La banalización de la responsabilidad

Ver estos días a comerciantes de Donostia y Bilbao cubriendo sus escaparates con grandes tablones de madera me ha traído inesperadamente a la memoria a dos mujeres: Hannah Arendt (1906-1975) y Etty Hillesum (1914-1943). ¿Qué tienen que ver con unos comercios protegidos ante el temor de disturbios?
Desde luego, no la magnitud de los acontecimientos. Sería histórica y moralmente inadmisible equiparar la Shoah y la maquinaria de exterminio nazi con episodios contemporáneos de vandalismo. La conexión está en algo más elemental: qué ocurre con nuestra responsabilidad cuando dejamos de sentirnos autores personales de nuestros actos.
A Hannah Arendt debemos la expresión «banalidad del mal», formulada a partir de su reflexión sobre Adolf Eichmann. No significa que el mal sea banal o insignificante. Apunta a algo más inquietante: personas aparentemente corrientes pueden participar en males enormes cuando renuncian a pensar y juzgar moralmente aquello que hacen y se refugian en órdenes, normas o procedimientos. El peligro comienza cuando la obediencia sustituye a la conciencia y dejamos de preguntarnos:¿qué estoy haciendo?, ¿a quién perjudico?, ¿puedo descargar mi responsabilidad sobre los demás?
Etty Hillesum representa, desde el lugar de la víctima, el movimiento contrario. En Westerbork, campo de tránsito desde el que los nazis deportaron judíos hacia Auschwitz y otros campos, hizo de su propia existencia una respuesta frente a la deshumanización.
En lugar de dejar que la maquinaria del terror tuviera la última palabra sobre su conciencia, procuró acompañar a quienes aguardaban los transportes y preservar, en condiciones extremas, su propia humanidad y la de quienes la rodeaban. Su testimonio nos recuerda algo decisivo: responsabilizarse frente al mal significa negarse a reproducir su lógica. Allí donde un sistema convierte personas en números, categorías o expedientes, la responsabilidad comienza devolviendo a cada uno su rostro.
Y aquí reaparece Blocus. El fenómeno resulta particularmente significativo porque las redes favorecen una fragmentación desconocida de la responsabilidad. Hay convocatorias, perfiles, mensajes que se multiplican y llamamientos cuya procedencia no siempre resulta clara. Las informaciones disponibles señalan que sigue sin acreditarse una organización única que dirija todos los perfiles vinculados a Blocus.
Dentro de una multitud, el «yo lo he decidido» puede diluirse fácilmente en «lo estaba haciendo todo el mundo». Pero las redes añaden otra posibilidad: «yo no he convocado nada, solo lo he compartido»; «yo no he comenzado el rumor, simplemente lo he reenviado»; «yo no he organizado nada, me limité a seguir una cuenta». La responsabilidad se fragmenta entre miles de pequeños actos hasta producir la impresión de que nadie responde del conjunto. Y, sin embargo, el conjunto produce consecuencias.
La prueba está precisamente en esos escaparates cubiertos con madera. Algunos establecimientos de las capitales vascas han adoptado medidas preventivas ante la posibilidad de saqueos y destrozos, mientras las fuerzas policiales permanecen alerta y coordinadas. La imagen posee una enorme fuerza simbólica: la amenaza digital modifica la ciudad antes incluso de que se materialice. Pasamos de unos hechos de violencia a las imágenes que circulan sobre ellos; de esas imágenes al temor a que se repitan; y del temor a decisiones concretas que modifican anticipadamente el espacio público. La pantalla no se queda necesariamente dentro de la pantalla.
Quizá sea aquí donde la «banalidad del mal» pueda complementarse, salvando siempre las enormes distancias históricas, con una banalización de la responsabilidad. No porque compartir un mensaje equivalga moral o jurídicamente a destrozar un comercio. Evidentemente no es así. Precisamente responsabilizar significa también distinguir.
No es lo mismo convocar que observar, incitar que recibir una publicación, acudir a una concentración que saquear una tienda, protestar que destruir. La responsabilidad debe individualizarse porque la persona no desaparece dentro del grupo. Pero tampoco podemos aceptar el extremo contrario: imaginar que nuestras pequeñas acciones digitales carecen siempre de efectos porque las realizamos solos y delante de una pantalla.
La imagen verdaderamente significativa quizá no sea, entonces, la de unos posibles disturbios. Es mucho más sencilla: un comerciante colocando un tablón de madera delante de su escaparate. Al otro lado de esa madera hay alguien que teme. Delante de una pantalla hay alguien que decide. Y entre ambos existe una cadena invisible de mensajes, imágenes, rumores, imitaciones, anonimatos y decisiones personales.
Ahí es donde Arendt y Hillesum continúan interpelándonos. Arendt recuerda que ningún grupo nos dispensa de pensar. Hillesum, que ninguna categoría colectiva puede dispensarnos de reconocer al otro como persona. Y nuestra sociedad digital añade una tercera exigencia: debemos responsabilizarnos no solo de lo que hacemos directamente, sino también, en la medida que nos corresponda, de aquello que contribuimos a difundir.
Por eso la respuesta a fenómenos como Blocus no puede limitarse a la intervención policial, necesaria cuando existen amenazas concretas. Tampoco puede consistir en demonizar a los jóvenes o colocar bajo una misma etiqueta a todos los que reciben, siguen o participan de alguna manera en determinadas convocatorias. Eso significaría incurrir precisamente en la despersonalización que pretendemos denunciar. Hay un desafío educativo anterior y mucho más profundo: enseñar a pensar antes de compartir, a mirar antes de actuar y a responsabilizarse antes de refugiarse en el grupo.
Quizá esta sea la pregunta que dejan sobre la mesa aquellos tablones colocados apresuradamente sobre los escaparates. No solamente quién está detrás de Blocus, sino algo mucho más cercano: ¿Qué hago yo cuando una multitud, una pantalla o una consigna me ofrecen la posibilidad de actuar sin sentirme personalmente responsable? Ahí empieza la cuestión moral. Y probablemente ahí empieza también la resistencia.
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Sacerdote de Bilbao. Catedrático emérito en la Facultad de Teología del Norte de España (sede de Vitoria). Autor del libro Entre el Tabor y el Calvario. Una espiritualidad «con carne» (Ed. HOAC, 2021)



