«Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo»

«Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo»

Lectura del santo Evangelio según san Juan (20, 19-23)

Aquel mismo domingo, por la tarde, estaban reunidos los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: –La paz esté con ustedes.

Y les mostró las manos y el costado.

Los discípulos, se llenaron de alegría al ver a l Señor. Jesús les dijo de nuevo: –La paz esté con ustedes.

Y añadió: –Como el Padre me ha enviado, yo también los envío a ustedes.

Sopló sobre ellos y les dijo: –Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará; y a quienes se los retengan, Dios se los retendrá.

Comentario

Tres cosas que nos regala Jesús en este relato de aparición: la paz, el envío y el Espíritu. Y la clave está en el soplo que llenó de una vida especial al barro que el creador amasó e hizo al ser humano, como se nos describe en el Génesis, y le hizo especial, semejante a Él.

Jesús, el Resucitado, no solo es la Pascua nueva, él, como el Creador, exhala su aliento y nos recrea, nos invita a participar de la humanidad nueva, del hombre y la mujer nueva. Y su aliento es el Espíritu Santo que nos fortalece, nos renueva y nos ayuda a encontrar los caminos para hacer el reino de Dios hoy.

En todo relato de aparición aparece un elemento clave al final, el envío, he aquí una originalidad de nuestro evangelista Juan. Los otros evangelistas están centrados en el final, la misión es para todos los pueblos, hasta los confines de la tierra. Pero Juan está más preocupado por el «desde dónde», desde el Padre y es la nuestra, la misma misión de Jesús, «igual que el Padre me envió también les envío yo».

La marcha de Jesús es para que, aprendiendo de su forma de ser humano, nosotras y nosotros construyamos la humanidad nueva que Él inauguró. Somos enviados como Jesús, a vivir como Él, a entregar nuestra vida como Él, a ser una buena noticia como Él, a revelar el rostro misericordioso del Padre como Él, a llenar de esperanza el corazón de los empobrecidos de la tierra como Él… es el mismo envío que recibió Jesús el envío que Él nos hace. Y, como decíamos antes, la fuerza del Espíritu nos guía, nos renueva y nos fortalece… para la tarea.

Jesús sigue tomando la iniciativa, él se presenta (ophtê) a pesar de estar encerrados, para que salgan y anuncien, es Él quien transforma el miedo en alegría y su luz ilumina el pecado y abre caminos. Es salir, Iglesia en salida misionera.

El Espíritu Santo inaugura el tiempo de la Iglesia, vivir la fiesta de Pentecostés es tomar consciencia de la presencia comprometida, apasionada de Dios en nuestra historia, y dejando el protagonismo, de su transformación a nosotros y nosotras… con la fuerza de su Espíritu. El sínodo está siendo un Pentecostés clave en este momento de la historia. Una Iglesia centrada en la comunión, en la participación y en la misión que ensancha la tienda para abrir un diálogo desde la escucha al Espíritu colocado en el centro de este proceso sinodal. Donde el papa Francisco quiso que participáramos «todos, todos, todos», dando un protagonismo al laicado y a los distintos ministerios de la Iglesia; ha sido una auténtica renovación.

El Espíritu Santo es la clave que da la igualdad esencial de todos los miembros de la Iglesia, le recibimos por el Bautismo, y todas y todos recibimos el instinto para la verdad (sensus fidei)[1].

Este es el principio de la sinodalidad que nos está siendo costosa, porque requiere conversión[2] pastoral y también espiritual: requiere una dimensión de escucha desde el reconocimiento de que el Espíritu Santo se nos ha dado a cada persona bautizada, y nos empuja a una forma nueva de organizarnos en la Iglesia. Así nos lo dice el documento final: «En términos simples y sintéticos, podemos decir que la sinodalidad es un camino de renovación espiritual y de reforma estructural para hacer a la Iglesia más participativa y misionera, es decir, para hacerla más capaz de caminar con cada hombre y mujer irradiando la luz de Cristo» (28). Uno de los signos sinodales son las mesas redondas, el que preside es el Espíritu.

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Es importante para descubrir «la obra del Espíritu», buscar aquellas metodologías que nos ayuden al diálogo desde el reconocimiento de que todas y todos somos «cartas de Dios», que diría san Pablo. «La conversación en el Espíritu es una herramienta que, aun con sus limitaciones, resulta fructífera para permitir la escucha y el discernimiento de “lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2, 7). […] conversar “en el Espíritu” significa vivir la experiencia de compartir a la luz de la fe y en la búsqueda del querer de Dios, en un clima evangélico en el que el Espíritu Santo puede hacer oír su voz inconfundible» (DF 45).

Los movimientos de Acción Católica hemos aportado también «otra» conversación en el Espíritu, que es la Revisión de Vida. Desde la realidad Dios nos habla y juntos y juntas discernimos en el juzgar y nos comprometemos en la transformación de la realidad desde esa escucha al equipo en el Espíritu y desde su ímpetu dinamizador. No puede haber revisión de vida sin que tengamos presente al Espíritu.

Necesitamos celebrar Pentecostés para, por una parte, no olvidar que cada una, cada uno somos «templos del Espíritu» y que tenemos que cuidar nuestra relación con Él; por otra, cuidar el nosotros y nosotras, los espacios comunitarios, el Espíritu tiene como «lugar» especial la comunidad que se reúne para servir a «su obra», buscar la voluntad del Padre. Decíamos que el Espíritu no «sirve a la Iglesia» es la Iglesia la que debe estar al servicio de la obra del Espíritu.

Por otra parte, necesitamos un pentecostés para anunciar y mostrar a esta sociedad que otro mundo es posible. Hoy tenemos el reto de ser «profecía social» en el cuidado de la fraternidad, de la naturaleza, de la paz.

«Ven Espíritu Santo y llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor».

[1] Documento Final del Sínodo 22.
[2] Esta palabra configura el Documento Final: Llamados a la conversión (Parte 1). Conversión de las relaciones (Parte II). Conversión en los procesos (Parte III). Conversión de los vínculos (Parte IV).

 

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