas variables organizativas, como la acumulación de trabajo por una distribución irregular, el bajo apoyo de superiores, la previsibilidad del trabajo, las exigencias contradictorias y, especialmente, el trabajo emocionalmente desgastador
De ahí que los sectores integrados en el ámbito de los servicios sean los que registran los mayores niveles de violencia laboral, donde la gestión emocional normal en cualquier relación personal de trabajo debe sumarse a la relación con terceras personas.
Así, hasta un 39% de los trabajadores y trabajadoras del sector sanitario y de atención social desempeñan su labor en entornos laborales violentos, de manera similar al comercio minorista y hostelería (38%) y el sector educativo (36,2%). En otros sectores, la frecuencia baja al 25,8%.
Las expresiones más frecuentes abarcan desde la violencia simbólica, la más sutil y difícil de identificar, que se manifiesta mediante miradas intimidatorias, gestos hostiles o actitudes de desprecio, hasta la violencia verbal, que incluye gritos, amenazas, insultos y descalificaciones dirigidas a minar la autoestima y la dignidad de la persona trabajadora.
En su forma más extrema aparece la violencia física, que comprende agresiones o cualquier uso de la fuerza con fines intimidatorios y que, según los especialistas, suele estar precedida por conductas simbólicas y verbales que contribuyen a generar un entorno laboral hostil.
Según el vínculo existente entre quien ejerce la violencia y quien la sufre, la literatura especializada distingue tres grandes modalidades de violencia laboral. La más frecuente es la violencia interna, que se produce dentro de la propia empresa y puede manifestarse de forma vertical, cuando procede de personas con autoridad o mando, o de forma horizontal, entre compañeros y compañeras de trabajo.
A ella se suma la violencia de servicio, originada en la relación profesional con clientes, usuarios o personas atendidas.
Por último, la violencia externa engloba aquellas agresiones que se producen sin vínculo organizativo ni profesional, ya sea por personas del entorno personal de la víctima que acceden al espacio laboral para ejercer violencia o por terceros sin relación previa, como ocurre en atracos o robos.
Deterioro de la salud
Las consecuencias sobre la salud y las condiciones de vida resultan especialmente graves. El 93,5% de las personas expuestas a entornos violentos percibe un deterioro de la salud mental y cerca del 64% considera que dicho deterioro es grave. También se registran efectos significativos sobre el sueño, la salud física, las relaciones laborales y la continuidad en el empleo.
Entre las víctimas directas, el 64,3% considera que la violencia laboral ha afectado gravemente a su permanencia en el puesto de trabajo, mientras que una de cada cinco llega a plantearse abandonar su empleo. El impacto es especialmente intenso entre las mujeres, que registran los peores indicadores en todos los ámbitos analizados.
El estudio señala asimismo una estrecha relación entre la violencia laboral y determinados factores organizativos. Las personas expuestas describen mayores exigencias emocionales, cargas excesivas de trabajo, falta de previsibilidad, órdenes contradictorias y escaso apoyo de los superiores.
Según los autores, estos elementos contribuyen a generar entornos hostiles donde la violencia encuentra mayores posibilidades de desarrollarse.
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