“Cuanto más rezo, más ganas tengo de meterme en líos”

Esta es la principal conclusión de la segunda conversación del Fòrum de Cristianisme de Valencia, en la que el salesiano Miguel Gambín y la teóloga Pepa Torres dialogaron sobre las razones para la esperanza en tiempos de incerteza. Dos vidas encarnadas en las periferias que nos revelan que la fe, como el Verbo, solo se vuelve creíble cuando se hace carne
“La esperanza no defrauda”, escribió el papa Francisco al inicio del año jubilar. A diferencia del optimismo, que se basa en las expectativas, “la esperanza es creer que, a pesar de las expectativas, hay razones por las que vale la pena luchar”, subrayó Miguel Gambín. Para ilustrarlo recurrió al profeta Jeremías, que compró un campo justo cuando el ejército babilonio estaba a punto de arrasar Jerusalén, y a Martin Luther King que dijo que “aunque supiera que el mundo va a acabar, aun hoy plantaría mi manzana”. La esperanza no nace de cálculos, sino de una fe que nos hace ver el mundo con los ojos de Dios. Una fe que, lejos de anestesiar, empuja a quien la vive a implicarse hasta las últimas consecuencias en la realidad que le rodea.
La teóloga y activista Pepa Torres tomó el relevo para anclar esa esperanza en cuerpos y situaciones concretas. Cada semana atiende una asesoría legal comunitaria para personas migrantes en Madrid. Allí, en pleno invierno, recibió en una sola semana a tres mujeres expulsadas del aeropuerto de Barajas sin ninguna alternativa real de alojamiento. “Lo que hay en Madrid es una guerra contra los pobres”, se lamentó.
Una de esas noches preguntó a Angélica, una mujer que tres meses antes había vivido la misma situación y que ya contaba con una habitación compartida, qué podían hacer con otra mujer recién llegada a la calle. “Dile que se venga conmigo, mejor una cama compartida que la calle”, le contestó. Esa es la solidaridad que se vive en las periferias, no la de creer que el mundo tiene arreglo, sino la de creer que tiene sentido luchar para que lo tenga, dijo citando la teólogo Javier Vitoria.
Para dar sustento filosófico a esta esperanza de las periferias, Torres rescató a María Zambrano, filósofa española exiliada que escribió sobre la esperanza desde su propio desamparo, haciéndose cargo de su hermana Araceli, que había sido torturada por la Gestapo, y ganándose la vida arreglando bajos y cremalleras. Zambrano describió la esperanza como “un puente sobre toda situación sin salida” que “crece en los pueblos oprimidos y en quienes viven el desamparo, tomando la forma de resistencia generación tras generación”.
La esperanza como bien común
Pepa Torres rechazó cualquier lectura individualista de la esperanza. “No es una propiedad privada, sino un regalo comunitario, un bien común que necesitamos alimentar y sostener en colectivo. De hecho, los lazos comunitarios son hoy más que nunca sacramentos de esperanza”, afirmó.
Solo se puede tener esperanza ante el desahucio de un fondo buitre si hay una comunidad que pasa la noche con esa familia o que está en la puerta a las siete de la mañana antes de que llegue la policía, fue alguno de los ejemplos que puso Torres, que entiende que “gran parte de la desesperanza del Norte global tiene como causa la crisis de lo comunitario, la gran desvinculación que vivimos, el individualismo, la autorreferencialidad que nos lleva muchas veces a no ver más allá de nuestro propio ombligo”.
El gran engaño del individualismo
Miguel Gambín retomó la palabra para señalar al individualismo como el obstáculo principal de la esperanza hoy. “El gran triunfo del neoliberalismo ha sido hacer creer a la persona que siendo individuo y atendiendo a sus caprichos, sería el rey del mambo”, denunció. Una suma de individualidades, argumentó, es incapaz de movilizarse y de sentirse pueblo. Y la religión del consumo individual, por mucho subidón momentáneo que proporcione, no puede sustituir al proyecto comunitario.
Frente a eso, el salesiano reivindicó el proyecto que aparece en los Hechos de los Apóstoles, donde los primeros discípulos lo tenían todo en común. “El cristianismo se concreta en cosas muy materiales: el pan que se da al hambriento, el agua al sediento, el vestido al desnudo”, recordó. Y la credibilidad del Buen Samaritano, añadió, no reside en sus buenas intenciones sino en algo mucho más prosaico: el tiempo que dedica, los recursos que destina, el dinero que entrega en la posada. “Ser cristiano es ser pueblo, lo hemos olvidado”.
Ser signo de esperanza, dijo, significa estar en lo pequeño y en lo cotidiano: en la lucha por la vivienda, en la defensa de los derechos de las personas migrantes, en la construcción de comunidad allí donde el sistema solo ve periferias prescindibles. “Porque ahí es donde Dios se está manifestando hoy”, concluyó.
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