Agradecer y vivir el susurro eterno de la paz

Agradecer y vivir el susurro eterno de la paz
Foto | Nataliia Vintonyak (vecteezy)

El mes de mayo ha sido muy frío. Esa mañana habíamos quedado muy temprano a la entrada de la comisaría con la esperanza de poner su huella. La huella que le permitiría obtener la TIE (tarjeta de identificación de extranjero). Tras su llegada en 2020 al muelle de Arguineguín, por fin podría acceder a una residencia que le permitiría ser visible para la sociedad, vivir y trabajar sin miedo. Al llegar, me sorprendió verle con la cara entre las manos, pensativo. A mi cariñoso saludo respondió con una sonrisa cansada y triste. Sentí que algo no iba bien. «No puedo poner la huella porque la empresa que me hizo el precontrato me ha dado la baja en la seguridad social». Enmudecí. Pero enseguida quise saber por qué y comencé a preguntar, ansiosa: ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? ¡Sinvergüenzas! ¿Pasó algo?

¡Cuéntamelo! Su silencio me resultaba angustioso y seguía preguntando. Ya sabía que no me miraba a la cara porque en su cultura esto es signo de respeto, pero no entendía tanto silencio. No, hasta que me di cuenta del ruido mental que yo traía, de la ansiedad que mostraba con mis preguntas, de la violencia interior que me llevaba a estar más pendiente de expresar mi enfado que de él y de sus sentimientos. Hasta que aprendí a ver más allá, percibir su dolor y compartir su desaliento. Entonces fui capaz de callar, de comprender cómo se sentía, de entender su silencio. Solo entonces pude estar a su lado y acompañarle. La paz se había hecho hueco en mi mente y en mi corazón y eso le permitió abrirse, confiar y contarme lo que le había ocurrido.

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