Tecnoligarquía y privatización de la soberanía: la nueva fase del capitalismo
Soberanía privatizada, la tecnoligarquía en marcha
Empecemos con una conclusión: privatizar la soberanía se entiende en una dirección concreta: los dirigentes de grandes empresas tecnológicas están decidiendo temas que van a afectar a millones de personas, sin haber sido elegidos en procesos democráticos. Algunos autores hablan de tecnofeudalismo para referirse a esta situación. C. Durand (Tecnofeudalismo. Crítica de la economía digital, Palinodia, Madrid, 2021) indica la extracción de rentas por parte de los tecnoligarcas mediante el control de datos. Y. Varoufakis (Tecnofeudalismo, Deusto, Barcelona, 2024) subraya que las plataformas tecnológicas han relevado partes de la lógica capitalista por relaciones de dependencia que se asemejan a las feudales. Un concepto discutible que radica, en esencia, en la expansión de la inteligencia artificial.
La inserción en sistemas complejos por la necesidad de cruzar y poder interpretar millones de datos, da a los tecnoligarcas un poder clave: no tienen competencia de otros actores con capitalizaciones menores y con recursos tecnológicos inferiores. Esto es nuevo en un sentido: los capitalistas industriales ejercían un dominio importante sobre los principales resortes económicos, pero su grado de influencia social tenía límites, marcados por las propias dinámicas de las sociedades y de las economías industriales. La eclosión de los servicios, con todas sus complejas derivadas, ha dinamitado esta visión tradicional. Y esos nuevos grandes capitalistas tienen procesos de acumulación relativamente rápidos, en buen grado de carácter especulativo, sin descuidar sus proyectos vinculados a la Industria 4.0. Los beneficios son escandalosos, y las sumas patrimoniales en poco tiempo son insólitas.
Los recientes datos conocidos de la fortuna de Elon Musk son tan llamativos como obscenos. Según Oxfam, la riqueza personal del tecnoligarca ha aumentado a un ritmo superior a un millón de dólares por minuto en el último año. Esto recoge el incremento estimado del empuje de las acciones de Tesla, SpaceX y otras empresas de Musk. El origen de esta expansión desproporcionada se relaciona con sus contratos con la Administración Trump, a pesar de sus teatrales desavenencias. La sintonía del capital es absoluta; su vinculación al capital público –este que tanto se suele criticar– es palmaria. Esta situación de Musk no es exclusiva. Otros tecnoligarcas se hallan en escenarios parecidos. Sus generosas donaciones a la campaña de los republicanos, y particularmente su apuesta por Trump, les moviliza para reclamar las facturas correspondientes: las que debe devengar la administración federal en forma de concesiones en proyectos considerados como estratégicos y que abrazan preferentemente la industria militar y la aeroespacial.
Estamos ante una nueva fase del desarrollo capitalista, caracterizada por una elevada concentración del capital tecnológico. Y con otro rasgo característico: la amenaza a los sistemas democráticos por el control de la información y la capacidad financiera para depredar medios de comunicación. Se ha visto y se ve en Estados Unidos; y se aprecia igualmente en Europa. El pretexto: enfrentarse al crecimiento de China y a su gradual dominio en los mercados.
En 2016, Peter Thiel, desde el Silicon Valley, ya apostó con fuerza para frenar el empuje chino, observado como un peligro económico real. Para obtener ese objetivo, se arbitraron medidas concretas: por un lado, el veto contra Huawei –en 2019–; por otro, una privatización efectiva de la administración en forma de contratos particulares, que brindan generosos emolumentos y posibilidades efectivas de contactos a quienes los suscriben. Esto ha sido advertido por la periodista Ana Swanson, especializada en política industrial y en las relaciones entre Estados Unidos y China (The New York Times, del 13 de marzo de 2026). Hablamos –señala Swanson– de poder acceder, desde el ámbito privado, a 200 mil millones de dólares de inversión pública durante tres años, con accesos privilegiados y la posibilidad de formar redes al más alto nivel. Evidentemente, eludiendo al máximo la responsabilidad fiscal y criticando cualquier movimiento que trate de impulsarla.
En tal sentido, la campaña que se está desplegando contra economistas que están trabajando en los campos de la desigualdad, el cambio climático y la distribución de renta es feroz, a raíz de un trabajo firmado en The Guardian por Olivier De Schutter, Joseph Stiglitz, Jayati Ghosh, Thomas Piketty, Kate Raworth y Jason Hickel. Sobre todo, cuando desde este ámbito heterodoxo se plantean perspectivas plausibles de un impuesto sobre el patrimonio del 2%, de carácter mundial (G. Zucman, Por qué los multimillonarios no pagan impuestos sobre la renta, Cuadernos Anagrama, Barcelona, 2026).
Capitalismo que muta: el poder omnímodo de las nuevas élites
La mutación del capitalismo parece clara en estas células incipientes, pero meridianas, que se están detectando. Debemos recordar que, tras la Segunda Guerra Mundial, en Estados Unidos existía una planificación liderada por profesores e investigadores universitarios, con participación sindical y con la bendición de la administración. El cuadro de decisiones estaba en manos públicas.
El contexto actual parece otro: ahora, los tecnoligarcas y sus terminales, que provienen de consultoras privadas, son quienes marcan la determinación y los proyectos estratégicos en la economía relacionada con las tecnologías avanzadas y con el entramado militar. Se maneja dinero público para alimentar negocios privados. Y con un frontispicio, recordémoslo: ningunear las consecuencias del cambio climático y de la desigualdad en la distribución de rentas. Al mismo tiempo, renegar de lo público en beneficio de lo privado, a pesar de las contradicciones de ese modelo que se promulga (sobre esto: N. Oreskes-E. M. Conway, El gran mito, Capitán Swing, Madrid, 2024).
Estamos ante una nueva élite económica con un enorme poder económico y de influencia, que va mucho más allá de los límites conocidos de la empresa privada. Son grandes empresarios de las ramas tecnológicas que detentan plataformas digitales, inteligencia artificial, potentes redes de comunicación, algunos sectores productivos como la industria del automóvil o la aeroespacial, y que informan sobre hechos consumados en cuanto a posibles proyectos en los que se involucra de manera directa la administración por las acciones lobistas que perpetran esos magnates.
Uno de los máximos dirigentes reclutado desde Wall Street en todos estos procesos en los que participa el Pentágono es George K. Kollitides II, director de la Economic Defense Unit. Se trata de una nueva institución que tiene como objetivo integrar elementos económicos, financieros e industriales en la seguridad nacional de Estados Unidos. Este financiero proviene del capital privado, como alto ejecutivo de la firma Cerberus Capital Management, y tiene la misión de movilizar inversiones estratégicas para robustecer la base industrial estadounidenses.
La cadena causal que se impulsa es esta: el Pentágono redacta las cláusulas, los tecnoligarcas gestionan los fondos de inversión, Palantir escruta la situación, Nvidia suministra informaciones y datos, el Tesoro culmina la burocracia. La historia económica inspira: en una investigación publicada en 2010 por T. Roy en la London School of Economics (Rethinking the Origins of British India: State Formation and Military-Fiscal Undertakings in an Eighteenth Century World Region, Working Papers, 142/10) ya se expone ese esquema de combinación entre los poderes económico, financiero e industrial en una estrategia para la seguridad nacional, con protagonismo de la Compañía de las Indias Orientales del imperio británico, con actividades desde el siglo XVIII hasta su disolución en 1874. Algunos analistas han invocado esta analogía. Es el uso de capital privado y experiencias financieras para apoyar lucrativos objetivos estatales; un híbrido entre Estado y mercado (sobre todo esto, véase E. Morozov, Frente a Pekín, Washington tiene un plan, Le Monde Diplomatique, junio de 2026).
Utopías y burbujas
En la esfera más pública, la estrategia de la tecnoligarquía es diáfana. Conflictos contra la migración, por ejemplo, se alientan sin recato desde X, como se ha observado recientemente en los graves disturbios en Belfast, con la ultraderecha desatada quemando negocios regentados por población no considerada “nacional”. La narrativa es simple, pero muy efectiva. Las derechas compran unos mensajes que son porosos para franjas de población, y que se divulgan a través de redes sociales y medios convencionales de comunicación.
La democracia no parece necesaria cuando el “enemigo” es el “otro”, al que se hace responsable de pretendidas inseguridades y del consumo de recursos públicos, a la vez que se aboga por la reducción drástica de impuestos lesionando justamente esos servicios públicos. Con un telón de fondo: el ensalzamiento de una “libertad” edificada sobre arenosos cimientos.
La utopía ultraliberal está servida. Y los tecnoligarcas ejercen de sumos sacerdotes, con la aquiescencia de determinados poderes públicos, de administraciones concretas que se escoran, sin tapujos, hacia posicionamientos cada vez más ultraconservadores. Esa utopía tiene fundamentos tecnológicos, y una idea clara de que nada debe obstruir un avance imparable, que se vende como beneficioso para todos.
Es decir, nada de regulaciones, ni de auditorías, ni de controles a esos poderes paralelos cuyas riquezas superan el PIB de muchos países. En tal sentido, Musk ha comparado la importancia de establecer presencia humana en Marte con combatir problemas como la pobreza o las enfermedades, vinculando esto a la supervivencia de la especie humana. El reclamo de inversiones para desarrollar más tecnologías que vayan en esa dirección representa un delirio en el que están incurriendo fondos de inversión con financiaciones opacas, un hecho que preocupa al sistema financiero por la posible generación de una burbuja tecnológica. No sabemos a ciencia cierta si nos estamos moviendo en un pavimento en el que puede explosionar una crisis tecnológica por su sobreinversión. Un tema sobre el que un gran economista ya fallecido, Hyman Minsky, escribió analizando crisis económicas auspiciadas en recalentamientos de los activos.
Esa utopía abraza consideraciones de carácter macroeconómico, relacionadas con el desempeño de las economías públicas. Las propuestas que ya se están plasmando desde la ultraderecha siguen en esa senda de un ultraliberalismo sin freno: fiscalidades más bajas con menos tramos en los impuestos sobre la renta, eliminación total de los tributos sobre el Patrimonio y las Sucesiones, contraer el IVA y aportar menos carga fiscal a las empresas. Lo ha expuesto hace pocos días Vox; pero no descarrila con lo que algunos economistas conservadores proponen. Todo esto no cuadra con un ejercicio simple de contabilidad, a no ser que el mensaje opaco que se esconde es la reducción drástica del gasto público y, en especial, del gasto social.
Recordemos que esto supone un mensaje peligroso para los mercados: menos ingresos y posible mantenimiento de los gastos (reducirlos al nivel de la contracción de ingresos puede provocar movilizaciones sociales), conduce a un déficit severo que deberá ser financiado por la emisión de deuda pública. Con elevados intereses y con la sospecha de su devolución. Esto le pasó a Liz Truss, la premier británica asesorada por un gurú titulado en Oxford –poca broma– enaltecido en su momento por la prensa, Kwasi Kwarteng, tras la presentación, en 2022, de un presupuesto muy reducido que contemplaba grandes rebajas fiscales y fiaba los ingresos a las emisiones de deuda. Los inversores no se lo creyeron y ese economista formado en la élite académica duró apenas un mes en el cargo (uno se pregunta qué diablos se les enseña en la Facultad). La libra se desplomó y la crisis política se acentuó.
Pero estas premisas encajan plenamente con los postulados de los tecnoligarcas, cuyo objetivo estratégico es eliminar cualquier obstáculo que impida expandir sus negocios. Y a pesar de que sus beneficios son astronómicos en este momento. Según Bloomberg, los resultados corporativos en Estados Unidos en el primer trimestre de 2026 han aumentado de forma vertiginosa, por encima de previsiones previas establecidas. Esto es extensible a sectores como el inmobiliario, las comunicaciones, la tecnología, la energía, los materiales y los productos industriales. Según la misma fuente, la situación europea es igualmente boyante, si bien menor que en Estados Unidos, en prácticamente todos los sectores considerados.
Esta visión utópica de una realidad tecnologizada al máximo, sin cortapisas democráticas, con gobiernos de perfil autocrático o dictatorial, presentados como ejecutivos positivos que velan por los administrados pero que dejan rienda suelta a los tecno-oligarcas, solo puede ser desvelada y combatida por las armas de la política. En escenarios de gran dificultad, con inundaciones informativas que se sustentan sobre mentiras y falsedades en muchísimas ocasiones, urgen procesos de unidad de los demócratas. Este es el desafío para éstos últimos. Porque ellos no van a cejar hasta obtener sus objetivos.
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Texto original publicado en Economistas Frente a la Crisis.
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Catedrático de Historia e Instituciones Económicas, en el departamento de Economía Aplicada de la Universitat de les Illes Balears. Doctor en Historia por la Universitat de les Illes Balears y doctor en Ciencias Económicas por la Universitat de Barcelona. Miembro de Economistas Frente a la Crisis



