«El que no toma su cruz no es digno de mí»

«El que no toma su cruz no es digno de mí»

Lectura del Evangelio según san Mateo (10, 37-42)

– El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

– El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí.

– El que quiera conservar la vida, la perderá; y el que pierda por mí, la conservará.

– Quien a ustedes recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado.

– Quien reciba a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta, y quien reciba a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.

– Y quien dé de beber tan solo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, les aseguro que no perderá su recompensa.

Comentario

El reto que se plantea Jesús y quiere transmitir a sus seguidores es que el reino proclamado en las Bienaventuranzas debe extenderse, se debe proclamar hay que transmitirlo. Y lo pone en manos del discipulado a quien le da instrucciones para anunciarlo y lo considera algo apremiante: «los obreros son pocos…».

Pero este reino se construye vinculado a Jesús, repite tres veces «no es digno de mí», es interesante la relación que hay entre la actividad de Jesús que aparece en los capítulos cuatro al nueve y las exigencias del discipulado que hay en este capítulo diez[1]. El discipulado es continuador de la obra de Jesús. Para Mateo la comunidad se construye centrada en Jesús, pero un Jesús que es rechazado por el aparato religioso legal de su pueblo. De alguna manera la nueva comunidad está centrada en Cristo que está presente de forma permanente, y el discipulado, la nueva comunidad, la nueva familia a la que llama «mis hermanos» (Mt 28, 10) tiene que dar continuidad a su obra ligada al reino que aparece en su primer discurso o sermón[2]. Y la clave está en buscar la voluntad del Padre (12, 46) como Jesús.

Lo que Jesús nos plantea en el texto que se nos ofrece hoy es para la misión.

Es desde este planteamiento mateano desde donde hay que entender la radicalidad que plantea: «no es digno de mí». Hablar de radicalidad en el seguimiento de Jesús no está de moda, posiblemente ya forma parte del lenguaje que se dice «decimonónico», como tampoco está de moda hablar de sacrificio son elementos de una espiritualidad que hoy resulta poco entendible. Sin embargo, lo que está claro es que el seguimiento de Jesús y del Jesús crucificado se enmarca en la tradición de la radicalidad que el propio texto de hoy nos plantea.

¿Es, para nosotras y nosotros, creyentes militantes cristianos lo que dice el texto sensato? ¿es sensato para el ambiente en el que me muevo?

Es provocador hoy más que nunca, en una sociedad donde se huye del sacrificio, se huye de las cosas que cuestan y el gran lema publicitario es «te lo ponemos fácil», «con el mínimo esfuerzo»… y donde el catálogo de prioridades está centrado en mí, mi familia, mi trabajo, mi realización personal, mi… Deberes, sacrificio, procesos, paciencia, renuncia, entrega… es un lenguaje anacrónico. Jesús plantea prioridades y las que pide son las que él mismo vive que es hacer la voluntad del Padre. Y el discernimiento requiere mucha generosidad, para alguno sin límites: «haz de mi lo que quieras», decía Carlos de Foucauld.

La espiritualidad del seguimiento requiere una mirada a Jesús, al Jesús que caminaba por los caminos polvorientos de su tierra, con un amor partidista a los no privilegiados, con una buena noticia que nace de «estar lleno del Espíritu Santo». El cristianismo del seguimiento requiere cercanía al que, por apostar por la voluntad del Padre, llegó a una cruz; ¿esto no es radicalismo?, ¿hacer la voluntad del Padre no exige sacrificio, entrega?

En Jesús irrumpe una propuesta de reino que es construcción de la fraternidad en el «ya» de este tiempo de historia, porque el reino «ya está aquí». En Jesús irrumpe un modelo de fraternidad que nos coloca por encima de la igualdad, está marcada por la equidad y nos invita a reconocerle como hermano y a nosotras y nosotros nos reconoce como «hermanos y hermanas» (Mt 28, 10) y ya no somos siervos o siervas somos hijos e hijas, nos ha vinculado al Padre por él y por el Espíritu que nos une.

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Seguir a Jesús requiere ser capaz de encontrarle donde dice que está presente, para otros en ti si eres de la gente pequeña discípula, discípulo; para ti en otras personas que son reconocidas porque te has colado en la mirada del maestro de Nazaret y las reconoces porque ya Él las señaló (Mt 25, 31-46). Seguir a Jesús es construir el reino del Abba en el ya de nuestra historia y nuestro espacio y en las estructuras (EG 202).

Vivir este estilo de vida requiere sacrificio, que no es un deseo de sufrir por sufrir, es amar y amar como Jesús amó, es estrega, renuncia, pobreza, humildad y, por lo tanto, sacrificio. Solo desde el amor se entiende el sacrificio: «Lo que buscamos no es sufrir, sino amar. Amar como amó Jesús»[3].

Importante: la radicalidad evangélica no es rigorismo, el rigorismo nace del miedo, nace de asegurar cosas en esta vida y también en la otra. El rigorismo es convertir la vida de fe en una aseguradora. La radicalidad nace de la libertad de aceptar la llamada de Cristo y ponernos en pie, «poner la mano en el arado y no mirar para detrás» (Lc 9, 62) y esto llena de sentido la vida. La radicalidad evangélica pone el listón en Jesús su vida y sus obras, ponemos «los ojos fijos en él» (Heb 12, 2); y él nos invita a ser más perfectos, más misericordiosos… y el modelo: «El Padre».

Hablar del amor incondicional de Dios, de su ternura y misericordia no puede significar presentar un Dios flojo, sin fuerza, un Cristo sin capacidad transformadora de las personas y de la realidad, una «religión burguesa», como diría Metz, un cristianismo light, emotivo, de efectos especiales y de liturgias estéticas, un Cristo a seguir sin capacidad revolucionaria.

El sacrificio de Jesús es el del grano de trigo que se da, que muere para dar vida (Mt 16, 24-28). Y tiene que llenarnos de alegría evangélica, no hombres y mujeres cuyo sacrificio produce «desencantados con cara de vinagre», como decía el papa Francisco (EG 85).

Este párrafo del Evangelio que hemos leído nos coloca en un planteamiento radical de la fe: cuál es el sentido de nuestra vida, donde la fundamentamos, cuál es la fuente de vida que centra lo que soy, lo que hago, lo que sueño, y siempre habrá vasos de agua fresca que facilitan el camino.

[1] Rafael Aguirre Monasterio y Antonio Rguez. Carmona (2024). Evangelios sinópticos y Hechos de los Apóstoles. Ed. Verbo Divino. Pág. 280ss.
[2] Es interesante que el esquema de Mateo esté fundamentado en cinco discursos (¿Pentateuco, nuevo Moisés?) el primero y clave está centrado en las Bienaventuranzas y el segundo –estamos en él– en el discipulado que tiene que dar continuidad a ese primer discurso.
[3] PBFC 4º Parte. La Espiritualidad (7º Encuesta El sacrificio) pág. 69.

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