«Si te hace caso, has salvado a tu hermano»

Lectura del Evangelio según san Mateo (18, 15-20)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
–Si tu hermano o tu hermana te ofende, ve y llámale la atención a solas. Si te hace caso, has ganado a tu hermano o hermana. Si no te hace caso, llama a una o dos personas más, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos [1]. Si no les hace caso, díselo a la comunidad; y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considérala una persona pagana o un publicano.
Les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo.
También les aseguro que, si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre del cielo. Porque donde están dos o tres personas reunidas en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellas.
Comentario
Este párrafo primero que hemos escuchado, son solo cinco renglones ¿cuántos problemas solucionarían en nuestras relaciones? Si suprimimos el chismerío, la crítica, la murmuración, los juicios hacia los demás, la traída y llevada de cuentos… ¿cuántos problemas no su hubieran dado en nuestras casas, en el trabajo, entre los amigos y amigas, entre los vecinos, en las organizaciones, en el movimiento, en la Iglesia?
La vida comunitaria no es uno de los temas claves de la fe y del seguimiento de Jesús, es el tema, es la «prueba del algodón» que verifica que la fraternidad es signo de lo que se cree y elemento evangelizador «para que el mundo crea» (Jn 17, 21).
Jesús vivió su opción fundamental desde las relaciones «constituyentes de Hijo del creador y Padre y hermano de los seres humanos, empezando por sus vecinos pobres y despreciados»[2]. Desde este lugar se entiende la importancia que tenía para él el cuidar a las personas más pobres, curar heridas, expulsar la maldad que marginaba y generaba violencia, y recrear relaciones fraternales y solidarias.
Esta perspectiva comunitaria de Jesús siempre estuvo clara, y los evangelistas van recopilando frases, parábolas y actos de Jesús que expresan su preocupación por las relaciones entre sus discípulos y cómo entendía las relaciones entre los seres humanos. Mateo recopila algunas en esta cuarta gran catequesis «el discurso comunitario».
La vida comunitaria no es para Jesús, y así aparece en Mateo y en el resto de los evangelistas, algo tangencial. No. La vivencia de la comunidad es fundamental en la vida cristiana. No nos llama Jesús a vivir una fe individualista, personal. No nos invita a una espiritualidad, a una mística en la unión con Dios Trino, donde lo que nos ocurre a nuestro alrededor nos estorba o distrae. Aquellos que nos rodean, son condición de posibilidad de encuentro con el Dios de Jesús, el Dios del reino.
El papa Francisco tiene una cruzada contra aquellas cosas que rompen la vida comunitaria de la Iglesia y con la sencillez de su lenguaje nos dice: «Una parroquia de chismosos y chismosas es una comunidad incapaz de dar testimonio». Y recordó que los apóstoles fueron pecadores (Pedro, el primer Papa, traicionó a Jesús), pero no fueron chismosos[3]. La clave está en no romper la fraternidad y ese es el gran peligro, si le damos más importancia al cumplimiento de normas que el cuidado de la fraternidad hemos roto lo fundamental del reino del Abba. ¿Realmente nos preocupa el cuidado de la vida comunitaria, la fraternidad? «La calidad evangélica de las relaciones comunitarias es decisiva para el testimonio que el pueblo de Dios está llamado a dar en la historia» (Documento final del sínodo sobre sinodalidad, 50).
Hay tres lugares claves en el evangelio para el encuentro con Jesús, encuentro real: la eucaristía: «esto es mi cuerpo» (Lc 22, 19). En la comunidad, hoy lo hemos escuchado en el evangelio de Mateo: «Porque donde están dos o tres personas reunidas en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellas» (Mt 18, 20) y en las personas empobrecidos: «porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed… lo que hicieron a uno de estos pequeños, a mí me lo hicieron» (Mt 25)… no podemos elegir el encuentro con Jesús en el lugar más cómodo. Nuestra fe es comunitaria y solidaria, el encuentro con Dios se da en la horizontalidad de la vida, en la realidad, en la historia cotidiana… en la comunidad.
El Evangelio de hoy nos recuerda la importancia de la vida comunitaria, y uno de los consejos que nos da es clave para su cuidado. Pero también nos recuerda el «poder», la fuerza que da el estar juntos, el rezar juntos, el participar juntos, el sentirnos comunidad en la que nos necesitamos unos a otros.
La renovación de la Iglesia pasa por reconocer a Jesús como el centro de la vida de fe, vivir el seguimiento y vivirlo en comunidad, como acto comunitario, como experiencia de fraternidad, como pueblo convocado y salvado, y unidos en el amor y en el amor solucionar nuestros conflictos para no romper la fraternidad signo de la presencia del Padre.
Jesús era «todo de su Padre y todo para los demás» y eso era un todo inseparable, por lo tanto, las relaciones fraternas eran claves, hacían posible y verificable que eso fuera un todo único e inseparable en su mística [4].
«Porque la persona humana más crece, más madura y más se santifica a medida que entra en relación, cuando sale de sí misma para vivir en comunión con Dios, con los demás y con todas las criaturas. Así asume en su propia existencia ese dinamismo trinitario que Dios ha impreso en ella desde su creación. Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad» (Papa Francisco, Laudato si’ 240).
[1] Dt 19, 15.
[2] Pedro Trigo. Jesús, nuestro hermano. Acercamientos orgánicos y situados a Jesús de Nazaret. Sal Terrae. pág. 22.
[3] Visita del papa Francisco a la parroquia romana de Sta. Mª Setteville (15/1/2017).
[4] Pedro Trigo, oc. pág. 26, «La transitividad trascendente de Jesús».
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