«Yo le pediré al Padre que les dé otro defensor»

Lectura del santo Evangelio según san Juan (4, 15-21)
Si me aman, obedecerán mis mandamientos; y yo rogaré al Padre y les dará otro Defensor, para que esté siempre con ustedes. Es el Espíritu de la verdad que no puede recibir el mundo, porque ni lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, lo conocen porque vive en ustedes y con ustedes está.
No los dejaré huérfanos; regresaré con ustedes. El mundo dejará de verme dentro de poco; ustedes, en cambio, seguirán viéndome, porque yo vivo y ustedes también vivirán. Cuando llegue aquel día reconocerán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes. El que acepta mis mandamientos y los pone en práctica, ese me ama de verdad; y el que me ama será amado por mi Padre. También yo lo amaré y me manifestaré a él.
Comentario
Continuamos con el discurso de despedida con el que Jesús va cerrando sus mensajes antes de su muerte y que quieren llenar de consuelo y de esperanza a sus discípulos abatidos por su marcha.
Un matiz nuevo que aporta a la semana pasada: la clave del amor en el seguimiento de Jesús. Jesús es camino, verdad y vida, amarle no es un acto místico estático, que se regodea en su presencia y visión. Lo que nos aporta Jesús no son doctrinas y palabras a guardar, es todo un proceso personal y comunitario que desarrolla un estilo de vida como el de Él. Su testamento enmarcado en el mandamiento del amor y en su seguimiento, es práctica, es lavar los pies, es pan partido, es vida entregada y derramada, es tarea.
En el texto hay matices interesantes, Jesús relaciona amor con mandamientos, pero coloca una palabra clave «mis», mandamientos, en contraposición a los mandamientos de ley judía. La relación del ser humano con Dios está basada en el amor y no hay mediación de la Ley, el mediador es el propio Jesús, lo que existe es una relación de amor. En Jesús ya no existe sagrado y profano, un mundo de Dios y otro de la tierra y los seres humanos.
Pero da un paso más: Juan habla de que nos envía el «paráclito», esa palabra que se traduce de distintas maneras: el Espíritu del Consuelo, el Defensor, el Valedor. La palabra paráclito indica a alguien a quién se llama para que asista, para que acompañe. En el sentido que Juan le quiere dar es aquel que ayudará a entender el proyecto de Dios y le llama, después, «Espíritu de la verdad». Ese Espíritu está dentro de nosotros y nosotras; el ser humano se convierte en morada de Dios. El ser humano es sagrado y a través del ser humano es sagrada toda la creación.
Vivir como Jesús, seguir a Jesús no es imitarlo. Necesitamos la fuerza del Espíritu al que tenemos que dejarle lugar en nosotros, y que se expanda: «Ensancha el espacio de tu tienda», nos decía aquel primer documento sinodal (DEC) utilizando un texto de Isaías. Que nos invita a imaginar la Iglesia como una tienda llamada a expandirse y a moverse[1], más aún «un hospital de campaña» como decía el papa Francisco.
Y esto es trabajo del Espíritu, que es el que nos tiene que ayudar a buscar las claves de un seguimiento de Jesús en el hoy, ayudarnos a descubrir las claves para interpretar este momento, descubrir lo que Dios quiere de nosotros y nosotras. Por lo tanto, necesitamos oración, discernimiento compartido, «conversación espiritual»[2], para que seamos capaces de alumbrar nuevas formas; para que seamos capaces de construir, en este tiempo de incertidumbre, cambios que sean esperanzadores.
En este tiempo de conversión pastoral, de sinodalidad, el Espíritu[3] cobre un protagonismo especial y necesitamos recuperarle. En el Documento final del Sínodo coloca al Espíritu como aquel que hace Iglesia dando un protagonismo especial a laicado por el bautismo: «Gracias a la unción del Espíritu Santo recibida en el Bautismo (cf. 1 Jn 2, 20.27), todos los creyentes poseen un instinto para la verdad del Evangelio, llamado sensus fidei. Consiste en una cierta connaturalidad con las realidades divinas, basada en el hecho de que en el Espíritu Santo los bautizados «son hechos partícipes de la naturaleza divina» (DF 22).
Estamos en el tiempo del Espíritu y es clave escucharle para descubrir el «querer de Dios», en esa experiencia extraordinaria de «conversar en el Espíritu» donde nunca deja de hacer oír su voz inconfundible (DF 46). Ese Espíritu capaz de hacer nuevo todo; es el Espíritu que nos ayuda para que sea actual nuestro seguimiento de Jesús, nuestra práctica de la fe. Ese Espíritu que actúa en la comunidad y nos invita hacer de cada una de nuestras reuniones, de cualquier tipo y del tamaño que sea una experiencia que siempre acabe diciendo «hemos decidido el Espíritu Santo y nosotras y nosotros…» (Hch 15, 28). Este es el gran reto de la «conversión pastoral» de la Iglesia.
El obispo mártir argentino Enrique Ángel Angelelli Carletti, asesinado por la dictadura argentina por defender a los pobres, decía que los cristianos debemos tener un oído puesto en el pueblo y el otro en el Evangelio; es el Espíritu que hace que esa Palabra no solo sea escuchada sino puesta en práctica hoy y hoy sea alegría para quienes nos rodean, como escuchábamos en la primera lectura.
Jesús nos dice que su presencia no nos faltará. Dice que no nos dejará huérfanos. Es una palabra, «huérfano», que expresa en el mundo del Antiguo Testamento «aquel que está a merced del poderoso», son aquellos con los que se ensaña la injusticia y necesitaban ser defendidos, y así lo hacían los profetas. Jesús dice que no nos deja indefensos. Su fuerza está presente en medio de nosotros y nosotras en este mundo.
El gran reto de la Iglesia hoy es redescubrirnos cada cristiano como «carta de Dios» dictada por el Espíritu que nos habita a «todos, todos, todos», «y a reconocer que la Iglesia –semper reformanda– no puede caminar y renovarse sin el Espíritu Santo y sus sorpresas»[4].
[1] DEC 27.
[2] Documento Final, 45; 105.
[3] “El Espíritu Santo es un guía seguro, y nuestra primera tarea es aprender a discernir su voz, porque Él habla en todos y en todas las cosas” (Intervención del papa Francisco en la Primera Congregación General de la segunda sesión de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, 2 de octubre de 2024).
[4] Idem.
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