El PP pierde definitivamente su alma

El PP pierde definitivamente su alma
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El PP ha perdido definitivamente el norte y ha liquidado su alma, creyendo que el “antiwokismo”, sea eso lo que sea, es su cruzada. Vuelve a pactar con Vox en Extremadura, y es de esperar que ocurra también en Castilla y León y Aragón.

Normaliza, cuando no lo alimenta por su propia cuenta, el odio, la violencia y el autoritarismo, pensando que podrá domesticar al monstruo.

Es cierto que la aritmética electoral lo presionaba hacia el precipicio, pero cuesta entender que persista en recorrer el trillado camino hacia el infierno, sin haber explorado, ni aunque fuera por un minuto, otras posibilidades.

Se diría que lo hace hasta con gusto. Su pulsión inmovilista, involucionista y reaccionaria lo ha dejado sin mucho margen de maniobra. El tiro ha dado en su propio pie.

Más aún, tras no haber superado los traumas de la derrota electoral,tras el catastrófico apoyo a la segunda guerra de Irak y la mala gestión del 11-M, y la victoria parlamentaria, tras el interludio de Marino Rajoy, de Pedro Sánchez.

Su “antisanchismo” opera como un pesado autoengaño del que no consigue despertar, entre otras cosas, por el empeño de un entorno mediático que está haciendo caja excitando a las audiencias y unos grupos de presión que tratan, a toda costa, de preservar sus ventajas, en unos tiempos tan cambiantes.

Desgraciadamente, la competencia electoral y su apego por las pasiones negativas, que curiosamente siempre achacan a sus contrincantes, explican este error existencial en una derecha otrora civilizada. El gran poder territorial que detenta, lejos de calmar las tensiones, alimenta la moral de trinchera y sacar sus peores instintos.

El Partido Popular ha caído en el seguidismo acrítico de un Vox que llegó a las instituciones para socavar la convivencia, salvaguardar los privilegios de las élites extractivistas y legitimar la violencia contra toda discrepancia, incluida la interna.

El discurso anti inmigración, aunque más sofisticado, bebe de las mismas falacias y manipulaciones que la ultra derecha desbocada. Su preocupación por el futuro de la cultura patria, inmutable, eterna y cerrada, se distingue toda vía menos.

La supuesta inspiración cristiana de la que antaño presumía el PP, sin mucha coherencia, por otra parte, se ha convertido abiertamente en un arma arrojadiza más, lejos de una comprensión honesta del fenómeno religioso y todavía más alejada de la práctica mínimamente coherente.

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Su apelación a la recuperación del modo imperial de entender la religión evidencia su deseo de defender el orden y la unidad que les garantice el mando o al menos buenos resultados en las urnas.

La religión del poder vacía la experiencia espiritual, esterilizando la vivencia personal de la fe.

El conservadurismo cristiano –como lo fue el nacionalcatolicismo en España y ahora en la Rusia de Putin o  la Hungría todavía de la mano de Orban- es en todo contrario a la permanente innovación de la Buena Nueva.

El mensaje de paz y fraternidad universal del Evangelio se opone, por sistema, ya lo hizo en los orígenes, a cualquier aspiración imperialista y supremacista.

Su alegre compartir con quienes menos tienen resulta incompatible con la teología materialista de la prosperidad.

La negación de la dignidad y derechos de mujeres, extranjeros y minorías se compadece mal con el profundo igualitarismo de las primeras comunidades.

El humanismo político de raigambre cristiana declina también en España. Convendría dejarlo claro ante la tentación recurrente, desgraciadamente tan actual de los proyectos políticos de la derecha antidemocrática e iliberal de manipular el cristianismo en favor de sus intereses.

Pío XI ya lo hizo con la Acción Francesa de Maurras en 1927. El papa León XIV no deja de hacérselo entender a Donald Trump ahora