Un viaje papal ambicioso abierto al espíritu

Un viaje papal ambicioso abierto al espíritu
La visita del Papa, autoridad religiosa de alcance mundial y jefe de un Estado atípico despierta inevitablemente la atención mediática e implica una gran movilización material y humana, más en un país que no solo arrastra una historia muy particular sino que atraviesa una coyuntura, como tantos otros, ciertamente delicada.

Madrid se ha preparado para el viaje apostólico con un mayoritario entusiasmo que comparten todas las administraciones públicas, las altas esferas eclesiales y una inmensa feligresía necesitada de aliento para abrirse paso en medio de la polarización e incertidumbres de nuestro tiempo.

La agenda papal incluye actos masivos que van a dar pie a todo tipo de comparaciones, empezando por las de otras giras pontificias, con las que comparte ambición y grandes similitudes, y terminando con los macroeventos deportivos, musicales y sociales que periódicamente abarrotan el espacio público.

Difícil deshacerse de la idea de que la ciudad se ha convertido en un gran parque temático, donde también caben grandes manifestaciones de fe, que, como la fiebre en la infancia, estimulan rápidamente el crecimiento, puede que de manera desordenada.

Tal vez para compensar, aunque hay que conceder que existe un genuino interés y sincera preocupación por la realidad social en León XIV, el programa acoge también encuentros muy significativos, menos espectaculares, pero muy familiares para las comunidades cristianas de todos los tiempos.

No faltan críticas y objeciones, absolutamente legítimas, algunas más que certeras, tanto dentro como fuera de la Iglesia, como corresponde a un Pueblo de Dios que sigue avanzando, no sin contradicciones y tensiones, por una historia que parece haberse acelerado, y un mundo plural, a veces desconcertante, en el que el fenómeno religioso parece reemerger con su ambigüedad intrínseca.

Por más que finalmente las víctimas de la propia Iglesia tengan un hueco en la visita, sigue existiendo grandes desequilibrios en el programa. No está previsto un acercamiento a quienes, sinceramente movidos por su fe, reclaman la igualdad entre hombres y mujeres o luchan por la justicia social junto a los movimiento sociales más informales y menos gratos al poder y a las mayorías complacientes.

Aunque este viaje apostólico pueda parecer a primera vista repetir esquemas pasados y triunfalismos de corto recorrido, nunca pueden darse por descartados imprevistos y giros de guión cuando del sucesor de Pedro se trata.

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Más aún, teniendo en cuenta el merecido prestigio internacional que se ha ganado Robert Prevost en su todavía corto y naciente pontificado y su inicial sintonía con el añorado papa Francisco, quien, según parece, no encontró el respaldo que esperaba de la maquinaria eclesial de nuestro país, ni mereció la confianza de polos muy influyentes del catolicismo patrio más impermeable.

Es misión del santo padre confirmar al pueblo de Dios en su fe, pero también lo es el validar las intuiciones de la comunidad de creyentes y las innovaciones radicalmente evangélicas, además de avivar la misión en comunión que trasciende las paredes de los templos hasta llegar al latido mismo del corazón de quienes más sufren y menos tienen y sostener la esperanza de que ni el mal ni la muerte tienen la última palabra.

Conviene no olvidar que la senda del Evangelio y el encuentro con Jesucristo, referente último y único Señor para la comunidad cristiana, siempre desconcierta y hace nuevas todas las cosas, sin dejarse anquilosar ni atrapar por intereses particulares y terrenalmente mundanos.

No está escrito, por atada que esté su agenda, que León XIV, en su periplo por nuestra tierra, no pueda contribuir a derribar muros de incomprensión y tejer vínculos de fraternidad que renueven su compromiso por el cuidado de la dignidad humana y la casa común. Los caminos del Señor son inescrutables.