Los movimientos populares como poesía social, “tan necesaria como el pan de cada día”

La presentación del libro Francisco, del que Rafael Díaz-Salazar es editor, en el Centro Pastoral San Carlos Borromeo de Entrevías, no solo sirvió para medir el impacto global del añorado Bergoglio, sino también la vigencia de sus intuiciones.
Fundamentalmente, la identificación de los llamados movimientos populares como reserva de sabiduría comunitaria, fuente de esperanza e impulsores del cambio social. A ellos se refirió también como “poetas sociales” que edifican las ilusiones colectivas de quienes la historia da por descartados.
Díaz-Salazar, en la que es la segunda presentación de este libro en Madrid tras la celebrada en el Ateneo La Maliciosa, no solo ha compilado las intervenciones del papa Francisco en los encuentros mundiales con los movimientos populares, sino que ha analizado su trascendencia dentro del pensamiento cristiano y su acogida incluso fuera de las comunidades de creyentes.
Recordó que el papa Francisco encarnó, como otras grandes figuras históricas, el potencial humanizador y transformador del mensaje cristiano, no solo en el plano discursivo, sino -especialmente- también práctico y hasta institucional, a pesar de las resistencias internas y férrea oposición de importantes poderes fácticos, incluyendo a parte de la propia curia.
En este sentido, la cercanía y valoración que Francisco siempre profesó por los movimientos populares ha de entenderse como su apuesta por la generación de una “contracultura alternativa al sistema dominante, de nuevas formas de vida y de nuevo marcos de pensamiento.
Recordó que el Papa no quería “pobres domesticados e inofensivos” siempre dependientes de las tradicionales instituciones de caridad promovidas tan a menudo por la propia Iglesia y por parte de una socialdemocracia corta de miras.
Más bien, abogada por atender la capacidad subversiva de las personas empobrecidas, autoorganizadas capaces de sostener prácticas de desobediencia y no violencia y alumbrar nuevas respuestas a las necesidades y demandas sociales.
“Sin conflicto no hay cambio”, afirmó, reivindicando la dimensión política de estos movimientos frente al “uso cínico de la cristiandad” por parte de quienes instrumentalizan la fe para mantener privilegios.
Como ejemplo de esa fuerza transformadora, destacó la regularización impulsada por colectivos migrantes: aunque apoyada por entidades del tercer sector, fueron las propias personas migrantes quienes han logrado que fuera puesta en marcha, a pesar de que la composición del Parlamento desalentó a buena parte de entidades del Tercer Sector.
También reconoció que Francisco no avanzó tanto como muchos esperaban en la cuestión de la mujer en la Iglesia, lo que ha de entenderse precisamente como un recordatorio de que, después de todo, las grandes transformaciones siempre dependen de la energía colectiva.
Como afirmó luego, Patuca Fernández, abogada de Coordinadora de Barrios e integrante de la comunidad de san Carlos Borromeo, “el cambio tendrá que ir a San Pedro, no esperar que venga de allí”.
Helena Maleno: la Palabra encarnada en las vidas heridas
La fundadora de Caminando Fronteras, Helena Maleno, centró su intervención en la capacidad del Papa para “aterrizar la Palabra de Dios aquí abajo”, convirtiéndola en una luz que nace de las vidas maltratadas y de las luchas sociales.
Relató el momento en que tuvo la ocasión de presentar al santo padre el informe del colectivo “Caminando Fronteras” sobre las víctimas en la frontera.
“Francisco se puso a rezar”, describió, un gesto que hizo comprender que veía lo mismo que habían visto los familiares de las personas muertas o desaparecidas, que sufría lo mismo que ellas.
Maleno subrayó que, pese a ser un líder de la Iglesia con enorme carisma, “no deshumanizaba a Dios”, sino que reconocía su humanidad en quienes son perseguidos, criminalizados o discriminados.
Frente a otros que “en nombre de Dios matan, declaran guerras o impulsan genocidios”, Francisco situaba la fe del lado de la dignidad vulnerada y de quienes resisten en los márgenes.
Luis García Montero: Un Papa lorquiano
El director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, admitió los recelos iniciales, a raíz de su actuación durante la dictadura argentina, en el primer acercamiento a la figura del papa Francisco, hasta la colaboración prestada en la edición de un libro sobre Borges: El papa Francisco, Borges y la literatura, editado por el Instituto Cervantes.
De hecho, García Montero que le llevó una copia con la traducción a veintisiete lenguas originarias de América del poema “Grito hacia Roma”, insistió en que el Papa se había hecho lorquiano, gracias a Poeta en Nueva York, escrito durante el crack de 1929 por el poeta granadino, en que compuso el verso: porque queremos el pan nuestro de cada día.
De Francisco quiso destacar, además de su amor por la literatura y su amistad con Borges su empeño en pensar la globalización desde las periferias, “fuera del centro”, donde “los malestares de muchos se entrelazan con los beneficios de unos pocos”.
Definió a Bergoglio como alguien “más partidario de Cristo y de los necesitados que del clericalismo”, profundamente crítico con una Iglesia oficial demasiado cercana al poder. Alabó su valiente denuncia de la conversión de las democracias en “nuevas dictaduras sigilosas”, que en el trumpismo han perdido ya el pudor para imponer la ley del más fuerte y la homogeneización impulsada por el autoritarismo de las élites.
También contrapuso el papel de Pío XI en la Italia de Mussolini al encarnado por el papa Francisco en su defensa de los derechos humanos, el pacifismo, el anticristianismo y la denuncia de las fronteras agresivas.
Patuca Fernández: una brújula ética desde las fronteras
La abogada y militante de los derechos humanos Patuca Fernández propuso leer el legado de Francisco como una “catequesis” para los próximos años, centrada en ir a las fronteras “para no domesticarlas ni traerlas a casa, sino para estar en ellas escuchando”, como hacía el Papa con los movimientos populares.
Subrayó que su mirada no era emergente ni reactiva, sino sistémica, capaz de identificar en cada herida social un síntoma del capitalismo que mata y de esa “dictadura sutil” que denunciaron otros ponentes.
Reivindicó una economía entendida no como acumulación en manos de unos pocos, sino como redistribución justa de la riqueza de la casa común. Frente a la religiosidad individualista, defendió la fuerza de los movimientos comunitarios; frente a la acción epidérmica, el compromiso sostenido.
Les recordó, en su encuentro con ella misma y con Helena Meleno, precisamente acusada injustamente de tráfico de personas por los Gobiernos español y marroquí, que “proteger la vida es legítimo y bueno a los ojos de Dios”, incluso cuando esa defensa —como en el caso de Maleno— implica persecución por parte de Estados.
El anterior pontífice, recordó Maleno, situó la acogida como eje moral del norte global. Evocó la experiencia de San Carlos Borromeo, donde “hicimos del templo la casa y de la calle el templo, porque sagradas son las personas vulneradas que habitan en ella”, a lo que el papa Francisco respondió asintiendo complacido.
Francisco no quería tanto confirmar la fe que ya tenían, como reforzar su vocación de estar “donde se juega la dignidad”, guiados por la “brújula ética de los movimientos populares y los saberes del sur”.
Tras las intervenciones hubo tiempo también para el coloquio con las personas asistentes que mostraron gran interés por aproximarse a esta faceta menos deslumbrante del pontificado del papa Francisco, pero sin duda alguna, parafraseando al poeta Gabriel Celaya, cargada de futuro.
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