León XIV y las migraciones. Ovación en el Parlamento, cerrojo en las fronteras

Hay imágenes que resumen una época. Una de ellas es la del papa León XIV, Robert Prevost, hablando en el Congreso de los Diputados mientras la Cámara entera se pone en pie. Aplaude la izquierda y la derecha. Aplauden los nacionalistas y los centralistas. Aplauden quienes defienden la regularización de inmigrantes y quienes la combaten. Aplauden incluso quienes, al salir del hemiciclo, volverán a pedir más muros, más controles y más restricciones. La escena tiene algo de ceremonia religiosa y más de teatro político. Sobre todo, tiene mucho de paradoja.
Porque el Papa vino a España y habló de inmigración sin rodeos. No guardó silencio, no utilizó eufemismos ni se refugió en abstracciones diplomáticas. (Para estos juegos ya tenía otros campos). Se mojó. Y lo hizo precisamente cuando España tramita una regularización extraordinaria de cientos de miles de migrantes — ya se habla de casi un millón de solicitudes— y cuando la Unión Europea acelera la maquinaria del llamado Reglamento del Retorno, concebido para facilitar expulsiones y endurecer los mecanismos de control migratorio.
El Papa que habló de personas, no de cifras
La frase más contundente la pronunció en Canarias, uno de los lugares donde la inmigración deja de ser una estadística y se convierte en rostro, naufragio y supervivencia: “Queridos migrantes, quiero inclinarme ante su dignidad”.
Lo dijo en Arguineguín, frente a uno de los principales puntos de llegada de quienes cruzan el Atlántico en cayuco. Y añadió que la dignidad humana no depende de pasaportes ni de fronteras. También denunció la indiferencia ante quienes mueren en el mar y reprochó a Europa la contradicción de proclamar los derechos humanos mientras permite que el Mediterráneo y el Atlántico se conviertan en “cementerios sin lápidas”.
No fue una frase aislada. Durante toda su visita insistió en que la política debe colocar a las personas en el centro y no convertirlas en expedientes administrativos. En Tenerife fue todavía más lejos: “La acogida abre la puerta; la integración ayuda a cruzar el umbral. La asistencia coloca bálsamo en la herida y la integración reconstruye el futuro”.
No es una defensa ingenua de fronteras abiertas. También habló de responsabilidad compartida, del deber de aprender la lengua, respetar las leyes y participar en la vida común. Pero el eje de su mensaje era inequívoco: primero la dignidad humana, después todo lo demás.
La extraña unanimidad del aplauso
Lo sorprendente no fue que el Papa dijera esas cosas. Lo sorprendente fue quiénes las aplaudieron. En el Congreso recibió una de las mayores ovaciones que se recuerdan. Sus referencias a la acogida de los migrantes, a la lucha contra la discriminación y a la necesidad de superar la llamada “prioridad nacional” fueron recibidas con entusiasmo casi unánime.
Sin embargo, apenas se apagaron los aplausos, la política española regresó a sus trincheras habituales. El Gobierno siguió defendiendo la regularización en justicia. Vox continuó denunciándola. En varias comunidades gobernadas por el Partido Popular prosiguieron las tensiones sobre los sistemas de acogida y el reparto de menores migrantes. Mientras tanto, desde distintos sectores conservadores se insiste en fórmulas que, con distintos matices, priorizan al nacional frente al recién llegado.
Todo ello mientras se proclama admiración por el Papa. La contradicción es tan evidente que resulta hasta cómica. O trágica. O ambas cosas a la vez.
La política del incienso
Existe una larga tradición política, y no solo en España: invitar a una autoridad moral, escucharla con solemnidad y después ignorarla olímpicamente. Es una técnica refinada. Requiere cierta elegancia institucional. Primero se organiza el acto. Después se habla de la importancia histórica del momento. Luego llegan las ovaciones. Y finalmente se archivan las palabras en la misma estantería donde descansan los discursos sobre el hambre en el mundo, la pobreza infantil o el cambio climático.
Nadie quiere aparecer como enemigo de la dignidad humana. Pero tampoco demasiados políticos quieren que esa dignidad tenga consecuencias presupuestarias, administrativas o electorales.
Por eso el Papa fue recibido casi como una figura decorativa de lujo: una conciencia moral que puede ser celebrada siempre que no obligue a modificar una sola política.
Europa y Estados Unidos: el mismo dilema
La paradoja no es exclusivamente española. Estados Unidos vive desde hace años atrapado entre la necesidad económica de la inmigración y una creciente presión política para restringirla. La de Trump es, sin duda, la más cruel y desalmada. Europa atraviesa exactamente el mismo conflicto. Las sociedades envejecen. Faltan trabajadores en numerosos sectores. Las economías necesitan mano de obra. Pero al mismo tiempo prosperan discursos que presentan al migrante como amenaza cultural, económica o identitaria.
Es un fenómeno curioso. Los países necesitan inmigración. Las empresas la necesitan. Los sistemas de pensiones la necesitan. Los hospitales la necesitan. Los campos la necesitan. Los hoteles la necesitan. Pero muchos políticos han descubierto que también necesitan votos. Y los votos, habitualmente, parecen llegar más rápido con el miedo que con pedagogía.
Por eso el debate migratorio se ha convertido en una especie de competición internacional para ver quién promete ser más duro sin explicar demasiado cómo funcionaría la economía sin los trabajadores que pretende expulsar.
El problema de la coherencia
Quizá el aspecto más incómodo de la visita papal fue precisamente ese. León XIV habló también sobre otros temas desde una posición difícil de conciliar con la ley española como el aborto o la eutanasia. Defendió principios que incomodan a distintos sectores aun religiosos. Pero en inmigración fue extraordinariamente claro.
Y ahí apareció el viejo problema de la coherencia. Resulta sencillo aplaudir al Papa cuando habla de los valores que coinciden con los propios. Más complicado es hacerlo cuando cuestiona nuestras certezas.
La escena de algunos dirigentes ovacionando un discurso que desautoriza buena parte de sus planteamientos migratorios tiene algo de surrealismo parlamentario. Como un vegetariano presidiendo la feria del chuletón.
Entonces, ¿sirve esto para algo?
La pregunta es legítima. ¿Para qué sirve invitar al Papa a que hable al Parlamento si después nadie parece dispuesto a escucharlo?
La respuesta quizá sea menos pesimista de lo que parece. Las palabras no cambian las leyes de inmediato. Tampoco modifican presupuestos ni reglamentos europeos. Pero ayudan a fijar un marco moral.
Y eso —sin entrar ahora en razones que pudieran justificar o levantar interrogantes sobre la presencia de un representante religioso en un parlamento aconfesional— quizás importa. Importa, al menos, porque recordó algo elemental en medio del ruido político: que detrás de cada expediente hay una persona.
Importa porque obligó a muchos dirigentes a retratarse. Importa porque dejó registradas frases que seguirán incomodando cuando las cámaras ya se hayan apagado. Y quizá importe, sobre todo, porque evidencia una contradicción que ya no puede ocultarse fácilmente. La contradicción entre aplaudir la dignidad humana y practicar políticas que la humillan. Entre celebrar la acogida y dificultarla. Entre admirar al Papa y despreciar los valores que representa.
Al final, tal vez la gran utilidad de esta visita no sea convencer a los convencidos ni convertir a los adversarios. Quizá su valor consista en haber dejado una pregunta suspendida sobre la política mundial, europea y española: Si todos se levantan para aplaudir cuando alguien defiende la dignidad de las personas migrantes, ¿por qué diablos cuesta tanto ponerse de acuerdo cuando llega la hora de protegerla?
Esa pregunta, mucho más que los aplausos, es la que sigue resonando ahora que el Papa ya ha regresado a Roma. Y sospechosamente nadie parece tener demasiada prisa por responderla.
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