La escuela se juega si educa personas libres o fabrica capital humano para la economía digital

La extensión de la inteligencia artificial a las aulas y el debate abierto por el Informe PISA 2025 obligan a revisar el sentido de la educación. Juan Francisco Garrido señala que el paradigma tecnocrático, unido a la racionalidad neoliberal, está subordinando la escuela a la eficiencia, la competencia y las necesidades empresariales, y reclama una alfabetización digital crítica y un modelo educativo que proteja la dignidad humana y reconstruya los vínculos comunitarios
La incorporación de la inteligencia artificial y de otras tecnologías emergentes a la enseñanza no plantea únicamente un problema de herramientas, competencias o rendimiento. Obliga a decidir qué personas quiere formar la escuela y al servicio de qué modelo social y económico debe hacerlo.
Esta es la cuestión de fondo que plantea Juan Francisco Garrido Jiménez en su reflexión Educación y formación en un mundo tecnocrático, presentada en los Cursos de Verano de la HOAC 2026. Su análisis cobra actualidad con el comienzo del curso escolar y tras la publicación del Informe PISA 2025, que ha reabierto la discusión sobre los resultados educativos, las desigualdades y la necesidad de dar estabilidad al sistema de enseñanza.
Garrido advierte de que el paradigma tecnocrático y la racionalidad neoliberal han penetrado en las instituciones educativas. Su lógica sitúa la competencia como norma de conducta y lleva a las personas a concebirse como “empresarias de su propia vida”, responsables de incrementar constantemente su capital humano y su rendimiento.
En este contexto, la escuela corre el riesgo de dejar de formar personas libres, críticas y capaces de participar en la sociedad para convertirse en una institución destinada a proporcionar a las empresas los perfiles productivos que necesitan.
“La producción del capital humano al servicio de la empresa. La Escuela como constructora del productor-consumidor que necesita nuestro sistema económico”, sintetiza Garrido, que también señala la mercantilización, la privatización y la implantación de modelos de gestión empresarial entre las principales manifestaciones de este proceso.
El problema, sostiene, no comenzó con la inteligencia artificial. Durante las últimas décadas, organizaciones internacionales, corporaciones económicas y fundaciones vinculadas a estas empresas han impulsado reformas para adaptar la enseñanza a las necesidades de la economía y del mundo laboral. La revolución digital ha acelerado y profundizado esa transformación.
La tecnología también decide qué sociedad se construye
La reflexión no rechaza los avances tecnológicos ni cuestiona que puedan mejorar los procesos educativos. La inteligencia artificial, la realidad aumentada, la computación cuántica o la realidad virtual pueden convertirse en oportunidades si se diseñan y utilizan para favorecer el desarrollo integral, proteger la creación y atender prioritariamente a las personas y comunidades empobrecidas.
El conflicto aparece cuando la tecnología deja de ser una herramienta y se convierte en el criterio desde el que se organiza la educación. Garrido recupera la advertencia del papa Francisco en Laudato si’: “Ciertas elecciones, que parecen puramente instrumentales, en realidad son elecciones acerca de la vida social que se quiere desarrollar”.
Los sistemas digitales no son neutrales. Incorporan las decisiones, intereses y sesgos de quienes los diseñan, entrenan y comercializan. También pueden influir sobre los deseos, los comportamientos y la manera de relacionarse de quienes los utilizan.
La cultura de la inmediatez y la sobreestimulación choca, además, con los tiempos que requiere la educación. Aprender implica esfuerzo, paciencia, confrontación con la realidad, investigación y discernimiento. Frente a ello, el acceso instantáneo a respuestas puede llevar a confundir la acumulación de información con la construcción de conocimiento.
Garrido alerta de que la sustitución tecnológica de tareas como buscar, leer, interpretar, sintetizar o resolver problemas puede terminar debilitando capacidades que la educación debería desarrollar. El riesgo no reside solamente en recibir información falsa o distorsionada de una inteligencia artificial, sino en renunciar al proceso personal y colectivo necesario para comprenderla y contrastarla.
A esta amenaza se suma la intervención de los algoritmos sobre la autonomía humana. Mientras la cultura tecnocrática presenta la libertad como una elección permanente y sin límites, las plataformas ordenan los contenidos, anticipan preferencias y orientan la atención de las personas usuarias.
Más conexión y menos vínculos
La digitalización tampoco ha producido automáticamente una sociedad más relacionada. “Cada vez estamos más interconectados pero más desvinculados”, afirma Garrido. La simulación tecnológica de la compañía y la sustitución del encuentro presencial pueden dificultar el desarrollo de la empatía, la misericordia y la capacidad de reconocer las necesidades de otras personas.
La dependencia de la gratificación inmediata, la búsqueda de validación mediante los “me gusta” y la exposición constante a estímulos afectan particularmente a niños, adolescentes y jóvenes. Al mismo tiempo, los algoritmos tienden a mostrar contenidos que confirman las posiciones previas, reducen el contacto con perspectivas diferentes y favorecen la polarización.
Estas consecuencias no se distribuyen de manera uniforme. A la falta de acceso a internet se añaden desigualdades relacionadas con la calidad de la conexión, los dispositivos disponibles, las competencias de uso y el acompañamiento educativo. Las familias trabajadoras de barrios empobrecidos, la población rural, las mujeres, las personas mayores y las personas con discapacidad soportan mayores riesgos de exclusión.
La transformación digital puede así ampliar desigualdades educativas anteriores mientras presenta sus herramientas como universalmente accesibles. Para Garrido, garantizar el derecho a una educación de calidad exige atender prioritariamente a quienes encuentran mayores obstáculos y evitar que la capacidad económica familiar determine las posibilidades de aprendizaje.
Limitar el poder de las plataformas
La respuesta no puede descansar exclusivamente en la responsabilidad individual de estudiantes, familias y profesorado. Garrido reclama una alianza educativa para la era digital entre los poderes públicos, las instituciones educativas y las familias.
Apoyándose en Magnifica humanitas, defiende que es necesario “oponerse, con decisiones públicas de largo alcance, a los intereses inmediatos de las plataformas –concentradas en pocas manos– cuando estos entran en conflicto con el bien de los menores”.
Esta intervención pública debería acompañarse de una alfabetización digital crítica que permita reconocer las manipulaciones, proteger la propia dignidad y respetar la de las demás personas también en los espacios digitales. La propuesta incluye impulsar programas, aplicaciones y plataformas que no dependan de las grandes multinacionales tecnológicas y que incorporen criterios éticos orientados al cuidado de las personas y de la casa común.
Garrido también reclama recuperar la función docente como una labor artesanal, garantizar tiempos de desconexión y liberar espacios para el silencio, la reflexión, la contemplación, el diálogo y la celebración. Frente a una escuela subordinada a la producción de personas trabajadoras y consumidoras, propone una educación capaz de formar para la libertad, la verdad y la participación social.
La reconstrucción de vínculos ocupa un lugar central en esta alternativa. Se trata de pasar “del contacto virtual a la presencia” y “del artefacto digital al abrazo físico”, generando espacios donde las personas puedan encontrarse, acompañarse y organizarse para transformar la realidad.
En esta tarea, Garrido atribuye a la Iglesia una responsabilidad propia como ámbito de humanización y como comunidad capaz de anunciar y testimoniar una propuesta de vida personal y social.
La disputa educativa no consiste, por tanto, en elegir entre tecnología o ausencia de tecnología, sino en decidir si la innovación estará gobernada por el lucro y el rendimiento o por la dignidad humana y el bien común.
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Director de Noticias Obreras.
Autor del libro No os dejéis robar la dignidad. El papa Francisco y el trabajo. (Ediciones HOAC, 2019). Coeditor del libro Ahora más que nunca. El compromiso cristiano en el mundo del trabajo. Prólogo del papa Francisco (Ediciones HOAC, 2022)



