Una convivencia para cuidar el trabajo, la vida y la fraternidad

Una convivencia para cuidar el trabajo, la vida y la fraternidad
Durante tres días, 58 personas de distintas edades y procedencias compartimos en Arévalo, Ávila, una convivencia marcada por la fraternidad, la solidaridad internacional y el compromiso de llevar lo vivido a nuestra vida cotidiana

Para llegar a los dormitorios había que atravesar el mundo. Los mapas y las banderas de 35 países de África, Asia, América Central y América del Sur recibían a quienes íbamos llegando al Centro Salesianos de Arévalo. En todos esos lugares se habían desarrollado proyectos financiados por el Fondo de Solidaridad Internacional (FSI) de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC).

Era la tarde del viernes 14 de agosto y aquella exposición anticipaba lo que viviríamos durante todo el fin de semana. También nos acompañaba una pancarta con el lema de la campaña “Cuidar el trabajo, cuidar la vida”, hilo conductor de la convivencia organizada por las diócesis de Castilla y León y de Calahorra y La Calzada-Logroño.

Nos reunimos 58 personas procedentes de Vitoria, Logroño, León, Burgos, Salamanca, Soria, Palencia, Valladolid y Ávila. Había militantes hoacistas, personas en iniciación, familiares y simpatizantes. La participante más pequeña tenía cinco años; la mayor, 84. Esta diversidad generacional fue una de las riquezas del encuentro. Desde el primer momento fuimos creando un ambiente familiar en el que cada persona estaba pendiente de las demás para que todas pudiéramos sentirnos acogidas.

Después de la cena nos encontramos para presentar el programa de los dos días siguientes. Los juegos y las dinámicas nos ayudaron a conocernos, romper distancias y poner nombre y rostro a quienes iban a compartir aquella experiencia.

Caminar y descubrir juntos

La mañana del sábado comenzó con una oración inspirada en la experiencia de Edith Stein. Pusimos la convivencia, nuestras vidas y nuestras preocupaciones en manos de Dios, Padre y Madre. Después salimos caminando para recorrer el paseo que discurre por las riberas de los ríos Arevalillo y Adaja.

En el lugar donde confluyen ambos ríos nos detuvimos para visitar el castillo de los Zúñiga. El edificio, después de haber atravesado diferentes etapas y usos, alberga una exposición dedicada a la agricultura y permite conocer su propia historia y la importancia de la cultura agraria en el desarrollo de nuestro país.

La visita nos resultó tan enriquecedora que se prolongó más de lo previsto. Tuvimos que renunciar a la segunda parte de la ruta para poder llegar a tiempo a la comida, aunque algunas personas madrugaron al día siguiente para completar el recorrido y disfrutar de aquel tramo pendiente.

Por la tarde volvimos al centro de Arévalo. Nos dividimos en tres grupos para conocer algunos de los espacios que conservan y explican la historia y la cultura de la ciudad: el Centro de Actividades del Mudéjar, el Museo de Historia y el Centro de Interpretación de la Naturaleza. Cada grupo inició la visita en uno de ellos y fue recorriendo después los demás.

No se trataba únicamente de contemplar monumentos. A través de sus edificios, sus paisajes y su patrimonio fuimos descubriendo cómo la historia, el trabajo y la relación con la tierra han ido configurando la vida de Arévalo y de sus habitantes.

Una noche abierta al mundo

La velada del sábado nos devolvió al Fondo de Solidaridad Internacional. Ocho países en los que se desarrollan o se han desarrollado proyectos financiados por el FSI llenaron la noche de historias, colores, músicas y ritmos.

Cada diócesis había preparado la presentación de un país y de los proyectos realizados allí. Vitoria nos acercó a Camerún; Valladolid y Salamanca, a la India; Soria, a Colombia; Palencia, a Honduras; León, a Togo; La Rioja, a Kenia; Burgos, a Perú, y Ávila, a Bolivia.

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Las exposiciones dieron paso a los bailes, las canciones y las escenificaciones. Todas las personas terminamos implicadas en una celebración que nos permitió acercarnos a otras culturas y comprender mejor el destino concreto de la solidaridad compartida por la HOAC. Los dulces y licores llevados desde las diferentes diócesis ayudaron también a prolongar la conversación y la fiesta.

La memoria de quienes faltaban

El domingo recorrimos de nuevo Arévalo, esta vez acompañados por Jorge, nuestro guía. Con él conocimos algunos de los lugares y acontecimientos que forman parte de la memoria de la ciudad: los conventos que tuvieron que levantarse fuera de las murallas por falta de espacio, la figura del arevalense fray Juan Gil, el trinitario que participó en la liberación de Miguel de Cervantes, y los cinco linajes a los que la Corona encomendó la repoblación de La Moraña.

Atravesamos plazas, visitamos iglesias, contemplamos vestigios de la muralla y llegamos hasta la plaza del Real, donde estuvo el Palacio Real y donde vivió durante un tiempo Isabel la Católica antes de trasladarse a Segovia. Nos despedimos del guía a las puertas de la iglesia de Santo Domingo, en la que celebramos la Eucaristía junto a la comunidad cristiana de Arévalo.

Durante esos días también estuvieron muy presentes quienes habían participado en anteriores convivencias y esta vez no pudieron acompañarnos por motivos de salud. Recordamos especialmente a Martín y Eliseo, que ya se han reunido con el Padre y Madre. Nuestra memoria alcanzó igualmente a militantes fallecidos recientemente: Clarita, de Bilbao; Manolo, de Huelva, y Agustín, de Sevilla. Sus vidas formaban parte de aquel encuentro porque continuaban formando parte de nuestra historia compartida.

La tarde del domingo llegó el momento de valorar la convivencia. En las intervenciones apareció repetidamente una misma convicción: necesitamos estos espacios para encontrarnos, cuidarnos y reconocernos como integrantes de una misma familia y de una misma fe.

Lo vivido durante aquellos días nos había situado, de alguna manera, “en medio del Tabor”. Pero la experiencia no podía quedarse allí. Como los discípulos, también nosotros teníamos que bajar de la montaña y regresar a la vida cotidiana.

Volvimos a nuestros lugares con el compromiso de trasladar a nuestros ambientes la fraternidad experimentada en Arévalo, cuidar el trabajo y la vida y seguir construyendo, personal y comunitariamente, un mundo más justo y fraterno. Antes de despedirnos, nos emplazamos a repetir la experiencia el próximo verano.

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