Educación y formación en un mundo tecnocrático

Ponencia impartida en las Jornadas de profundización y diálogo de los cursos de verano de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) celebradas del 22 al 24 de julio de 2026 en Madrid, con el lema “Tejer comunidad en la era digital: el compromiso por el bien común“, en el marco del espacio de diálogo en la que se discernió comunitariamente sobre los desafíos que el paradigma tecnocrático presenta a la educación y a la formación de las personas
¿De qué estamos hablando?
«La educación “no es nunca un simple proceso de transmisión de conocimientos y de habilidades intelectuales, sino que pretende contribuir a la formación integral de la persona en sus diversas dimensiones (intelectual, cultural, espiritual…) incluyendo, por ejemplo, la vida comunitaria y las relaciones vividas en el seno de la comunidad académica”, en el respeto a la naturaleza y la dignidad de la persona humana» (Antiqua et nova, 77).
El paradigma tecnocrático en un mundo globalizado “es la tendencia a dejar que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas. Así se manifiesta con mayor evidencia que la técnica no es un simple instrumento y que, cuando se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema que sea cada vez más eficaz” (Magnifica humanistas, MH, 92).
Tendencia que nos lleva acompañando durante las últimas décadas y que se está viendo amplificada con la revolución tecnológica y digital, y, especialmente, con el desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA). En este paradigma son claves el dominio sobre la persona y la sociedad, y la búsqueda de la máxima rentabilidad económica.
La educación se desarrolla en sociedad
Toda la realidad educa y forma: El contacto con las personas, el ambiente en el que nos desenvolvemos y las instituciones de nuestra sociedad (familia, escuela, Iglesias, asociaciones sociales, medios de comunicación y redes sociales…).
La educación, para la DSI, es una responsabilidad social encaminada al servicio del desarrollo integral de la persona, ya que la educación se asienta sobre la cooperación, las relaciones y la colaboración de todos los agentes sociales.
Pero estos agentes sociales e instituciones actúan en un contexto y desde una racionalidad, desde una normalidad en la forma de entender la vida, la persona y las relaciones sociales.
El paradigma tecnocrático está unido al paradigma neoliberal. Un neoliberalismo que se ha globalizado con la ayuda del desarrollo tecnológico y que es mucho más que unas políticas económicas y las ideologías que lo sustentan, es una “racionalidad” global que moldea toda la sociedad.
Esta lógica impone dos mandatos principales a nuestra vida diaria: 1. La competencia como norma de conducta y 2. La empresa como modelo de subjetivización: nos concebimos a nosotros mismos como “empresarios de nuestra propia vida”, buscando maximizar nuestro “capital humano” y nuestro rendimiento.
El neoliberalismo ha desarrollado con la ayuda de la tecnología, técnicas y procedimientos para dirigir la conducta de las personas. Para ello además de recurrir a la disciplina, apunta a conseguir el autogobierno del propio individuo, sometiéndose por sí mismo a ciertas normas.
Además, el neoliberalismo con la ayuda del mundo tecnológico ha introducido cambios importantes en la producción y en el consumo. Y, por tanto, en la manera de organizar el trabajo. Cambios que requieren forjar a través de la “educación” las nuevas personas trabajadoras y consumidoras.
Las instituciones que educan a las personas han sido colonizadas por este paradigma neoliberal, por su racionalidad. Familia, medios de comunicación social, redes sociales, Iglesias, movimientos sociales y escuelas han sido colonizadas por el neoliberalismo.
Desde los años 80 hasta nuestros días, las distintas organizaciones internacionales –como la Unión Europea y la OCDE– y grandes corporaciones industriales y económicas –así como sus fundaciones dedicadas a la formación– han ido definiendo y proponiendo los cambios que eran necesarios en la Escuela para que se adapte y dé respuesta a las necesidades de la sociedad, de la economía y del mercado de trabajo.
Los grandes ejes de una escuela al servicio del neoliberalismo han sido:
a) La producción del capital humano al servicio de la empresa. La Escuela como constructora del productor – consumidor que necesita nuestro sistema económico.
b) La mercantilización y privatización de la Escuela: Lo que supone un gran sesgo para las familias más empobrecidas del mundo obrero.
c) La gestión empresarial en la Escuela.
Riesgos que presenta el paradigma tecnocrático a la educación
Los avances tecnológicos y, en concreto, las tecnologías emergentes (inteligencia artificial, IA; internet de las cosas, IoT; computación cuántica; realidad aumentada (RA) o realidad virtual, RV…) podrían ser una oportunidad para la educación y la formación de las personas siempre que estuviera diseñadas, orientadas, aplicadas y experimentadas para potenciar su desarrollo integral y para cuidar de la creación y de la sociedad y, de manera especial, de las personas más empobrecidas.
Pero el paradigma tecnocrático nos muestra que las innovaciones tecnológicas y digitales no son neutrales. “Hay que reconocer que los objetos producto de la técnica no son neutros, porque crean un entramado que termina condicionando los estilos de vida y orientan las posibilidades sociales en la línea de los intereses de determinados grupos de poder. Ciertas elecciones, que parecen puramente instrumentales, en realidad son elecciones acerca de la vida social que se quiere desarrollar” (Laudato si’, 107).
Veamos algunos de estos riesgos para la educación:
El actual desarrollo tecnológico y digital es capaz de influir y modificar los deseos, los pensamientos y las conductas de los usuarios. La tecnología está configurando la vida de las personas. Capitalismo de vigilancia y capitalismo vampírico que nos chupa nuestra humanidad.
La educación choca con la llamada “rapidación”. “La omnipresencia de los medios digitales genera una cultura de la inmediatez y la sobreestimulación, que alimenta el cansancio, el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo que supone la búsqueda de la verdad.” (MH, 136). Los procesos educativos, en cambio, requieren tiempo para madurar, una confrontación con la realidad más allá de las apariencias y un camino paciente.
La educación necesita de honradez y amor a la verdad. Hoy día en el paradigma tecnocrático la búsqueda de la verdad se ha difuminado. Por ejemplo, la IA puede proporcionar información distorsionada, lo que nos lleva a manejar contenidos inexactos. La educación tiene como uno de sus fines transmitir de manera veraz a nuevas generaciones los bienes culturales heredados. Pero en este contexto todo puede ser cuestionado y negado. Se nos hace creer que no hay verdad.
La educación potencia el desarrollo humano integral en libertad. Pero el paradigma tecnocrático y neoliberal nos hace creer que la libertad es la ausencia de límites y la capacidad de elegir en todo momento. Mientras, nuestras vidas y nuestra voluntad están siendo dirigida a través de complejos algoritmos.
La revolución tecnológica y digital en este paradigma está mermando y anulando capacidades humanas que deberíamos desarrollar con la educación y la formación. Expertos en neurociencia están advirtiendo sobre el riesgo de una involución intelectual. Si la tecnología sustituye el esfuerzo de buscar, leer, interpretar, sintetizar, buscar soluciones, construir conocimiento…, el cerebro humano se vuelve menos capaz de ejecutar dichas funciones por sí mismo. Al no ejercitar facultades de nuestro cerebro se debilita nuestra neuroplasticidad, lo que reduce nuestra memoria, sentido de la orientación, interés, motivación, capacidad de discernimiento y de resolver problemas independientemente. Un cerebro menos ejercitado conlleva individuos más fáciles de manipular.
Falta de autorregulación emocional. El impacto de estas tecnologías emergentes en el control emocional se debe a la alteración de los mecanismos cerebrales de recompensa, buscando la gratificación instantánea (el consumo de contenido rápido y de estímulos visuales constantes altera la tolerancia a la frustración y la paciencia, ya que exige respuestas y recompensas inmediatas), la búsqueda de validación externa (desde las redes sociales se fomenta una cultura de la autoestima que depende de los “likes” y las interacciones superficiales, creando dependencia y vulnerabilidad emocional) y la evitación emocional (se sustituye la reflexión y el afrontar los problemas por la distracción digital, lo que genera desconexión sobre cómo nos sentimos realmente).
Se está produciendo una gran dependencia y adicción a los artefactos tecnológicos, tales como el móvil, y a las redes sociales y a la IA. Esta realidad está provocando dinámicas de prácticas delictivas y de ciberacoso, así como un incremento de las enfermedades mentales. Un ejemplo lo tenemos en el aumento de protocolos de conductas autolíticas con riesgo de suicidio en los centros educativos. Los institutos madrileños, según información de CCOO, abrieron más de 2.100 protocolos en los dos primeros meses del inicio del curso 2023/24.
Cada vez estamos más interconectados pero más desvinculados. La educación requiere relación y presencia. A pesar de estar hiperconectados, el uso de herramientas como la inteligencia artificial para simular compañía o la falta de contacto humano real estancan el verdadero desarrollo de la inteligencia emocional y de la capacidad de tener empatía y misericordia.
Compromisos débiles o inexistentes socialmente y más posibilidad de polarización. Nuestras relaciones sociales se van circunscribiendo a internet y a las redes sociales. Es más, los algoritmos nos inundan de mensajes, vídeos, opiniones reafirmando nuestras posiciones y posturas, evitando el necesario intercambio de opiniones y puntos de vista que la educación requiere.
Los sesgos que este mundo tecnocrático crean. Estos sesgos son distorsiones sistemáticas que hacen que un modelo ofrezca respuestas injustas, excluyentes o estereotipadas. Estos errores tienen su origen directamente de las decisiones humanas tomadas durante su diseño, entrenamiento y uso de estas tecnologías. Estos sesgos son de género, de clase social, de raza, de orientación sexual, de lugar de nacimiento…
Un paradigma tecnocrático que genera una importante brecha digital que descarta a importantes sectores de la población mundial. En 2024, más de un tercio de esta población –2.500 millones de personas– carecía de acceso a internet según el Foro Económico Mundial. A esta primera brecha digital se le suman otras vinculadas con la calidad, el uso o la formación. Mujeres, personas mayores o con discapacidad, habitantes del entorno rural y familias obreras de barrios ignorados son algunos de los colectivos en situación de riesgo. Estas brechas generan una gran desigualdad en los procesos educativos.
Algunas ideas para afrontar este escenario, no está todo perdido
Contribuir a superar el actual paradigma neoliberal. Hemos de devolver a las distintas instituciones y agentes sociales sus funciones educativas, y de manera especial a la familia y a la escuela. Pero esto no será posible si no avanzamos en otro modelo social y económico. Tenemos que seguir experimentado en lo cotidiano y concreto experiencias alternativas de vida personal, social, laboral, política, económica, tecnológica que vayan transformando el paradigma neoliberal tecnocrático.
Establecer una alianza educativa para la era digital entre la política, las instituciones educativas y las familias. “Es necesario oponerse, con decisiones públicas de largo alcance, a los intereses inmediatos de las plataformas -concentradas en pocas manos- cuando estos entran en conflicto con el bien de los menores.” (MH, 142).
Potenciar una escuela crítica con el paradigma neoliberal tecnocrático. Esta realidad nos plantea superar algunos retos: poner en el centro de su actividad el desarrollo humano integral y no formar acríticamente nuevos productores-consumidores; recuperar la función docente como labor artesanal más que como técnica animadora de aprendizajes; garantizar la prioridad del derecho a una educación de calidad para todos, especialmente para los más débiles; buscar el amor por la verdad, combatiendo que el flujo de información sustituya el ejercicio de la investigación, la reflexión y el discernimiento…
Buscar tiempo de desconexión digital. Liberar espacios donde vivir el tiempo humano: silencio, reflexión, contemplación, diálogo, celebración…
Desarrollar una alfabetización digital de forma crítica que llegue a toda la población. “Es necesario educar a los niños, adolescentes y jóvenes (así como adultos) para que aprendan a reconocer las manipulaciones, a defender su propia dignidad y a respetar la de los demás, también en los entornos digitales” (MH, 142).
Utilizar programas informáticos, aplicaciones, plataformas, redes sociales, IA… que no dependan de las grandes multinacionales tecnológicas, potenciado iniciativas que tengan y desarrollen códigos éticos que custodien lo humano y cuiden la casa común.
Establecer vínculos y participación en espacios comunitarios. Del contacto virtual a la presencia. Del artefacto digital al abrazo físico. Es fundamental generar espacios de encuentro y de diálogo con otras personas en los ámbitos cotidianos para conocernos y acompañarnos, para tejer vínculos de solidaridad y fraternidad. Es importante este paso para animarnos a la participación en procesos de transformación social y romper el conformismo y aislamiento que nos provoca el paradigma tecnocrático.
La Iglesia como ámbito de humanización. Anunciar y testimoniar a Jesucristo como propuesta de vida personal y social.
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Militante de la HOAC
Director del Secretariado Diocesano de Pastoral del Trabajo de Córdoba



