Entre molinos, barrancos y proyectos de país

Hay momentos en que la política parece un inmenso tablero de ajedrez donde cada movimiento busca anticiparse al siguiente. Desde hace años, una parte importante del debate público gira alrededor de las investigaciones judiciales, las filtraciones, los informes policiales y las acusaciones de corrupción. En ese escenario, Alberto Núñez Feijóo ha realizado en distintas ocasiones afirmaciones que, semanas o meses después, han coincidido con nuevos informes, dimisiones o avances judiciales. Para unos, esa coincidencia demuestra capacidad de análisis; para otros, despierta preguntas sobre el origen de la información. Entre ambas posiciones permanece un espacio donde conviene ejercer la prudencia.
Pensar que un gran partido político dispone de un equipo especializado en recopilar información, analizar documentos, estudiar comparecencias y preparar la estrategia parlamentaria resulta casi una obviedad. Así funciona cualquier organización que aspire a gobernar. También es razonable imaginar que personas vinculadas a la Administración, movidas por diferentes razones, hagan llegar información por cauces legales o incluso mediante filtraciones cuya procedencia rara vez termina esclarecida. Lo que ya no resulta razonable es convertir esas posibilidades en certezas sin pruebas que las sostengan.
Sin embargo, quizá la cuestión más interesante no sea cómo conocía la oposición determinados asuntos antes de hacerse públicos, sino por qué durante tanto tiempo la política parece haberse instalado en la investigación permanente del adversario. Fiscalizar al Gobierno es una obligación democrática, del mismo modo que gobernar exige rendir cuentas. Pero una democracia madura también necesita algo más que vigilancia: necesita un horizonte.
En este punto resulta inevitable recordar a Don Quijote. Su grandeza nunca estuvo en vencer gigantes, sino en creer que el mundo podía ser mejor de lo que era. Su idealismo, tantas veces ridiculizado, nacía de la convicción de que la justicia debía servir para construir una sociedad más noble. A su lado caminaba Sancho Panza, recordándole que los sueños solo tienen sentido cuando también se llena la despensa. Entre ambos existía un equilibrio que hoy parece haberse perdido: la capacidad de denunciar las injusticias sin olvidar la obligación de imaginar un futuro.
Quizá, si esa historia hubiera comenzado en cualquier plaza de Canarias, habría aparecido también Pepe Monagas para poner los pies sobre la tierra con esa ironía tan nuestra que desarma sin ofender. Habría observado cómo unos dedican el día entero a descubrir quién caerá mañana, mientras otros responden preguntando quién filtró la noticia antes de tiempo. Y, con una sonrisa apenas insinuada, habría señalado que, mientras todos miran el tejado del vecino, la casa común sigue necesitando pintura, cimientos y un proyecto para quienes vivirán en ella.
Porque un país no puede sostenerse únicamente sobre la denuncia permanente. La corrupción debe investigarse con todo el rigor, sin importar el partido al que afecte. La justicia debe actuar con independencia y quien haya cometido un delito debe responder por él. Pero la política no puede agotarse en la espera del próximo informe policial ni del siguiente titular.
Los ciudadanos también esperan respuestas sobre la vivienda, el empleo, la educación, la sanidad, las pensiones, la productividad y un modelo económico donde la economía popular –la de quienes buscan una oportunidad para trabajar, la de quienes viven de su esfuerzo diario, la de los autónomos, los pequeños empresarios, los pensionistas y las familias que sostienen este país– marche con la misma fuerza con la que tantas veces se celebra la economía financiera.
Porque de poco sirve presumir de que la macroeconomía va como un cañón si demasiadas personas siguen contando las monedas para llegar a fin de mes. La verdadera prosperidad no se mide únicamente por el comportamiento de los mercados o el crecimiento del PIB, sino por la tranquilidad con la que vive su gente, por la dignidad de un salario, por la seguridad de un techo y por la capacidad de una comunidad para que nadie quede atrás.
La oposición tiene el deber de controlar al Gobierno. El Gobierno tiene el deber de gobernar. Y ambos comparten una responsabilidad superior: ofrecer un proyecto de país que trascienda el desgaste cotidiano del adversario. Cuando esa responsabilidad desaparece, la política corre el riesgo de convertirse en un relato donde el siguiente escándalo importa más que la siguiente solución.
Aquí resulta oportuno recordar una idea sencilla de Guillermo Rovirosa: una sociedad no se transforma únicamente denunciando lo que está mal, sino aprendiendo a construir comunidad. Cooperar significa comprender que el bien de uno depende también del bien de los demás. Una nación no avanza porque unos venzan a otros, sino cuando todos descubren que el futuro es una tarea compartida. La política deja entonces de ser una competición permanente para convertirse en un servicio al bien común.
Quizá esa sea la mayor enseñanza que aún nos ofrecen don Quijote, Sancho y el humor inteligente de Pepe Monagas. El primero recuerda que sin ideales una nación pierde el rumbo; el segundo enseña que ningún ideal sobrevive si olvida la realidad de la gente; el tercero invita a desconfiar de quienes convierten la política en un espectáculo donde siempre parece haber un culpable nuevo, pero casi nunca un camino compartido hacia el futuro. Y Rovirosa añade una última pieza: ninguna sociedad prospera cuando cada cual trabaja para sí mismo; solo progresa cuando descubre que la cooperación vale más que la confrontación y que la comunidad siempre es más fuerte que el enfrentamiento.
Al final, la historia juzga menos a quienes señalaron primero un problema que a quienes fueron capaces de resolverlo. Y un país, como cualquier hogar, no prospera porque sus habitantes sepan dónde está el polvo, sino porque alguien decide, de una vez, coger la escoba y empezar a limpiar sin olvidar que, después de barrer, todavía queda la tarea más difícil: construir. Y construir nunca ha sido obra de una sola persona, sino de una comunidad que comparte el mismo horizonte.
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