Hojas color de otoño

Hojas color de otoño

Son algunas portadas con titulares que vale la pena retener cuando quedan atrás las tardes ardientes de meses pasados. Así las que señalaban el muelle de Arguineguín o la costa de Lampedusa. Dos lugares que fueron noticia y siguen planteando una interrogación grave de cara al futuro, por ser ribetes de un mar que no debería cobrarse cientos de náufragos cada verano. Y tendrán el color de lo que se guarda, los nombres de las víctimas del terrible accidente de Urda: “Recordar es lograr que vivan siempre entre nosotros los que nos han dejado y no queremos olvidar nunca”, ha escrito un expresidente a propósito de Fátima Báñez, una digna exministra.

Color de otoño tienen las páginas que se siguen dedicando a esos momentos de nuestro vivir que son los recuerdos, que enlazan a menudo con el duelo por las pérdidas. Que abren también la pregunta por lo que queda y nos confirman que no es cierto que “no hay más que nada”. O que hay una forma de presencia que sobrevive al trance de la desaparición y abre la posibilidad de agradecer tiempos de vida compartida, y de esperar.

Los recuerdos nos conforman

Los recuerdos archivados en la memoria traen al presente algo que se incorporó a nuestra experiencia. Según la RAE “recuerdo” es “memoria que se hace o aviso que se da de algo pasado o de que ya se habló”. Con sinónimos como memoria, reminiscencia, remembranza, evocación, rememoración, recordación se aplica en otro nivel a objeto o gesto amable de saludo y tiene al olvido por contrario.

“¡Es la única forma de volver a vivir! /…/ Los recuerdos tienen, cada cual, su perfume particular”, reconocía Ana María Matute. Sabedor de que hay una “modificación” en el recordar, anotó García Márquez que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”. y también: “La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado”

Más recientemente, en su poemario, Antonio Fernández Ferrer habla de los recuerdos como “momentos atrapados en el pasado más cercano, profecías de un futuro por diseñar y que hoy nos acompaña, resonancias de una dilatada vida a la que vamos sumando anuarios, brotes del árbol que mañana nos cobijará bajo su sombra. Son los recuerdos que nos conforman –añade– el equipaje donde almacenamos lo que fuimos, los amores y desamores evocados en los sueños, la caja fuerte de la que apenas recordamos la contraseña”.

Un aprecio singular del recordar y de la memoria como clave de la identidad personal y la de un pueblo se encuentra en sus textos de Elie Wiesel, en la estela de una larga tradición judía.  En varias páginas del autor, encontramos plasmada su veneración por el recordar que hace justicia al pasado, que asienta el presente en lo firme y activa la responsabilidad hacia el futuro: “Sin memoria, el ser humano entra en una soledad de silencio e indiferencia; quien no recuerda, pierde su humanidad”, ha dicho en alguna ocasión. Porque “sin memoria, no hay cultura. Sin memoria, no habrá civilización ni sociedad ni futuro” y “olvidar a los muertos sería como matarlos por segunda vez”. “Hemos aprendido –confiesa en otros párrafos que se refieren al Holocausto– que el silencio no es nunca la respuesta. Hemos aprendido que lo opuesto al amor no es el odio, sino la indiferencia. Y ¿qué es la memoria sino la respuesta a la y contra la indiferencia?”.

El olvidado es un relato conmovido que Wiesel dedica al alzheimer o en general al miedo a olvidar. En la novela, un hijo se desvive para que el olvido no se apodere de la mente del padre, y desanda kilómetros hacia lugares del pasado familiar para, de algún modo, recuperar los recuerdos que se desvanecen.

Esta convicción aparece ya en la impresionante plegaria del padre anciano con la que se abre el libro: “De niño aprendí a venerarte, a amarte, a obedecerte; ayúdame a no olvidar el niño que fui (…) De adulto, he aprendido a respetar la voluntad de nuestros muertos; impide que olvide lo que he aprendido. Dios de mis antepasados, haz que el vínculo que me une a ellos permanezca sólido y entero. Tú que has elegido residir en Jerusalén, haz que yo no olvide Jerusalén. Tú que acompañas a tu pueblo en su dispersión, haz que yo lo recuerde. Dios de Auschwitz, comprendo que debo acordarme y recordártelo (…) Tú que comprendes nuestro sufrimiento, Tú que participas en nuestra espera, no me alejes de los que te han albergado en su corazón y en su morada. Tú que prevés el futuro de los hombres, ayúdame a no alejarme de mi pasado (…) Aunque Tú me olvidases, Dios, yo me niego a olvidarte”.

En el trasfondo del temor al olvido que atenaza al padre y que el hijo querría compensar, está la invitación a guardar memoria que recoge el salmista. La que han reiterado durante siglos los sabios del Talmud. Y la que el autor lleva al final de su novela-relato reconociendo que recordar es compartir “las lágrimas de la memoria” y hacerlo con la misma confianza atrevida del padre piadoso; “Dios no puede ser cruel hasta el punto de borrarlo todo para siempre. Si lo fuese, no sería nuestro padre, y ya nada tendría sentido”.

Pérdida y presencia

Recuerdo y dolor de pérdida aparecen sin separación en el poeta francés Christian Bobin, que, desde su refugio entre árboles, observaba cómo “las hojas caídas del tilo se ovillan lo mismo que el corazón se abraza al recuerdo de lo que ha perdido”.

A menudo, en su original escritura, el autor acude a los recuerdos y a la infancia como fondo, actitud y estilo a resguardar. En el prólogo a la edición española de Resucitar, otro poeta adelanta: “Todas las páginas orbitan en torno a un asunto central que sustenta la obra. La muerte del padre. Una muerte que, lejos de significar el sinsentido o la pérdida irreparable, lleva a la confianza calmosa en otra vida que ya se empieza a degustar en esta, la protagonista. Por tanto, no es la muerte, sino su derrota”.

También aquí la desmemoria de un padre, asilado con otros enfermos en un centro de cuidados, despierta en el hijo un respeto profundo por la persona que sigue siendo en su desvalimiento. Y despierta recuerdos que van desde la infancia al momento en que escribe a mano unas líneas que enviará a la imprenta: “Durante un año, estuve visitando a mi padre en la casa en que su memoria fue retrocediendo como el vaho en un cristal al darle el sol. No siempre me reconocía, y tampoco era eso algo importante. Yo sí sabía que él era mi padre. Él podía permitirse olvidarlo. A veces hay un vínculo tan profundo entre dos personas que sigue vivo aun cuando una de las dos ya no pueda verlo”.

La percepción de lo profundo en lo más pequeño, de una presencia invisible detrás de las apariencias, reaparece más veces incrustada en las páginas que nos ha dejado. En su sentir, ni los dementes son sólo eso; ni quienes han muerto son sólo ausencia. Unos y otros, en su aislamiento o en su desaparición, llegan a ser, para el amor que recuerda, “una presencia pura”.

Además, para un hombre que no se reconoce en ciertos modos desmañados de hablar de Dios pero que se mantiene abierto a “lo inagotable”, la calma ante la pérdida de lo muy amado tiene que ver con la que llama “una resurrección anticipada”, La que descubre en la desnudez, la bondad y la humildad de gentes que repiten gestos sencillos, tan antiguos como el abrazo de una madre o la palmada en la espalda hecha con manos encallecidas.

En el recuerdo se intercambian las edades. Ante una vieja fotografía, anota: “Yo soy ahora el hombre maduro que era mi padre, y él tiene la edad que nos da la muerte cuando irradia sobre nosotros su inocencia”.  Y en el semblante envejecido encuentra una rara belleza: “su rostro era como un cielo por el que las nubes pasan rápidamente”. Igual que sostienen la ternura las manos delgadas de la madre.

Con todo –reconoce Bobin– el recuerdo no llena el vacío de la pérdida. Quedan gestos y objetos que dan testimonio de la ausencia: “una jarra ayer llena de agua, hoy llena de sombra”. Pero añade que los momentos en que echamos de menos  a quienes nos faltan no son necesariamente momentos de angustia ni de melancolía, sino de “una paz minúscula”.

Rostro, dolor y bondad –advierte en otros capítulos– siguen presentes a pesar de la pérdida de los que amamos. Y son “las páginas más ricamente ilustradas” que pueden hablar de Dios. De hacerlo a alguien que confiesa que solo puede hablar de El “sólo desde este lado de la vida” y “con indebida imprudencia”.

Despedidas

Son otras tantas las páginas que podrían evocar los colores del otoño porque hablan sabiamente de aceptar que vivimos juntando recuerdos y despedidas. Ya el clásico castellano avisaba en sus Coplas que “lo acordado/da dolor”.  Despedidas es el título del último libro de Julian Barnes, un escritor inglés conocido y premiado, que tiene el tono de la resignación ante años que se acortan.

Ahora bien, vivir sabiendo que el nuestro es un vivir “en despedida” no equivale a aceptar que sólo hay lo que hay, como enuncia un decir corriente. En Las despedidas: apertura a nuevos mundos, Anselm Grün, un monje que escribe sólo con voluntad de acompañar en momentos críticos que no faltan, encontramos la advertencia de que a todos beneficia el recuerdo reconciliado, agradecido, del pasado, Pero que es tarea nuestra no atarnos a él  para implicarnos en el presente y con las personas concretas que son las gentes de hoy:  “La despedida consciente es el requisito para posibilitar una esperanza nueva para el presente y para modelar el futuro con nueva fuerza y nuevas ideas”. Y para reforzar su consejo recurre a unos versos de Hermann Hesse: “Es menester que el corazón, a cada llamamiento, /esté pronto al adiós y a comenzar de nuevo”.

En esto coincide con lo que hemos leído en el elogio de una memoria que hace justicia y aviva la responsabilidad por el ahora y hacia el futuro.

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