Imanol Zubero llama a “ensanchar el nosotros” para construir una ciudadanía cosmopolita

El sociólogo de la Universidad del País Vasco/EHU advierte en el 45º Congreso de Teología del auge de comunidades excluyentes y defiende una ciudadanía basada en la interdependencia, los derechos y el cuidado mutuo.
Partiendo de un juego conceptual, Zubero reflejó el concepto dominante de comunidad, más por su desinencia (“unidad”) que por su raíz (“común”), para apuntar los desafíos para la convivencia en sociedades cada vez más fragmentadas.
En su conferencia “Hacia una ciudadanía cosmopolita”, pronunciada en el 45º Congreso de Teología, alertó de una paradoja contemporánea: “Necesitamos desesperadamente comunidad y, al mismo tiempo, algunas de las formas de comunidad que están creciendo con más fuerza constituyen una amenaza para la convivencia democrática”.
Frente a comunidades construidas sobre la homogeneidad, las fronteras y la exclusión, defendió una comunidad basada en lo compartido y en la capacidad de construir proyectos comunes desde la diversidad.
La comunidad que enfatiza la unidad busca la uniformidad de los iguales; mientras que la comunidad más amplia se pregunta qué tenemos en común, de quién dependemos y qué podemos construir juntos siendo diferentes, explicó.
A su juicio, buena parte de los populismos identitarios actuales se alimentan de inseguridades reales, como la precariedad laboral, la desigualdad o la incertidumbre económica, pero las transforman en conflictos culturales y excluyentes.
El sociólogo insistió en que la respuesta a estas dinámicas no puede ser el individualismo, sino la comunidad en toda su hondura, lo que conecta con la aspiración de un cosmopolitismo arraigado.
“No creo que debamos elegir entre tener raíces y tener alas”, señaló. El problema, precisó, no son las identidades colectivas, sino convertirlas en fronteras morales que nieguen derechos o dignidad a quienes quedan fuera.
“El desafío consiste en construir pertenencias que no necesiten producir extraños”, puntualizó.
Para Zubero, una ciudadanía cosmopolita no exige renunciar a los vínculos locales, culturales o comunitarios. Más bien reclama, “no acabar con el nosotros. Ensancharlo”.
Recordando a Hannah Arendt, el sociólogo destacó la importancia del “derecho a tener derechos” y denunció que la garantía efectiva de los derechos humanos sigue dependiendo en gran medida del lugar de nacimiento de cada persona.
“La lotería del nacimiento sigue determinando de una manera extraordinaria nuestras posibilidades vitales”, afirmó.
Desde esta perspectiva, defendió la necesidad de “militar en el cosmopolitismo”, entendiendo esta expresión como el compromiso por acercar la pertenencia a la humanidad a una auténtica ciudadanía común.
En un mundo globalizado se hacen evidentes las interdependencias económicas, sociales y ecológicas. “Somos ya cosmopolitas de hecho”, sostuvo.
Sin embargo, advirtió que “nuestra interdependencia se ha globalizado mucho más rápidamente que nuestra solidaridad”, por lo que existe “una globalización de las consecuencias sin una globalización equivalente de las responsabilidades”.
En la parte final de la conferencia, Zubero incorporó una lectura inspirada en la tradición cristiana. Recurrió a la parábola del buen samaritano para proponer una comprensión de la comunidad que no se base en la pertenencia previa, sino en la responsabilidad hacia quien necesita ser cuidado.
“La pregunta no es tanto quién es de los nuestros, sino de quién estamos dispuestos a hacernos prójimos”, afirmó.
También vinculó esta reflexión con las encíclicas Fratelli tutti y Laudato si’, que, según explicó, invitan a pensar la fraternidad y la ecología desde la conciencia de una humanidad interdependiente y de una “casa común”.
La ciudad apareció asimismo como un espacio privilegiado para aprender la convivencia democrática. “Antes de ponernos de acuerdo sobre quiénes somos, podemos ponernos de acuerdo sobre qué necesitamos”, señaló al defender los espacios públicos como lugares de encuentro entre personas diferentes.
Para el sociólogo, la experiencia cotidiana de la diversidad constituye “una auténtica escuela de cosmopolitismo”. No porque elimine los conflictos, sino porque obliga a aprender a convivir con ellos sin convertir las diferencias en enemistad.
“La comunidad (que enfatiza lo común) no es una comunidad en la que haya desaparecido el conflicto, sino una comunidad capaz de tramitarlo democráticamente”, afirmó.
“Construir una ciudadanía cosmopolita significa menos unidad que excluye y más común que vincula”.
Un horizonte que pasa por crear comunidades abiertas, capaces de ofrecer pertenencia sin exigir homogeneidad y de reconocer que “ninguna frontera política puede convertirse en una frontera ética”.
Su mensaje final fue una apelación a uno de los grandes retos de nuestro tiempo: “aprender a construir un mundo común en el que no necesitemos parecernos para reconocernos como iguales”.
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