«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra»

«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra»

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (28, 16-20)

Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, lo adoraron; ellos que habían dudado. Jesús se acercó y se dirigió a ellos con estas palabras:

–Dios me ha dado autoridad plena sobre cielo y tierra. Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos.

Comentario

La diferencia de los dos relatos de Lucas, ciertos paralelismos con el Antiguo Testamento, (el patriarca Henoc y el profeta Elías) y cuentos parecidos de la literatura pagana nos recuerda que no tenemos que entender este relato de una forma literal, hay que buscar su significado: se nos habla de la glorificación de Jesús.

La ascensión forma parte del misterio pascual que es una única realidad, pero nosotros lo desdoblamos en varios aspectos para poder profundizar en su comprensión. Ni la resurrección, ni la ascensión, ni el sentarse a la derecha del Padre, ni la glorificación, ni la venida del Espíritu Santo, son hechos separados.

Se trata de una realidad trascendente que quiere expresar lo mismo de distintas formas y maneras. Los conceptos que le aplicamos son los que utilizamos en esta vida para determinar realidades muy concretas. La realidad trascendente a la que los aplicamos no tiene lugar ni tiempo en la historia; se queda fuera del alcance de la constatación de los sentidos. Jesús ha sido glorificado, está glorificado, la vida de Dios es su vida y su trascendencia no se despega de la tierra, de la humanidad.

Este texto de Mateo que acabamos de escuchar es una síntesis teológica perfecta. No es como el relato de los Hechos, donde Jesús sube al cielo y aparecen unos ángeles que refuerzan la misión, es un texto más centrado en la permanencia de Jesús, no en el Jesús que se va.

Un texto que señala un lugar y tres ideas sencillas y básicas.

El monte como lugar de la divinidad, donde está situado Jesús. Es un monte de Galilea donde Jesús comienza su misión, el lugar del reencuentro después de la dispersión, después del fracaso de la cruz.

Por otra parte, la primera idea de «exaltación», «se me ha dado pleno poder», no es el poder coercitivo, es el reconocimiento, es la expresión de resurrección; el crucificado, por haber cumplido la misión, es reconocido y exaltado.

La segunda idea es la del envío, el seguidor de Jesús no se queda mirando al cielo, hay tarea, hay misión: incorporar a todo el que quiera al proyecto de Jesús, a su estilo de vida, a la construcción de los sueños del Padre. Y el bautismo es entrar en ese proyecto del Padre, como hijos, como el Hijo Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo. La misión como aquello que configura la iglesia y el discipulado: «La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan» (EG 23). El sínodo nos está invitando en todos sus documentos a repensar la misión, a ser audaces para evangelizar en nuestra realidad, en este cambio de época que nos tiene desconcertados.

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La tercera idea es clave: «Yo estaré con ustedes siempre». La permanencia del Señor, una permanencia no solo protectora, que nos lleva a la total confianza, es una presencia que él nos ha señalado también en los Evangelios, una presencia que es tarea en la comunidad «donde haya dos o más reunidos en mi nombre allí estaré yo»; que es entrega y servicio, «pan partido, sangre derramada»; y una presencia que es atención a los más empobrecidos de la tierra: «porque tuve hambre y me dieron de comer… tuve sed…». No podemos perdernos mirando al cielo. Dios sigue en la historia. Una presencia que en tiempos difíciles nos recuerda ese «¡no tengan miedo!» que tanto se repite en el Evangelio.

La Ascensión de Jesús es reconocerle en la historia de una forma distinta, comprometida, es una mirada a la tierra para renovarla, al ser humano para hacerlo nuevo y una forma confiada de relacionarnos con el que nos ha prometido que sigue a nuestro lado para siempre… por eso podemos arriesgar «por la esperanza a la que hemos sido llamados».

Como diría León Felipe, tenemos el tiempo y en nuestras manos esa gubia con la que Dios comenzó la creación, por lo tanto, a primerear como nos dice el papa Francisco.

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